Cofrade ejemplar


Juan frotaba el candelabro una y otra vez. Los ojos entornados para que no entrase el humo del cigarrillo que, ya convertido en colilla, era su único exceso durante las solitarias tardes de refugio en la soleada habitación junto a la sacristía. El trapo perdió su color de tanto uso, pero el tejido había absorbido de tal forma el líquido limpiador que casi no necesitaba empaparlo de nuevo. El silencio del cuarto permitía a Juan ahondar en su memoria, que ya empezaba a fallar, pero que aún conservaba tantos recuerdos como para escribir un libro.

Foto: Álvaro Córdoba
Foto: Álvaro Córdoba

Y eso que le habían entrevistado para el boletín de la hermandad, sí, un chaval nuevo que se llama…, bueno, creo que es sobrino del tesorero y se presentó con un teléfono y grababa lo que decía. Me preguntó por los viejos tiempos. ¡Ja! Si él supiera… Aquellos años de las ruedas. Le conté lo de la Michelín, que se pinchó en medio de la carrera oficial y el paso iba dando trancazos por toda la calle; menos mal que a la gente le gustó que se moviera así y hubo hasta quien dijo que mejor salir con una rueda a la virulé. Pero eso no podía ser, hombre. Luego las flores, que ¡vaya, vaya con las flores! Es que no me hacían caso. ¿Cuántas veces les decía que eso de poner los claveles tan separados se quedaba feísimo? ¡Y lo caro que salía! Yo siempre prefería los ramos que traía Carmen de la huerta; frescos y apretados. Calas, alhelíes y alguna margarita que poníamos entre risas en las jarras llenas de agua para que durasen todo el día. ¡Ay, la Carmen! Que luego se subía a la capilla para ponerle su joyerío a la Virgen. Sí, vamos, las cuatro perlas de su abuela y un broche que seguro era de latón y que anda por ahí, en una caja, que lo han puesto en una vitrina como si valiese algo porque dicen los de ahora que es antiguo.

A mí siempre me tocaba poner las velas… las velas, las flores, los jarrones, el manto… en fin, todo; porque no había nadie más. Los chiquillos de la plaza, que me echaban una mano y poco más. Lo dejaba todo preparado para que llegase el hermano mayor, don Ernesto, con sus oficiales y mandasen subir al Señor y a la Virgen a las andas. Aparecían por allí con sus abrigos grises, peinados para atrás y oliendo a colonia y traían a un par de cargadores que me ayudaban a colocar a las imágenes. Un día se nos fue la Virgen para un lado y le rompimos un dedo de la mano derecha. La que se formó. Menos mal que tenía por allí un poco de cola y nadie lo notó después; pero qué mal rato pasamos. El año pasado los nuevos se llevaron a la Virgen a un sitio a que la arreglasen y un niñato de la junta se volvió y me dijo que vaya chapuza que hice con el dedo, que hasta el carpintero o “restauranosequé” se llevó las manos a la cabeza y yo le contesté que si él hubiera estado allí hace sesenta años a ver qué habría hecho. Que no le veo yo las manos al nene ese como las tengo yo, quemadas de tanto bregar con las velas, que no había manera de que quedasen derechas porque eran muy finillas y no se sostenían bien. Luego inventaron las velas gordas, que duran mucho y casi ni se apagan y, claro, ya no hace falta ponerle la lámpara eléctrica al Señor, que vaya lío me hacía con los cables y la batería esa con tanto positivo y negativo, hasta que un día se quemó y menuda humareda se formó cuando volvíamos para la iglesia. ¡Joer, qué apuro! Todo el mundo chillando ¡que se quema, que se quema! Un botijazo de uno de los cargadores que empujaba acabó con el fuego pero el susto fue de narices y yo allí diciéndole a gritos al Manolo ¡gira a izquierda, gira, gira! y resulta que el muy cagón dejó el volante y se había salido de debajo corriendo. Ahora van cuatro o cinco tipos alrededor de las andas muy serios, será que van vigilando que no se queme nada.

¡Qué tiempos! Luego llegaron los nuevos. Quitaron las ruedas y trajeron a unos chavales para llevar las andas. Después compraron otras nuevas y contrataron músicos y se hicieron cargo de todo. A mí me pusieron un escudo de oro y me dieron un diploma. Me dijeron que bueno… podía descansar, que me cuidase, que atendiera más a Paqui, que no hacía falta trabajar tanto, que ahora se hacían las cosas de otra forma… ¡qué coño! ¡Que me echaban! ¡Y eso por mis muertos que no tenían…. para echarme! Menos mal que el Padre Andrés intervino y habló con ellos: Que eso no podía ser, que llevaba allí de toda la vida y había que respetar. Al principio me pusieron a ordenar papeles, pero eso era aburridísimo y acabé harto. No me dejaban tocar al Señor. Ahora había un tal prioste, un tipo raro que le pusieron eso de prioste, que no sé lo que es, pero que no me dejaba hacer nada. Me preguntaba por hojillas, vestiduras de acólitos o terciopelos de Lyon y me parece que era para reírse de mí, porque yo no sé qué es todo eso. Otros aparecían hablando de costeros, corrientes y “levantás” y hasta el tesorero llegó con planes contables o algo parecido, cuando eso lo llevaba en tiempos Don Manuel en un libro que se perdió con el baúl que se llevaron los traperos. Total, eran papeles viejos. En fin, que me tuve que ir. Me metí en la casa y no quise saber nada de todos esos, hasta que un día a Paqui se le ocurrió ir a hablar con el párroco.

El rayo de sol se había arrastrado por el suelo de la estancia y ya solo quedaba un miserable resplandor en uno de los rincones. Juan miraba ese último fogonazo de la tarde mientras dejaba el candelabro en la mesa y cogía el siguiente. El Padre Andrés le había encargado hoy que atendiese a la limpieza de la plata, que ya mañana pasaría a quitar el polvo de las imágenes de la iglesia que, en el fondo, era lo que de verdad le gustaba; para así poder estar cerca del Señor y de la Virgen, sin que se enterasen los nuevos ni el dichoso prioste.

Juan se agachó a coger el trapo y se le salió del bolsillo de la chaqueta aquel papel que le habían dado los de la hermandad. Decía algo de cofrade ejemplar de la agrupación de cofradías, y el hermano mayor le había dado muchos abrazos… a buenas horas, sí. Le invitaban a una cena y tenía que ponerse el traje. ¡Pero si ya le estaría estrecho! y ¿una cena? No sabía qué hacer, él que no era de cenar casi nada, que solo comía lo que Paqui le preparaba… Siguió frotando el candelabro, este estaba fatal de negro y abollado, tendría que llevarlo a casa Felipe, el platero que todavía montaba anillos al lado de su casa, a ver si se lo arreglaba antes de la semana que viene, que llegaba la Semana Santa y la iglesia tenía que estar espléndida.

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