El realismo español


Los días de Navidad me han servido, entre otras cosas, para poder leer un ensayo de María Zambrano (1904-1991) titulado La España de Galdós. En él, nuestra insigne filósofa, de la mano de la centenaria obra de Galdós, vuelve sobre uno de las cuestiones más comentadas a lo largo de la historia de España: el “realismo español”. Este concepto suele emplearse para explicar los misterios de nuestro arte más excelso. Pero, ¿qué entender exactamente por este realismo?

Consideraba en su momento María Zambrano que, más que una cualidad o un estilo, el realismo es “la actualización continua y humilde de una razón que no ha comenzado por nombrarse a sí misma”. Una razón o forma de conocimiento “que se ha extendido humildemente por seres y cosas, sin delimitarse previamente a sí misma; que ha actuado sin definirse ni separarse, mezclándose, inclusive, con la razón al uso, con su enemiga y dominadora razón racionalista”. De este modo, en el realismo español, “la fascinación de la vida ha triunfado sobre el poder de las ideas, sobre su prometedora fuerza de avasallar la realidad”.

Zambrano, partiendo del sencillo axioma “el amor con amor se paga”, invita a discurrir cómo “la realidad viene a entregarse así a quien se le entrega, y de ahí la riqueza infinita, la infinita complejidad, la magia que de ella emana más allá de la literatura”. Zambrano ve esta magia de “una pared desconchada”, de “un cardo en un erial”, de “unas tejas verdinegras de lluvia y tiempo” y de “un rostro surcado por los días” en “todo lo vulgar”, en “aquello cuya gracia consiste solamente en existir”. Consecuentemente, “la maravilla de la existencia, el prodigio y misterio de la realidad de la vida, corren a través de la innumerables páginas” de un autor como Galdós.

Mas todavía restaría un elemento esencial para comprender el citado realismo español. Para Zambrano la vida viene de “un pasado y está impresa de sus huellas innumerables”. Se trata de la “continuidad de un pueblo que prosigue bajo la superficie de los hechos históricos – bajo la máscara histórica -, su crecimiento orgánico”. “Por debajo de los hechos históricos sigue trascurriendo la corriente de la vida que les dio aliento; cohesión del ayer con el mañana a través del hoy; cohesión de todos los elementos que integran el hoy y que, trabados, fluyentes, vivos, forman la entidad que se llama pueblo, entidad a la vez humana y casi divina, puesto que no podemos inventarla y es ella más bien la que nos inventa a nosotros”. Para Zambrano es una evidencia que “en esta corriente viva que llamamos tradición se asientan las raíces de nuestra cultura verdadera: aquellas nociones actuantes que rigen nuestros más secretos y continuos movimientos, que aprisionan nuestra mente, que inspiran, en los instantes más decisivos de nuestra existencia, una resolución porque de ella nos viene la fuerza de vivir y morir, la fuerza capaz de hacernos creer que pervivimos cuando ha sonado la hora de la aniquilación. Ella nos empuja con la infinita fuerza de cada uno de nuestros linajes y nos inspira con la embriagadora promesa de nuestra continua resurrección en el tiempo, más acá de todo juicio final”. En resumidas cuentas, “la embriagadora fuerza de la tradición, capaz de fascinar a una vida, y aun de desviarla, si por ventura no la salvara”.

Inspirándose en Nina, uno de los personajes de Galdós, Zambrano enseña que “la gran fuerza [de la vida] consiste ante todo en esta facultad de comprensión, de absorción de todo lo que le rodea; también de eliminación de todo aquello que pudiera envenenarla o detenerla. Es la fuerza inagotable de la vida transformándolo todo en vida, llevando el pasado íntegro en estado naciente, como recién inventado; es la tradición verdadera que hace renacer el pasado, encanarse en el hoy, convertirse en el mañana, pervivir, salvando todos los obstáculos con divina naturalidad”.

Llegado a este punto, tal vez sea oportuno cuestionar por cuenta propia: ¿Qué nos queda en la España de nuestros días del citado realismo? ¿Tolera y digiere bien nuestra sociedad del bienestar y de la comunicación estas ganas de vivir y estas dosis de realidad? ¿Por qué ese afán por abominar y huir de nuestra tradición?

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