El artista y el cura del Zumbacón


Cogió su vieja Olivetti y se dispuso a poner negro sobre blanco lo que el Cristo le había dicho a través del artista

Cuando Don Anastasio, cura del Zumbacón, llegó aquella noche a la más que humilde casa rectoral de San Antonio de Padua, tras asistir a la consagración del nuevo templo parroquial vecino, se sentía como el Don Camilo – sin su correspondiente Don Pepone – de Giovanni Guareschi. A él, como a Don Camilo, Cristo crucificado les hablaba. Al italiano para evitar la ira por una moto saboteada vilmente: – “No te aflijas, don Camilo – susurró el Cristo -. Sé que ver que hay hombres que dejan malograrse la gracia de Dios es para ti un pecado mortal, pues sabe que yo bajé del caballo para recoger una migaja de pan” -. Al cura del Zumbacón, en esta ocasión, le había hablado el Cristo de la nueva parroquia vecina a través del artista, Aurelio Teno, que llevó a cabo su hechura.

El caso es que al cura del Zumbacón le había sorprendido el comentario de los asistentes a la consagración del nuevo templo: – “[…] vi el gesto y oí el comentario de los que miraban al Cristo aquella tarde. Quisieran ver otro Cristo más dulce, que haga dormir en la Iglesia” -. Por lo que ni corto ni perezoso, y pesar del cansancio y de su metódica disciplina de marchar a la cama pronto para madrugar generosamente y así poder dedicar largo rato a la oración, cogió su vieja Olivetti y se dispuso a poner negro sobre blanco lo que el Cristo le había dicho a través del artista.

Recordó Don Anastasio su pregunta al artista: -“Aurelio, ¿cómo has hecho este Cristo?”. Y recordó también la perplejidad con la que se quedó tras la respuesta: -“Yo no he hecho este Cristo, me dijo, lo han hecho los hombres durante veinte siglos, y en especial los hombres del siglo XX”. A su memoria venía también la explicación del artista: -“Me fijé en él, guiado por la explicación del autor y me resulto grandioso. Sobre todo, cobraba más realismo cuando miraba al lado de la prisión que tantas veces he visitado”.

Para nuestro Don Camilo del Zumbacón el mensaje era muy claro: “En la Cruz un Cristo de bronce que se retuerce; deforme, brazos muy extendidos como pidiendo auxilio. Rostro desencajado, ojos abiertos, recogiendo la multitud de dolores y sufrimientos de tantos hombres que mueren víctimas de las ambiciones de otros hombres. Esa expresión la he visto en el cuadro de Goya en el fusilamiento. Es vivo reflejo hoy de la dignidad del hombre ultrajada y pisoteada en tantos seres humanos, que esta sociedad industrial no ha sabido respetar”. Y así recordó nuestro Don Anastasio cómo dio la razón al artista: -“Tú no has hecho este Cristo”.

Don Anastasio, como el Father Brown de Chesterton, quiere ser realista y no caer en engaño para con el “amigo lector”: “El Cristo repele a quien a primera vista lo contempla. Estamos acostumbrados a ver cristos que inspiran paz en medio del sufrimiento en la Cruz, por lo que el Cristo que comentamos no gusta”. Y sin embargo, para él el mensaje es nítido: “Este Cristo hace gritar con San Pablo: ‘Ya es hora de despertar’”. Aún es consciente, pese a las horas de la noche, de que ha contemplado una “joya” que sabe agradecer al que ha sido su Obispo hasta hace apenas un mes; una joya que, “aunque discutida”, es “portadora de un gran mensaje”.

Así, nuestro particular Don Camilo ha vuelto a enfundar su Olivetti, se dispone a rezar las completas – ya Morfeo está a punto de tumbarlo – y a agradecer a Cristo su sacerdocio y su cruz desde los que se entiende y se ve como el hombre más dichoso sobre la faz de la tierra.

Post data: No hay mucho de fábula en el relato. Es más, me atrevería a decir que casi nada.

 

 

 

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