O tempora, o mores


Puede que el título conduzca a la idea de que para el que suscribe cualquier época pasada fue mejor. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Ya lo decía el gran teólogo Henri de Lubac en Meditación sobre la Iglesia: El hombre de Iglesia – vir ecclesiasticus -, ama su pasado, medita su historia, venera y explora su Tradición pero “la Iglesia no es para él una cosa que pertenece más al pasado que al presente, sino que es una gran ‘Fuerza`’, viva y permanente, que no se puede dividir”.

Digo estas cosas y evoco el adagio latino porque esa fue la primera impresión que vino a mi mente al leer uno de los capítulos de la obra recientemente publicada del Catedrático de Literatura, ensayista y crítico literario, taurino y musical Andrés Amorós y cuyo título es Maestros y amigos. Semblanzas y recuerdos (Madrid 2020). Por gustos personales – de todos conocidos – bien me gustaría poder comentar los capítulos que dedica al gran Luis Miguel Dominguín o al ganadero Eduardo Miura. Pero me detendré en la semblanza dedicada al más que polifacético Federico Sopeña.

Sopeña llego a ser, en el pasado siglo, director del Conservatorio de Madrid, del Museo del Prado y de la Academia de Bellas Artes. Pero hay un dato que de seguro explica su escaso reconocimiento y ausencia del “Olimpo” de los prohombres de la cultura en nuestra España tan “memoriada”: Era Sacerdote. En su semblanza, a Amorós – que lo considera su maestro “en música y en muchas otras cosas” – no le duelen prendas en afirmar que “su espiritualidad no tenía nada que ver con la mediocridad cultural y estética de buena parte de la Iglesia española”. Así, recuerda Amorós el daño que le hizo a Federico Sopeña el que se miraran con malos ojos obras como Del sentimiento trágico de la vida de Miguel Unamuno o cómo le escandalizaba también “la ignorancia cerril de algunos curas”, “el mal gusto […] que ya había denunciado su queridísimo Galdós: la sustitución de la devoción y el arte popular español por la cusilería francesa ‘sansulpiciana’”.

Pero no todo sería una mirada pesimista, precisamente, gracias a la aportación de personajes como Sopeña, Andrés Amorós recuerda con verdadero cariño los “libros de cabecera” que Sopeña recomendaba: “Las novelas de Graham Greene; El Señor, de Romano Gaurdini; la Teología para universitarios, de su amigo Miguel Benzo; Literatura del siglo XX y cristianismo de Charles Moeller… Y otros autores que, en aquella España, muy pocos conocían, como Jacques Maritain y el cardenal Newman”. También es especialmente significativo el recuerdo del sacerdote que invitaba a un grupo de jóvenes universitarios a su “despachito” de la iglesia de la Ciudad Universitaria de Madrid para de este modo introducirlos en la más genuina cultura musical. Gracias a esta tarea, reconoce Amorós su amor a cosas como la segunda sinfonía de Mahler y su final con los versos de Klopstock:

¡Resucitaréis, sí, resucitaréis,

cenizas mías, tras breve reposo!

Vida inmortal te dará el que te llamó,

para florecer otra vez fuiste sembrado.

El Señor de las cosechas reúne los haces

de quienes morimos.

¿O tempora, o mores? No lo sé con exactitud pero lo que sí es cierto es que en testimonios de vida como el de Sopeña se puede colegir con facilidad algo que, ya hace muchos siglos, pudo barruntar un tal Clemente de Alejandría para el que el hombre de Iglesia no adquiere la cultura por curiosidad, sino para gozar de ella “como quien visita los monumentos de una ciudad” (Stromata, 1. I, c. 1, n.63). Es un hecho que para un tipo como Sopeña “la intransigencia de la fe y el apego a la tradición no se convierten en rudeza, en desprecio o en aridez de corazón”. En una palabra, “no le impiden el ser acogedor y no lo encierran en una ciudadela de actitudes negativas” (Henri de Lubac nuevamente).

 

 

 

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