A ti seminarista


Estimado seminarista:

Decía ese personaje con el que a veces te martilleo en clase: “En tiempos de prueba surgen hombres ardorosos y decididos cuyos méritos hacen que sus nombres pasen a la posteridad” (John Henry Newman). Lo curioso es que la expresión queda dicha como presentación de toda una galería de hombres de Iglesia entre los que sitúa de forma prominente a nuestro obispo Osio. Que los “nombres pasen a la posteridad” es algo que por “evangélicas razones obvias” no ha de preocuparte pero sí el detenerte a pensar, una y otra vez, en lo que implican estos “tiempos de prueba” tan necesitados de “hombres ardorosos y decididos”.

En esta semana me he topado con el discurso de uno de esos hombres ardorosos y decididos: San Gregorio de Nacianzo, obispo de Constantinopla (Discursos I, 119-137). Seguramente te preguntarás qué pude enseñarte un obispo del siglo IV con unas circunstancias y una cultura no muy parecidas a la tuyas. Y sin embargo, el discurso al que quiero remitirte quizá pueda ser, para ti y para mí, verdadera enseñanza tanto por la nobleza de carácter que muestra como por la impotencia para enfrentarse a la complicada situación en la que en ese momento vive la Iglesia por la herejía arriana. – ¡Sí!, has leído bien, hay una sana impotencia que nos devuelve a la más alta estima hacia la vocación a la que hemos sido llamados.

Es normal, y más todavía conforme avanzas en los cursos, que vaya en aumento el deseo, a veces nerviosismo, por llegar a la meta. San Gregorio se hacía eco de este sentimiento y lo percibía en muchos de los que estaban a su lado: -“¿Cuándo llegarás por fin a esto? me dicen los impacientes e inestables que son tan rápidos en construir como en destruir. ¿Cuándo pondrás tu lámpara en el candelero? ¿Dónde está tu talento?”. Frente a esto, piensa por un momento su respuesta: “Es preferible la lentitud y la seguridad a la rapidez y la irreflexión […] un poquito de oro vale más toneladas de plomo”. De seguro que, en este tu camino vocacional, este Padre de la Iglesia te invitaría a repensar una y otra vez: “Me he de purificar yo mismo, antes de querer purificar a otros; he de aprender la sabiduría, antes de poder enseñarla; he de acercarme a Dios, antes de llevar a otros hacia Él; he de santificarme antes de santificar”.

En los pasados días has debido de contar la historia de tu vocación en decenas de ocasiones. Medita por un momento cómo plantea San Gregorio su propia historia como el contraste entre un verdadero temor a ser echado como “un intruso atrevido entre el grupo de invitados” y la experiencia que describe en estos términos: “[…] con todo, yo fui llamado aquí desde mi juventud (para confesar algo que pocos conocen), y desde el vientre de mi madre me abandonaron a Dios: la promesa de mi madre me entregó a Él, y luego fui confirmado en su servicio a través de diversos peligros. Así es; mi propio deseo creció a la par con la promesa de mi madre, y mi razón me llevó en el mismo sentido. Todo lo que yo podía dar, riqueza, nombre, salud, letras, todo lo recogí y lo ofrecí a Aquel que me llamó y me salvó. El único gozo que me proporcionaron aquellas cosas fue el de poderlas despreciar y el de tenerlas como algo a lo que podía renunciar por Cristo”.

Para concluir me tomo la libertad de proponerte la advertencia clara de este santo de la Iglesia: “Cargar sobre mí la dirección y gobierno de las almas es algo que me sobrepasa, pues ni siquiera he aprendido todavía a ser yo mismo guiado, ni he alcanzado la santidad requerida […] ¿Quién hay aquí que no se quede muy por debajo de la perfección, si se mide según las reglas que Pablo prescribía a los obispos y presbíteros […]? Siento temor cuando pienso en la manera cómo el Señor censuraba a los fariseos y reprobaba a los escribas. Realmente sería una vergüenza que nosotros, a quienes se demanda una virtud tan superior a la suya para entrar en el reino de los cielos, apareciéramos como aún peores que ellos… Estos pensamientos me persiguen día y noche; consumen mis huesos y devoran mi carne”.

Estimado seminarista, aunque ya pasado, ¡Feliz Día del Seminario!

 

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