El cofrade ante el espejo


El espejo devolvía una imagen fría, las nuevas luminarias led ahorrarían muchísimo, pero no favorecían en nada. Las arrugas no perdonaban y las imperfecciones de la piel se desmadraban por todos lados como si fueran el resultado de un diseñador de mantos poseído por la modernidad. Su cara tampoco era el último cartel experimental, pues aún conservaba rasgos de pasados esplendores y la expresión se le ajaba por momentos, se le iba en el tiempo como fugaz recuerdo de aquellos primeros años…

Llegaba la Cuaresma de golpe, solo anunciada por las tardes duraderas que acababan como si una túnica de sangre y oro cubriese la ciudad desde el cielo. La ceniza se estaba fraguando en las ramas rotas de algún olivo y los dedos trémulos buscaban entre los vinilos aquellos con sello Pasarela y que mostraban en sus portadas palios encendidos y doradas coronas. Por fin, ya era hora de volver a poner las dos o tres cintas en la guantera para acompañar los viajes diarios en el coche con la grandiosidad de Virgen del Valle, la sutileza de Cristo de la Expiración, la profundidad de Amarguras o incluso con una inconfesable versión soriana de Rocío; por fin, llegarían en cascada los artículos de prensa, las revistas, el boletín o algún que otro cartel y concierto de cornetas. Por fin, los cultos, el olor a incienso impregnando el traje, la incómoda gota de cera en el zapato y las idas y venidas a la casa de hermandad.

El año había pasado como siempre. Algo de trabajo y algunas reuniones por la función que tenía en su vocalía, pero, en realidad, no era para tanto. El patrimonio era escaso, los fondos exiguos y las cuotas totalmente insuficientes para acometer nada que mereciese la pena. La cofradía permanecía varada en un mar calmo y adormecido, en el que nadie se atrevía a chapotear por miedo a despertar a algún monstruo del fondo que volviese y de un coletazo los tirase a todos por la borda. Cuaresmas emocionantes, no anunciadas, vividas en toda su plenitud porque solo duraban cuarenta días, en los que el cofrade tenía que prensar todo el jugo para aguantar el resto del año.

Luego vino aquello: el ruido. El estruendo fue tal que la onda sonora se estaría repitiendo todo el año, incesante, trescientos sesenta y cinco días, sin parar, sin descanso. Concierto de banda, concierto solidario, concierto de apertura y de cierre, salida extraordinaria, salida en traslado, salida en parihuela o en rosario o en vía crucis o en un paso, ensayos, ensayos, ensayos, ensayos, cartel, otro cartel, un cartel, ¡mi cartel!, fotos, fotógrafos, micrófonos, alguna cámara, un estreno y …, ¡Twitter, Facebook, YouTube, foros, blog! El “smartphone” con cámara, con internet, con mucha mala leche. Las noticias cofrades, más noticias cofrades y más, y más…

Era el momento, todo empezaba a moverse y se volvieron hacia él. La vara. Un tropel de “hermanos”: ¿Cuánto vale salir con una vela? ¿Dónde se compra el capirucho? Yo quiero ir con mis primos. ¿Y si me canso? ¿Cómo se llama la Virgen? Yo soy de este capataz. Saco cuatro palios. ¿Cuánto dura tu solo de corneta? Ruido, ruido. Llegaron los estrenos, las reformas, los oropeles que levantaron una ola que llevó al barco en volandas, el barco que ahora era dorado, que ya no temía el coletazo de nadie y que se había vaciado de lo realmente importante para llenarse de remeros que empujaban con fuerza hacia un horizonte que quedaba lejos, muy lejos.
Allí estaba él, en el centro de todo aquello, intentando que las cuadernas no se arruinasen y se abriesen hendiduras por donde entrase el agua a borbotones. No había momento para la contemplación pausada, para postrarse a los pies de su Nazareno, para contar las lágrimas de su Virgen. La arruga, la estría, la piel… Ya no buscaba sus discos, ni releía los poemas de Montesinos. Apenas se fijaba en el nuevo cartel, ni escuchaba las últimas marchas de Tejera. Ya no había tiempo para nada, porque todo el tiempo estaba lleno de lo que antes anhelaba.

En el espejo vio su mirada. Ahora enfocaba ese pelo que salía indecoroso por la nariz y, con unas tijeras, cortó. Después, la máquina eléctrica le adormeció un poco mientras se afeitaba y, casi sin darse cuenta, volvió a tararear Mi Amargura, era el sino de los tiempos.

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