El ministerio del catequista


La identidad y la vocación del catequista, ahora también como todo un ministro - en cuanto que está dirigida a iniciar en la fe -, es una función – ministerio – básica

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Mañana martes 11 de mayo, a través de la Carta apostólica Antiquum Ministerium, el Papa Francisco va a instituir oficialmente el ministerio del catequista. Precisamente la reflexión más reciente de la Iglesia sobre la catequesis en el nuevo Directorio para la Catequesis, al ubicar su enseñanza sobre el catequista (capítulo III) tras el primer y el segundo capítulo dedicados a la Evangelización al servicio de la Revelación y a la identidad de la catequesis, quiere subrayar especialmente que la catequesis la hace el catequista. Así se subraya que el catequista es el elemento esencial y que, por tanto, la catequesis no es hecha ante todo ni por un catecismo, ni por unos materiales ni por unas dinámicas sino por el propio catequista. De hecho, se anuncia que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos procederá en breve a publicar el Rito de Institución del ministerio laical de Catequista.

Sin lugar a dudas, la institución de este nuevo ministerio contribuirá a una mayor acentuación del compromiso misionero. De forma premonitoria ya expresó esta realidad el Papa Pablo VI: “Una mirada sobre los orígenes de la Iglesia es muy esclarecedora y aporta el beneficio de una experiencia en materia de ministerios, experiencia tanto más valiosa en cuanto que ha permitido a la Iglesia consolidarse, crecer y extenderse. No obstante, esta atención a las fuentes debe ser completada con otra: la atención a las necesidades actuales de la humanidad y de la Iglesia. Beber en estas fuentes siempre inspiradoras, no sacrificar nada de estos valores y saber adaptarse a las exigencias y a las necesidades actuales, tales son los ejes que permitirán buscar con sabiduría y poner en claro los ministerios que necesita la Iglesia y que muchos de sus miembros de sus miembros querrán abrazar para la mayor vitalidad de la comunidad eclesial. Estos ministerios adquirirán un verdadero valor pastoral y serán constructivos en la medida en que se realicen con respecto absoluto de la unidad, beneficiándose de la orientación de los Pastores, que son precisamente los responsables y artífices de la unidad de la Iglesia” (Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 73).

La descripción que hace el ya citado Directorio para la Catequesis de la identidad y vocación del catequista se convierte en clave de comprensión del papel en la catequesis del obispo, primer catequista, del presbítero, del diácono, de los consagrados al servicio de la catequesis, de los laicos catequistas, de los padres, de los padrinos y madrinas, de los abuelos y de la gran contribución de las mujeres a la catequesis (cf. DC 127-129). Es una certeza, planteando las cosas así, que el catequista es el denominador común de todos los ministros que intervienen en la catequesis, ya sea el obispo, los presbíteros, los diáconos, los religiosos o los fieles laicos. La identidad y la vocación del catequista, ahora también como todo un ministro – en cuanto que está dirigida a iniciar en la fe -, es una función – ministerio – básica y supone una forma de reafirmar la corresponsabilidad y la comunión con los pastores en la misión evangelizadora también por parte del fiel laico.

Verdaderamente es un hecho, este que se anuncia, que deberá contribuir y mucho a seguir propiciando una más autentica formación de los catequistas puesto que conviene no olvidar que “la calidad de las propuestas pastorales está estrechamente ligada a las personas que las ponen en práctica” (DC 130). Es más: “Ante la complejidad y las exigencias de los tiempos en que vivimos, es deber de las Iglesias particulares dedicar energías y recursos adecuados a la formación de los catequistas” (DC 130). En definitiva, estimular a que de la boca de los catequistas (cf. Rom 10, 8-10), de la abundancia de sus corazones (cf. Mt 12, 34), en una dinámica recíproca de escucha y diálogo (cf. Lc 24, 13-35), surjan anuncios creíbles, confesiones vitales de fe y los nuevos himnos cristológicos que narren a todos la buena nueva: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte” (EG 164).