Tribulaciones de un laico católico español


Jiménez Lozano es bastante explícito en su descripción de la Iglesia española de los sesenta y setenta

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En estos días he podido leer un libro que recoge la correspondencia que se intercambiaron entre 1967 y 1972 el filólogo e historiador Américo Castro (1885-1972) y el periodista y escritor José Jiménez Lozano (1930-2020). Conste que a Américo Castro y sus planteamientos siempre me he acercado desde la monumental crítica que trató de hacerle Claudio Sánchez Albornoz en España, un enigma histórico. La correspondencia entre estos dos “inquietos” es, sin lugar a dudas, un cauce idóneo para adentrarte en numerosas cuestiones que, de otro modo, serían mucho más intrincadas. Pero sí hay un tema que pueda destacarse y mucho es el de la experiencia de fe y de Iglesia que deja entrever Jiménez Lozano. Aunque esta experiencia, como trato de indicar en el título, tenga mucho de memoria atribulada.

Jiménez Lozano es bastante explícito en su descripción de la Iglesia española de los sesenta y setenta: “La fe de los cristianos viejos se me atragantó muy pronto, y muy pronto he tenido contacto con lecturas humanistas. Me he preocupado y me preocupa menos la ortodoxia que la sustancia de la fe, y he aprendido más del cristianismo en escritores no cristianos que avalan al hombre que en tantos cristianos para los que la trascendencia y lo sobrenatural es un puro escapismo – en esto tienen razón los marxistas – e incluso una ceguera, una cegazón para amar a los hombres. Si yo no hubiera tropezado muy pronto con un catolicismo liberal, paulino, laico, probablemente no sería cristiano. El ser cristiano no me ha liberado tampoco de mis noches oscuras. ¿Será este el Hijo de Dios? Y todas esas otras preguntas que torturan a los demás hombres. [Para] uno, que es humano, que así sea” (93).

El escritor, en su obra Meditación española sobre la libertad religiosa, es aún más explicito al describir lo que supuso la recepción del Concilio Vaticano II para el “católico español”: “Nuestra fe aceptada por inercia de educación, de manera rutinaria e inconsciente y que, desde luego, no nos hacia reflexionar demasiado, ni, por ende, vivir, caía ante este inquietador máximo de conciencias, de tormentosa conciencia protestante por añadidura, de manera que se puede decir que las generaciones de jóvenes que luego hemos manifestado una profunda conciencia católica, hemos sido en cierto sentido, generaciones de ‘conversos’, porque hemos conquistado nuestra de católica contra todos los embates de la duda y el terror de la nada, contra la rutina de nuestro catolicismo de ‘cristianos viejos’ […] Y, de repente también, la Iglesia que hasta ayer mismo no fue para nosotros sino una cohorte de clérigos […] tornose para nosotros una Madre que amamos como a las pupilar de nuestros ojos” (95-96). En este orden de las cosas, hay una pregunta recurrente sobre la que vuelve en varias ocasiones: “No sé todavía cómo va a nacer un catolicismo popular del espíritu del Vaticano II […] Una liturgia bíblica, teocéntrica y cristocéntrica, de cierta alta finura espiritual y hasta estética no sé qué forma va a correr entre nuestro pueblo” (184).

Pero hay un dato en el que Jiménez Lozano muestra su especial tribulación: La ausencia de teólogos y de élite laical. El pensamiento de Jiménez Lozano no necesita glosa ni comentario: “¿Dónde se da, entre nosotros, esa pléyade de ‘intelectuales católicos’, que otras Iglesias alinean tan orgullosamente para escuchar su palabra sobre los grandes problemas mundanales o específicamente religiosos? ¿Dónde existe aquí siquiera una élite de laicos que signifiquen algo en su Iglesia como lo significó Pascal?”. No sin  dolor añade poco más adelante: “El laico no se siente Iglesia, es más clerical que los mismos clérigos y su anticlericalismo es un complejo fenómeno que no puede entenderse por el solo juego de unos acontecimientos históricos externos, sino que hay que buscar precisamente en esa ligazón existencial al clérigo y, en último término, en la ‘morada vital’ de su fe” (189).

Las cartas hablan por sí mismas. La clave tal vez, como indica Américo Castro, pase por releer el Quijote: “caer en la cuenta de que era cristiano, y que estaba más obligado a su alma que a los respetos humanos” (I, 28).

Para más señas: José Jiménez Lozano, en A. CASTRO-J. JIMÉNEZ LOZANO, Correspondencia 1967-1972 (Madrid 2020).

Lector inquirat.

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