Juicio a la memoria histórica


PSOE cristianofobia
La cruz de Aguilar, ya desmontada y cargada en un camión, en una imagen de archivo./Foto: Diócesis de Córdoba-Margarita Lucena
Rémi Brague / Foto: LVC

Del triste suceso en Aguilar de la Frontera, del que todos hemos sido testigos durante la semana pasada, no voy a añadir mucho más. Pero sí quisiera compartir algo que podía leer en el filósofo francés Rémi Brague precisamente el día de “autos”. En un libro recientemente traducido, Manicomio de verdades, comenta el filósofo: “[…] preferimos azotar a nuestros antepasados en lugar de dejar marcas en nuestra propia espalda… Nos resulta fácil ver la estupidez de los demás, especialmente de generaciones pasadas, mientras que nuestras propias posibles deficiencias, que desconocemos, bien podrían convertirnos en el hazmerreír de generaciones posteriores”.

Creo que Rémi Brague es bastante explícito en la denuncia: ¿Qué vergüenzas tratamos de ocultar con el más que pretendido revisionismo histórico? Apliquemos su pensamiento y hagamos juicio de nuestra “tan traída y tan llevada” ley de la Memoria Histórica. Seguramente, más allá de lo inmediato de la “recalificación” de la verdad objetiva de los hechos históricos, lo que nos muestre tal juicio sea la desfachatez de una sociedad – con sus correspondientes gobernantes – que deja que la “próxima generación haga puenting, y esperamos que alguien le abroche el elástico o le dé un paracaídas para que se lo ponga durante la caída”. Brague continúa con claridad: “No engendramos hijos, pero esperamos que la cigüeña nos traiga nietos para que puedan limpiar nuestro desorden ecológico y, no olvidemos, pagar nuestra jubilación”.

Continuando con el pensamiento del profesor de la Sorbona conviene detenernos a pensar por un momento: “Las personas civilizadas son aquellas que comprenden que bajo la fina capa de la propia cultura, la barbarie sigue amenazándolos desde adentro y debe mantenerse constantemente a raya mediante un esfuerzo prolongado”. Teniendo en cuenta que la “la historia es una forma de conversación”, tal vez a los hechos de la semana pasada en la localidad de Aguilar de la Frontera sea más que aplicable la máxima evangélica: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo?” (Mt 7, 3-4).

Al respecto, puede ser especialmente clarificadora la siguiente reflexión del siempre recurrente G. K. Chesterton comentando el libro de Job: “El Eterno adopta una humildad enormemente sardónica. Está dispuesto a ser juzgado. Tan sólo reclama el derecho de cualquier persona que va a ser juzgada; pide que le permitan interrogar a su vez a los testigos de la acusación. Y lleva aún más lejos la corrección del paralelismo legal. Pues, en esencia, lo primero que le pregunta a Job es lo mismo que se le permitiría preguntar a cualquier criminal que hubiese sido acusado por Job: le pregunta a Job quién es. Y Job que es un cándido, se toma poco tiempo para pensar la respuesta y llega a la conclusión de que no lo sabe. Éste es el primer gran hecho en el que es preciso reparar acerca del discurso de Dios, que culmina el interrogatorio. Representa a todos los escépticos que se ven superados por un escepticismo mayor. Este método, empleado a veces por cerebros supremos y otras veces por inteligencias mediocres, ha sido desde entonces el arma lógica del verdadero místico. Sócrates, como he dicho, lo empleó cuando demostró que si se le dejaba utilizar un poco la sofística podía destruir a todos los sofistas. Jesucristo lo utilizó cuando recordó a los saduceos, que decían ser incapaces de concebir la naturaleza del matrimonio en el cielo, que, puestos a eso, tampoco habían concebido la naturaleza del matrimonio en absoluto […] Al tratar con el arrogante que plantea dudas, el método correcto es animarle a seguir dudando, que dude un poco más, que dude cada día más de las cosas nuevas y más sorprendentes en el universo, hasta que por fin, mediante alguna extraña iluminación, pueda llega a la duda de sí mismo. Éste, digo, es el primer hecho relativo al discurso: la fina inspiración mediante la cual Dios llega no a contestar a los acertijos sino a plantearlos” (G. K. Chesterton, “El Libro de Job”: Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos) (Barcelona 2005) 216-217).

Moraleja: ¿Se nos permite interrogar a los testigos de la acusación? ¿En qué espejo os miráis o que autocrítica admitís jueces de la Memoria Histórica? ¿Qué se trata de ocultar con el pretendido “revisionismo”? ¿Admitís el escepticismo con respecto a vuestro peculiar método histórico? ¿Albergáis, al menos mínimamente, dudas con respecto a vosotros mismos?

Y concluyo con Antonio Machado: “De toda la memoria solo vale/ el don preclaro de evocar los sueños”.

 

 

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