Morir primero


Antes, hace unos años -no tantos por cierto-, la inmensísima mayoría de la gente se casaba para toda la vida. Era una elección, una opción de vida en la que uno escogía a una pareja para vivir, crear una familia -si era la voluntad de Dios-,  y envejecer juntos. Amándose, respetándose, apoyándose, cuidándose…

En realidad, no sería justo decir que ambos se casaban por igual, para toda la vida. Aunque ese fuera su deseo y su firme convencimiento en el sí quiero, luego la realidad trataba bastante peor a las mujeres y algunas, incluso no queriendo que aquello durara para siempre, tenían pocas opciones: dejaban su lugar de origen, su familia, sus estudios y se dedicaban a su familia. A llevar la casa -ardua tarea por cierto- y a que a su marido e hijos no les faltara de nada. En definitiva, se volvían voluntariamente dependientes.

Sin embargo en este modelo ya en desuso, casi extinguido, de matrimonio, los había y todavía los hay muy muy felices. De los que han creado una familia, se quieren, se respetan, se cuidan y han envejecido juntos. Y ahí llegamos al momento crítico, motivo de mi artículo y de mi enorme INDIGNACIÓN, porque ¡ay de la mujer que tenga la mala fortuna de sobrevivir al marido!. Una mujer que no haya cotizado, por mucho matrimonio feliz, entrega a su familia y régimen de gananciales que tenga, si sobrevive al marido tendrá que enjugar sus lágrimas de pena  enorme, de la que te parte en dos, para coger papel y lápiz y empezar a echar cuentas porque papá estado piensa que sus necesidades quedan divididas por dos. Te llega enseguidita la carta que te dice “sin él vales la mitad” ¡y ahí lo llevas!. Eso sí, si el que enviuda es el marido, ¡ancha es Castilla! menos gastos y misma pensión. Que esto hoy por hoy se mantenga en España y que nadie se atreva a meterle mano, me lo tendrá que explicar alguien despacito, porque no me entero.

Dicho todo lo anterior sobre un tema que me enciende cada vez que lo pienso, que se dejen de milongas conmigo las feministas con tanta chorrada sexista del amigos y amigas y las arrobas por doquier mientras miren para otro lado con este tipo de situaciones. Y ya de paso que se dejen unos y otros líderes políticos de presumir de pírricas victorias con problemas de minorías como el impuesto de sucesiones.  Por ahí fuera, hay muchas pobres mujeres que tras una vida de entrega se quedan sin nada y más solas que la una, ayudando en ocasiones a hijos en paro. Ninguno de ellos teme a sucesiones. Pero sí tienen miedo a no llegar a fin de mes, mientras se enjugan sus lágrimas para que no queden borrones en una carta que en el peor momento de su vida, llegó para recordarles que sin su mitad, ella ya no vale como entera.

1 Comentario

  1. Un análisis muy acertado, Paula. Mi madre, y supongo que no es un caso aislado, subsiste con la mínima pensión de viudedad. Obviamente ha se seguir haciendo frente a todos los gastos que un hogar origina: luz, agua, basura, IBI, comunidad de vecinos (con frecuentes derramas extraordinarias), gas, teléfono, etc. Unido a esto hay que decir que hay compañías que se aprovechan mucho de las circunstancias y que no tienen escrúpulos. Sirva como ejemplo en el caso de mi madre el pago del seguro de defunción. Le cobran la prima trimestralmente y por adelantado (107 € en su caso) y obviamente no puede cambiarse a ninguna otra compañía de seguros porque a su edad -88 años- nadie la acepta ya. Es decir, que tiene que soportar todas las condiciones que dicha compañía quiera imponerle de manera unilateral y despótica tales como la subida del importe de la prima y la periodicidad que a ellos más convenga. Imagine todos los gastos ordinarios de un hogar, los extraordinarios, una pensión mínima, y encima tener que soportar tales abusos que originan que en ocasiones casi tenga que malvivir. Ahora entiendo el porqué reza para pedir al Señor que por favor no se le estropee la lavadora. Un saludo.

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