Tiempo de reencuentros, tiempo de despedidas


Se acabó el cole. Empiezan las vacaciones de verano para la mayoría de los niños y también para muchos papás. Otros tendrán que esperar a Agosto o a Septiembre, o a otras fechas, o simplemente no las tendrán. En algunos casos porque tienen mucho trabajo, en otros, por desgracia, por no tener ninguno.
En cualquiera de los casos el final del ciclo escolar en verano siempre marca un punto y aparte. Ocurre un poco como a final de año. Hacemos propósitos de cambio de hábitos, de libros que leer, de cosas que arreglar o que cambiar.
El final del ciclo escolar también determina en otros casos toma de decisiones importantes. Cambio de colegio de nuestros hijos o de búsqueda de opciones de universidad, cambio de residencia y hasta cambio de país. A veces un punto y seguido. Otras un punto y aparte.
Para los que vivimos fuera de nuestro país o de nuestra ciudad natal, el final del ciclo escolar supone siempre un punto y aparte, una sensación mezcla de nerviosismo y alegría. Está asociado, en la mayoría de los casos, a volver a casa por vacaciones. Algunos, después de un año. Otros, los que tenemos más suerte de poder ir en Navidad, después de seis meses.
La sensación de la que hablo seguro que la entenderán a la perfección las personas que viven fuera, como yo. Por muy bien que estemos en nuestros países de acogida, que lo estamos, la sensación de volver a casa es única.
Los preparativos del viaje, las maletas, el cosquilleo ese en el estómago cuando estamos en el aeropuerto esperando a embarcar, cuando aterrizamos en Madrid deseando que salgan las maletas para poder llegar lo antes posible a Atocha y adelantar el Ave para ganarle un par de horas a nuestra llegada.
Volver a ver a la familia, a los amigos. A los sobrinos que dejas chiquitos y que no te da tiempo a ver crecer. Y sobre todo, a los padres, que dejas mayores y que, al volver, o están más mayores, o en algunos casos, ya no están.
Es tiempo de reencuentros. Y en verano con más tranquilidad que en Navidad. Menos prisas, menos compromisos, más tiempo.
Para mí no tiene precio la cara de felicidad de mis hijos cuando llegan a la estación de Córdoba y ven a las abuelas y a sus primos y tías esperando arriba. El cambio horario y el cansancio de 24 horas de viaje desaparece en ese momento. No sientes ni los 42 grados que nos recibieron a nuestra llegada a Córdoba este año.
Ni siquiera me está molestando esta ola de calor que estamos viviendo y esa sensación de calor seco y típico de nuestra ciudad en el mes de Julio.
Abrir el grifo de agua de tu casa y beber agua no tiene precio. Y tan rica como la que tenemos en Córdoba. Eso solo lo valoras cuando no tienes agua potable en la ciudad donde vives.
O realizarte una pequeña intervención quirúrgica en un hospital público sin preocuparte por tener que llevar sangre por si hay algún problema. Eso sólo lo valoras cuando no hay banco de sangre en la ciudad donde vives y cuando constantemente están enviando mensajes en tus grupos de whatsapp pidiendo urgente donantes de sangre para algún accidente u operación.
O que tu hijo de 11 años vaya con sus amigos por la calle, solos, a comprar chuches al puesto de al lado. O ir conduciendo por la ciudad, o paseando por la calle y ver a la policía municipal y no experimentar intranquilidad sino sensación de seguridad.
Desde que vivo fuera he aprendido a valorar las cosas de otra manera. A apreciar cosas que cuando vivía en España no lo hacía. Cosas que das por hecho. Cosas que crees que son así de fáciles y sencillas en todas partes pero que cuando sales fuera te das cuenta de que no lo son.
Por eso cada vez más me molesta la queja constante de muchas personas sobre España, Córdoba, de nuestro sistema sanitario, de nuestro sistema educativo, de la seguridad, del calor, del frío, de que no hay trabajo, o de que se trabaja demasiado, o de la gente. En definitiva, una queja continua a veces con fundamento pero otras muchas no. Y pienso que no estaría mal que muchas de esas personas, sobre todo las de las quejas sin fundamento salieran una temporadita fuera.
A lo mejor así aprendían a valorar, a apreciar mejor lo que tienen y a cambiar ese discurso quejoso fácil y sin fundamento por otros argumentos de mayor peso.
Por eso, al volver a casa en verano, a mis hijos y a mi todo nos parece maravilloso. Sólo nos ha sorprendido, en algunos casos, la falta la amabilidad de algunas personas con las que nos hemos cruzado. Pero son las menos, eso sí.
Y así me gustaría pasar los días que vamos a estar aquí. Buenos ratos con la familia, los amigos, disfrutando a mi mami, a mis hermanas, a mis cuñados y a mis amigas. Dejando que mis sobrinas me peinen y me pinten las uñas o más bien las manos enteras. Hacer muchas fotos para luego recordar. Comer todas las cosas ricas que tenemos aquí, nuestro aceite de oliva, salmorejo, jamón, gambitas, boquerones, sardinitas, paellita,….(la lista sería interminable…).
Pasear por Córdoba, aunque haga calor, llevar a mis hijos a algunos museos que no conocen, a que vean a sus amigos, hacer algunas rutas por la magnífica Sierra de Córdoba, comprar en las rebajas, tomarme un “varguitas” o una cañita y una tapita.
En fin pequeños placeres de la vida que he aprendido a valorar y apreciar desde que vivo fuera.
Aprovechar al máximo, porque, para los que vivimos fuera, después del tiempo de reencuentro siempre viene el tiempo de las despedidas. Esa es nuestra realidad, ir y venir, llegar y luego marcharnos de nuevo.
Conocer a personas maravillosas también allí donde vivimos, en nuestro caso en Cancún, que también vienen y van y de los que tienes que despedirte en algún momento.
Así es la vida. Como decía la canción, unos que vienen y otros que se van….la vida sigue igual.
Pero mientras que estemos aquí, vamos a disfrutar. Aprovechar cada instante de este tiempo de reencuentro.
Aún queda un mes para el tiempo de despedida.

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