Necrológica de un teólogo


Para Hans Küng – en él brilla especialmente la influencia de Kant – no puede haber confianza en la razón como capaz de llegar a un cierto conocimiento de Dios

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Lo curioso de esta necrológica – cosa que no haré más por premura que por ausencia de motivación – sería poder comparar la actitud del teólogo Hans Küng, su protagonista, con la actitud con la que vivió el gran teólogo Henri de Lubac la época de incomprensión hacia su producción teológica y que dio lugar a una de las expresiones más hondas y logradas de amor a la Iglesia: Meditación sobre la Iglesia.

El que suscribe no puede decir que haya leído la opera omnia de Hans Küng. Pero sí me gustaría comentar algunas de las dudas que siempre me han producido su libro ¿Infalible? Una pregunta. Su publicación en 1970 abrió un amplio debate y levantó una auténtica polvareda, ya que se multiplicaron los comentarios al mismo, muchos de ellos muy críticos. La práctica totalidad de los teólogos que se ocupaban de temas eclesiológicos tomaron postura, y varias Conferencias Episcopales – en concreto las de Alemania, Italia y Francia – advirtieron del peligro que suponía para la doctrina católica algunas de las ideas expuestas en ese libro.

Las perplejidades a las que conduce una obra – ya titulada con un interrogante – son numerosas: Fundamentalmente reduce al magisterio de la Iglesia a una mera anécdota a través de su argumento de lo “metadogmático”. Pero hay todo un eje en su argumentación en el que deja ver – creo que en gran medida – muchas de las actitudes con las que, por ejemplo, tiene que contar una necrológica.

Para Hans Küng – en él brilla especialmente la influencia de Kant – no puede haber confianza en la razón como capaz de llegar a un cierto conocimiento de Dios ya que Dios se encuentra más allá de la razón, donde esta no puede afirmar ni negar: la inclinación hacia una u otra posición será problema de decisión voluntaria, de opción. Toda afirmación de Dios es un creer, una fe, – entendida en el sentido de confianza y abandono en Dios -, pero fe que no se funda en ningún conocimiento de Dios. Para Küng, Dios en un tal itinerario, podrá aparecer sólo como fundamento del actuar humano, de la humana preocupación por el sentido y como fundamento postulado, no descubierto. La única realidad auténticamente afirmada será el hombre y su decisión ante la existencia. La realidad de Dios en sí misma no tendrá papel alguno: importa sólo su función de fundamentación. Así las cosas, una consecuencia inevitable será la desaparición prácticamente total del mensaje teológico en sentido estricto – es decir, del mensaje sobre Dios – y una reinterpretación humanista de la fe cristiana.

Su concepción de la fe le lleva a interpretarla como referencia a Dios al margen y por encima de toda mediación, incluso de la mediación de la verdad del propio mensaje a través del cual somos situados ante la invitación a creer. Küng presenta la fe como actitud de abandono y entrega absoluta a Dios, pero, al excluir que ese abandono sea a la vez adhesión a una verdad, vacía de contenido esa actitud de entrega, que, a fin de cuentas, a nada compromete. En su planteamiento es la ciencia humana la que decide los contenidos de verdad, y, de esta manera, esa afirmación de abandono absoluto en Dios se transforma en afirmación de un hombre absolutamente autónomo.

Llegado a este punto – he tratado de ser lo más fiel posible al aspecto reseñado de su pensamiento – el que escribe se queda con este pasaje de la necrológica que un periodista tan poco sospechoso de “clericalismo” como es Ruiz-Quintano publicaba en el diario ABC el pasado sábado, 10 de abril: “Küng es, como lo diría Gellner, el ecumenismo relativista que asegura la tolerancia vaciando de contenido la fe. Un relativista, otro, que por el mero hecho de rechazar una verdad pretende estar en posesión, no solo de la verdad, sino de la virtud. ¡La religión progre!”.