Cae otra gota de cera


Cae otra gota de cera. Cálida. La piel se ha acostumbrado, la sensación es agradable y no sorprende cuando un nuevo carámbano se asienta entre el cirio encendido y el dorso de la mano, rugoso y agrietado como el cauce de un río seco. Miguel se siente bien. La temperatura ha bajado desde que salieron de la iglesia a eso de las cinco de la tarde, con un calor sofocante que le hacía temer la sed para todo el largo recorrido que le esperaba. Ahora corre una brisa suave entre la fila de nazarenos, juega con las túnicas y las llamas de los cirios, las hace suspirar y se lleva a alguna que otra dejando un rastro de humo al que acude presto el celador y así encender de nuevo la luz que es ofrenda y señal del camino de Jesús. Miguel sonríe bajo el cubrerrostros, los recuerdos se van sucediendo sin orden alguno, sin pausa y sin lógica, saltando de uno a otro… Las risas infantiles de sus hijos, el asombro que le causó el último libro que terminó, el beso que ayer le dio a su mujer, la avería del coche o la cuenta del restaurante de la cena del sábado.

Cae otra gota de cera. A veces, se para, le viene cierto olor a incienso que, mezclado con el de la cera, le despierta de ese laberinto y detiene ensoñaciones para centrarse en su compañero de delante, en esa túnica negra que es su propia sombra, su anónimo acompañante nazareno, su espejo en el que se mirará otro que, tras él, rebusque en la memoria y mortifique el corazón. Miguel comienza una oración; Padre Nuestro…, va a dar las gracias a su Señor por todo lo que le ha dado en esta vida, va a pedir por sus hijos, que han crecido y pronto tendrán que trabajar, por su mujer, que irá al médico la semana que viene, por sus padres, ya mayores pero que aún mantienen cierta salud, por sus hermanas, por todos. Miguel comienza a repasar las contrariedades y aprietos en los que la vida ha puesto a muchos de ellos: La niña repite segundo de carrera, Laura no se encuentra bien y se queja de dolores en el pecho, Pepe ya no está para esos partidos… Venga a nosotros tu Reino…

Cae otra gota de cera. Miguel escucha el murmullo del público que se va apagando cuando se presiente la llegada del Señor. Respeto y silencio, en una noche en la que las horas pasan veloces porque no hay tiempo para rezar, para recogerse en el propio pensamiento y recapitular todos esos meses que acumulan esperanzas y frustraciones. Una vez al año Miguel tiene nueve horas para rezar, para ensimismarse en su pasado y especular con el porvenir. ¡Qué nueve horas! No pasan, vuelan, porque, además, acompaña al Señor, es el nazareno que abre el camino de Cristo, es su fiel y devoto servidor, es el oculto penitente que reza y deja en la memoria esa pertinaz esencia a cofrade, esa melodía de rumores con los que sueña todo el año y que, por una vez, estallan en sus sentidos tamizados por la tela que guarda en el baúl y hoy se despliega para taparle y hacer ver que no puede verse.

Cae otra gota de cera. De nuevo una ráfaga de viento se lleva por delante algunas llamas que parecen olvidar que son luz de nazareno. Miguel cree ver la espadaña de la iglesia. Se acerca el final, es la noche oscura y la tenue luz de arbóreos arracimados produce reflejos en los vidrios de los ventanales de la plaza. Termina su oración, o sus recuerdos, o sus anhelos. Miguel ve cómo los primeros capirotes son tragados por la honda y oscura puerta del templo, difuminándose como en un sfumato de Leonardo. Pronto le tocará a él. Tendrá que despojarse de su túnica con una indefinida tristeza que le llevará a dirigirse a su Señor, ya con la cera ajada por las horas de lento llanto y se santiguará con profunda unción, inclinando la cabeza y conteniendo la lágrima que a lo mejor se desprende al salir a la calle.

Cae otra gota de cera. La última gota de cera. Feliz por haber sido nazareno un año más, Miguel levanta levemente el cubrerrostros y sopla con indescriptible cariño a la luz que le ha amparado tantas horas.