¿Penitencia con la que está cayendo?


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En principio sí, y todo ello, pese a la que está cayendo o, puede que mejor dicho, con la que nos está “contagiando” y “confinando”. Las razones, varias.

Es un hecho difícilmente dudable el que seamos capaces de lo más elevado y de lo más bajo. También, cuántas veces experimentamos que, en el propio péndulo que nos podría definir, en ocasiones nos encontramos en el extremo de lo consciente y otras en el extremo de lo inconsciente. Es más, a estas alturas de la película, ya somos sabedores, en mayor o menor medida, de que para que todo funcione razonablemente bien no basta con que tomemos ciertas decisiones grandiosas en la cúspide del espíritu – ya los mismísimos Platón y Aristóteles nos advertían de la necesidad de “domesticar la totalidad del hombre bajo el espíritu” -.

Estamos continuamente ante una elección, ante la necesidad imperiosa de tener que optar por nosotros mismos lo cual – puede que te sorprenda la palabra – significa en todo caso renuncia. En síntesis, toda acción que llevemos a cabo es una renuncia; aunque solo sea la renuncia a “no optar”, a dejarse llevar, a la dolce vita, al disfrute, al libertinaje, a las mil posibilidades que yo tendría; en todo momento se puede renunciar a todo eso porque se quiere una sola cosa. Por eso, en el fondo, la cuestión no es si debemos someternos a una disciplina – si soy hombre, estoy bajo una disciplina lo quiera o no-, sino cómo la asumimos, y para qué fin y con qué ideal.

Ese supuesto ideal puede ser de tres tipos. 1) El ideal del que quiere estar a la altura de su espíritu y de su libertad sobre todo aquello a lo que podrían arrastrarle sus instintos. 2) El ideal del que quiere cambiar el mundo, servir a una causa y gastar todas sus fuerzas en una obra. 3) El ideal del amor, ya que si este es auténtico, apunta siempre a un tú. Quiere al tú y no al yo. Por eso, en lo más profundo, el amor es siempre renuncia. Si nos fijamos en estos tres ideales, podemos ver que la renuncia apunta siempre, de modo razonable, a algo positivo. Cuando veo la imagen del hombre, quiero el valor supremo. Cuando veo la imagen de la prestación de un  servicio, quiero la acción más poderosa. Cuando tengo ante mí la imagen del amor, entonces quiero el don mayor, el más valioso.

Pero conviene no caer en equívocos. Puede pasar perfectamente que la persona, si no tiene otra cosa en su cabeza, se convierta en un fariseo y en un egoísta, en un “esteta” que cultiva su bella personalidad humana.  También puede suceder que todo sea deseo de entrega. Esa entrega sería buena, pero tendríamos que preguntarnos: ¿Vale la pena lo que hago? Ahí fracasan hoy muchos. De hecho hay quien llegó a preguntarse: -“¿Cuánta entrega auténtica cosechó Hitler? ¿Cuántos sacrificios auténticos le fueron ofrecidos? ¿Qué ascesis exige del hombre la era técnica, el trabajo en la fábrica o en la oficina? ¿He de sacrificar mi vida personal e irrepetible para conseguir pequeñas mejoras técnicas de una aspiradora?”.

La renuncia y la penitencia en modo cristiano, dice algo completamente distinto. “Dice con toda sobriedad: Dios te ama. Y te ama hasta la muerte, hasta la muerte en cruz. ¿No quieres responder con el amor a ese amor?”. Este es el mensaje cristiano y luego la ética cristiana. Ahí se puede integrar lo otro: Sé un hombre, sé espíritu, sé libre para que puedas dar a Dios todo el amor como respuesta a su amor. Y segundo punto: “Dios ha hecho todo por ti, y ahora te llama a su servicio para que cooperes en su obra. ¡Abraza, pues, tu misión y vocación! Esto supuesto, no ha lugar el preguntar ni el titubear, pues el amor que responde es en todo caso razonable y fecundo. Este amor de Dios que nos ha demostrado en Cristo su amor absoluto es la clave para toda la ascesis cristiana”.

Así se entiende, por ejemplo, que una persona no se recluya en un convento para cultivar su personalidad o porque el mundo sea malo, sino que para amar más a Dios, para estar totalmente al servicio del amor de Dios. En el mundo, en el convento, en el sacerdocio, en todos los sitios es el mismo y único amor que, visto humanamente, es una renuncia (la renuncia está expresada en los consejos evangélicos), pero que, como amor, nunca lleva cuentas de la renuncia, sino que se limita a estar disponible. La finalidad de los consejos evangélicos es la de ayudar a que el hombre haga sitio a Dios, a las necesidades de Dios.

Es posible que todo esto no tenga nada de fácil, que debamos sentir la tensión de nuestra existencia cristiana y que debamos preguntarnos cada día cómo hay qué compaginar todo esto – el simpar Chesterton tiene, para variar, frase al caso: “No es que el ideal cristiano haya sido puesto a prueba y hallado deficiente. Ha sido hallado difícil y dejado sin probar” -. No hay recetas al respecto. La única solución es vivir y superar la prueba. En la decisión cristiana de cada día y de cada momento surge la pregunta: ¿Qué es lo que se me exige ahora: que use y disfrute como todo el mundo o que me eleve y renuncie en aras de una causa mayor? Cuando uso y disfruto, eso tiene que tener un sentido cristiano más elevado y ha de encajar en un plan global de la existencia cristiana. Aquí está la libertad de la que hablaba Pablo en la carta a los Gálatas.

El amor mismo es la ascesis más dura, pues el amor exige el desprendimiento continuo, la amabilidad, la obsequiosidad, la hospitalidad y cuantas formas imaginables puedan darse.

Para más señas: Hans Urs von Balthasar, Conferencia pronunciada el 18 de febrero de 1964 en el Auditórium Maximum de la Universidad de Friburgo de Brisgovia.