El camino de Teodoret


En los primeros compases de su itinerario vital Teodoret se ve a sí mismo como “una página nítida, blanca, inmaculada para que un destino claro y novel escribiese la primera palabra” y, sin embargo, pronto va a poder palpar en sus propias carnes que “la vida no es una novela…” en la que hay que “apretar los dientes, cerrar los puños” y ponerse a “cuerpo limpio, crudo y enjuto, contra el destino”. Pronto ha podido adquirir una certeza: “Con las estrellas se navega, en las estrellas no se desembarca”.

Su camino, nunca fácil, va a contar con la ayuda del escéptico Girard. Mas un escéptico sabio, si ello es posible, para el que “la única filosofía es la experiencia de la vida misma, de la sociedad humana, de las cosas y los hombres concretos. Lo demás es sueño”. Teodoret, tal vez hasta el momento un peregrino no muy consciente, ha podido percibir con nitidez: “Cuanto más oía discutir en Francia sobre laicismo y religiosidad, tanto más me convencía de que el laicismo, la neutralidad o ausencia de creencias no existe. El lugar que dejan vacío Dios y Nuestra Señora es inmediatamente ocupado por el diablo”.

Pero hay un momento especialmente crucial. El momento en el que el anciano canónigo, natural de Burgos, hombre ilustre y santo, docto en filosofía, que había estudiado en Lovaina y de gran sencillez y dulzura, le ayuda a percibir aquello por lo que la sinceridad y la honestidad se convierten en claves de acceso a la verdadera religiosidad – esa misma religiosidad que no quiere entenderse en ningún momento como “religiosidad utilitaria”: -“¡Ay hijo mío! ¡Ay hijo mío!- me dijo con gran pena y casi con lágrimas en los ojos. ¡Qué confuso y qué tenue es el hilo que te une a las cosas del cielo! Ser un comerciante honrado, de costumbres relativamente puras, casto de cuerpo, piadoso con los semejantes y aun sentir un cierto horror al pecado mortal y cumplir medianamente con el sacramento de la Eucaristía son cosas que parecen mucho a los hombres. ¡Y qué poco, qué poca cosa son para Dios y para tu alma! Es preciso hijo mío amar a Dios de otra manera, sufrir por Dios de otra manera, renunciar por Dios de otra manera. Lo demás es vano. No quieras engañarte a ti mismo con una virtud aparente absolutamente lejana del ardor, del candor y del dolor de un verdadero hijo de Dios sobre la tierra. Ponte siempre, a cada momento, en presencia de Dios y de María, y vive firme y derecho para sus divinos, para sus amorosos ojos. Sé un soldado fiel, que no deserta nunca sus banderas […] No resistas al amor inmenso de Dios, teme su justicia y no desesperes jamás de su misericordia”.

En el contraste propio de este camino el mismo Teodoret percibe al mismo tiempo en primer lugar: “De mi alma salía como una larga onda de nostalgia, que iba desde la catedral de Siena hasta las catedrales de Alsacia. En el fondo yo no era más que esta nostalgia y mi historia la de un pobre aldeano a quien una vez se le había aparecido un ángel”. Y, en segundo lugar, el subyugarse propio ante una belleza en la que no pocos misterios están realmente encerrados: “Lo que el mundo podía tener para mí de divino es lo que se iluminaba con la ilusión, con el amor […] Y recordaba las palabras santas que yo había leído y releído y que con tanta insistencia parangonaron el amor del esposo a la esposa y el amor de Cristo a su Iglesia […] Este es mi catolicismo, el amor, la belleza, la alegría de esta criatura. Porque todo lo que ha habido en mí de mejor era por ella”.

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Será un encuentro, al final de esta senda pero verdaderamente añorado sin que este sea un dato fácilmente explicable, el que le haga hace ver su vocación más innata: -“[…] El amor vale, Teodoro, si para esta vida y para la otra nos hace mejores. Y si no no es un verdadero amor. Si no me hubieras gustado yo no te hubiera nunca dicho que sí. Soy una muchacha cualquiera, una mujer de carne y hueso. Pero aunque me gustaras yo no me hubiera enamorado de ti si no te hubiera oído que por mí, por haberme visto una vez, habías querido ser mejor y habías dejado de pecar”.

Para más señas se puede confrontar con el autor Rafael Sánchez Mazas en su obra Rosa Krüger (Encuentro, Madrid 2005).

Por cierto: ¡Vivan las editoriales valientes y la impresión de libros bajo demanda!

Lector inquirat.