Nueva Eva


Pocos días son más significativos y entrañables para el pueblo de Dios que el de mañana, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, cuando la Iglesia eleva su mirada a la “Toda Hermosa” Madre de Dios. Sin un “ánimo homilético”, ni “editorialista en vísperas”, quisiera evocar la experiencia que con respecto a este dogma vivió alguien que, por anglicano, estaba en las antípodas de esta verdad de fe para acabar siendo uno de sus principales defensores en la Inglaterra del siglo XIX. Me refiero a la experiencia de John Henry Newman.

Lo curioso de la experiencia newmaniana es que precisamente un presbítero anglicano, allá por el año 1832, pudiese predicar a sus parroquianos en estos términos: “¿Cuál creéis que era el grado de santidad de esa naturaleza humana de la que Dios formó a su Hijo sin pecado, sabiendo que ‘lo nacido de la carne, carne es’ (Jn 3, 6) y que ‘nadie podrá encontrar pureza en lo impuro’ (Jb 14, 4)?”. Así se entiende que ya católico cambiase la fiesta de la Asunción por la fiesta de la Inmaculada Concepción como principal celebración litúrgica del Oratorio al que pertenecía, y en 1851 (tres años antes de la definición del dogma) dedicase la iglesia del Oratorio de Birmingham a la Inmaculada Concepción. J. H. Newman se sentía enormemente feliz de que su congregación fuese una de las que habían obtenido permiso para introducir la palabra immaculata en el prefacio de la misa después de la palabra conceptione.

Lo decisivo en la experiencia de Newman es que, apoyándose en los Santos Padres, fue capaz de descubrir lo esencial del Dogma de la Inmaculada Concepción en la relación tipológica María-Eva – María es la Nueva Eva – y en una consideración equilibrada de la doctrina sobre el pecado original, en claro contraste con la fundamentación protestante. Si bien, con facilidad, se puede constatar la presencia de un factor que tendrá verdadero peso específico en su citada evolución: el de la necesidad de invocar a María.

Una obra de E. B. Pusey, Eirenicon, llevará a Newman a responder a estos planteamientos a través de una extensa carta publicada: “¿Qué hay de difícil en esta doctrina? ¿Qué hay de anormal? A María podemos llamarla, por así decirlo, hija no caída de Eva […] ¿Me vais acaso a negar que María estuvo tan llena de dones como Eva? ¿Acaso es hacer una deducción forzada el pensar que a María, que iba a cooperar en la redención del mundo, se la iba a dotar con menor poder de lo alto que a aquella otra mujer que fue dada como compañera a su marido y que en realidad lo único que hizo fue cooperar con él para su ruina?

Ahora bien, el desarrollo del comentario tipológico necesariamente va a abrir a Newman a la reflexión en torno a la cuestión del pecado original. Es decir, va a proponer en su carta a Pusey toda una síntesis sobre la doctrina del pecado original, ya que “alguien puede decir: ¿Y esto nos autoriza a decir que la Virgen fue concebida sin pecado original? Si los anglicanos supiesen qué es lo que nosotros entendemos por pecado original, no harían esta pregunta”. Pero es en su conocida Apología pro vita sua donde propuso Newman una de las imágenes más ilustrativas y significativas que en la historia de la teología se puedan encontrar en torno a la doctrina del pecado original: “Qué puede uno decir ante este panorama que taladra y enloquece el corazón y la razón? Sólo se me ocurren dos cosas: o no hay un Creador o este mundo de los hombres ha sido desechado y apartado de su Presencia. Si yo me encontrara con un chico de buena presencia y con cabeza, bien educado y culto, pero arrojado al mundo sin posición, incapaz de decir de dónde viene, donde nació o quién es su familia, no tendría más remedio que pensar que su historia tiene algún asunto oscuro y que sus padres, por la razón que sea, se avergüenzan de él. […] Si hay un Dios, puesto que hay Dios, el ser humano debe estar marcado por alguna terrible calamidad de nacimiento; está desconectado de los propósitos de su Creador, y esto es un hecho tan verdadero como que el mundo existe. De ahí que la idea teológica del pecado original cobre un grado de certeza que se aproxima a la misma existencia del mundo y de Dios”.

Por todas estas razones, ante el escándalo que para muchos anglicanos supuso la definición del dogma de la Inmaculada Concepción por parte de Pío IX en 1854, no tuvo rubor alguno en afirmar en la Apologia: “La cuestión estriba en si ese dogma es una carga; y mi opinión es que no lo es”.

Concluyo con la evocación de uno de los pasajes de un sermón, recién ordenado sacerdote católico en Roma (30 de mayo de 1847), predicado en la Catedral de Birmingham: “[…] de una cosa podéis estar seguros: si no conseguís hacer vuestro el calor de los libros extranjeros de devoción la culpa es vuestra. Usar palabras fuertes no es la solución: se trata de una culpa interior que sólo puede superarse poco a poco, pero en resumidas cuentas es una falta, por esa razón y por ninguna más […] De una cosa podéis estar seguros: el único camino para entender los sufrimientos del Hijo es penetrar en el sufrimiento de la Madre. Poneos al pie de la cruz, mirad a María de pie allí a sus pies, con los ojos en alto, traspasada por la espada. Imaginad sus sentimientos y hacedlos vuestros. Que ella sea vuestro gran modelo”.

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