El origen de la alegría


La fiesta de la Cruz de Mayo, tras la Batalla de las flores, da el pistoletazo de salida al mayo cordobés, festivo y alegre como ninguno, desbordado de ocasiones para celebrar la vida, para salir a disfrutar de los paisajes urbanos, de nuestra gente, de la música y el baile, la gastronomía, y sobre todo de la belleza de una ciudad que asombra al mundo.
Pero con frecuencia se olvida cuál es el origen de esta fiesta. Aunque algunos apuntan como antecedente tradiciones paganas relacionadas con la primavera, la fiesta de la Cruz es instituida por Santa Elena, la madre del emperador Constantino, para celebrar el hallazgo de la Santa Cruz. La tradición afirma que el 3 de mayo del año 326 Santa Elena encontró el madero en el que Cristo había sido crucificado. Tras peregrinar a Jerusalén para buscar la reliquia, y después de muchas excavaciones, había hallado tres cruces. Distinguir la de Cristo fue fácil porque, según relataban los testigos, la imposición de la cruz sobre los enfermos provocaba la curación inmediata.
El Concilio Vaticano II fundió la fiesta litúrgica con la Exaltación de la Cruz el 14 de septiembre, pero el pueblo siguió celebrando esta festividad a primeros de mayo, aunque progresivamente despojada de su sentido religioso.
Las Cruces en la ciudad de Córdoba crecieron enormemente con el impulso del alcalde D. Antonio Cruz Conde, a quien nunca se agradecerá suficientemente su empeño para fomentar el turismo de la ciudad. En 1953 se convocó el primer concurso de cruces, unido al de los patios cordobeses. Con gran visión de futuro, sólo dos años después se independizó el concurso de los patios.
Cruces cuajadas de flores, enclavadas en rincones llenos de encanto, decoradas con mantones de manila, macetas, enseres rústicos, y objetos diversos… ofrecen la ocasión de reunirse junto a las barras en las que las Cofradías y las Peñas ofrecen el tapeo con el que los cordobeses solemos sellar la fiesta y la amistad.
En la provincia, varios pueblos aparecen en el atlas del patrimonio inmaterial andaluz: Puente Genil con su Semana Santa Chiquita, en la que los niños son los protagonistas; Aguilar de la Frontera vinculada a la procesión de la Virgen de los Remedios, con su característica decoración con aperos de labranza, las tijeras y el “pero”; los mantos de juncia que cubren el suelo de Cañete de las Torres; y la más singular, la fiesta de Añora, declarada bien de interés turístico.
Todas ellas remiten a la tradición cristiana de nuestra tierra, a una cultura preñada de fervores y avemarías que, aunque su verdadero sentido se diluya con el tiempo, cobra plena belleza en la contemplación de una cruz engalanada capaz de recordarnos que el sufrimiento es superado por la esperanza, y que siempre hay espacio para la alegría.

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