¿Por qué esperar?


 

Esperar porque la única respuesta que corresponde a la situación real de la existencia humana es la esperanza. Así, ella misma – la esperanza – se realiza en una imperturbable dirección hacia la plenitud del ser, es decir, hacia el bien. Eso sí, un Bien, con mayúsculas, otorgado solo y cuando se origina de la realidad de la gracia en la persona y se dirige a la felicidad sobrenatural en Dios y por el que el hombre, “con el corazón inquieto” (San Agustín dixit), se esfuerza en confiada espera para él alcanzar el bonum arduum futurum hacia el penoso “aún no” de la plenitud. Tiempo a que un tal Pascasio Radbert lo advertía: “Por la mano de la esperanza se tiene a Cristo. Le tenemos y nos tiene. Pero es más grande ser tenidos por Cristo que tenerle. Pues le podemos tener solo en la medida que nos tiene” (San Pascasio Radbert, De fide, spe et caritate 2, 1).

Esperar también porque como tal actitud está en correspondencia sobre todo con dos virtudes: la magnanimidad y la humildad. Por otra parte, la pérdida de la esperanza sobrenatural tiene dos raíces: la falta de grandeza de ánimo y la falta de humildad. Con especial claridad lo refleja una “página rasgada”, según el testimonio de Georges Bernanos, del celebérrimo Diario de un cura rural: “El pecado contra la esperanza… el más mortal de todos y, sin embargo, el mejor acogido, el más halagado. Se necesita mucho tiempo para reconocerlo y ¡es tan dulce la tristeza que lo anuncia y lo precede! ¡Es el más preciado de los elixires del demonio, su ambrosía! Pues la angustia… (La página está rasgada)”.

La figura del joven es el símbolo eterno de la esperanza, lo mismo que lo es de la grandeza de ánimo. Así hay una frase de san Agustín que dice: “Dios es más joven que todos” (De Genesi VIII, 26, 48). Lo curioso del trasunto es que una época como la nuestra cuyo culto a la juventud, tan exterior y forzado, procede probablemente de su desesperación, tenga ante su vista la cima más alta a la que se puede remontar la juventud esperanzada del hombre entregado a Dios (Josef Pieper dixit).

descarga 2

Luego esperar porque el que es llevado por la esperanza al amor tiene desde entonces una esperanza más perfecta y cree al mismo tiempo más firmemente que antes. Y en esta elevación la oración, que es la exteriorización y manifestación de la esperanza, se convierte en interpretativa spei (Santo Tomás dixit), ya que en ella se expresa la esperanza misma. No en vano, “así como nuestro Salvador ha obrado y realizado en nosotros la fe, fue asimismo saludable que nos introdujera también en la esperanza viva enseñándonos la oración con que más comúnmente nuestra esperanza se alza hacia Dios” (También de Santo Tomás de Aquino). Como contrapunto, el orgullo – oculto canal que une las dos formas dialécticamente contrapuestas de la falta de esperanza, la desesperación y la presunción – cierra el camino a una auténtica oración. En palabras de San Juan Crisóstomo: “No es tanto el pecado como la desesperación lo que nos precipita en la perdición”.

Y, finalmente, esperar porque “esperan en el Señor los que le temen” (Sal 113, 11). Aunque nos cueste repensarlo o no esté precisamente de moda, el sano y verdadero temor de Dios asegura la autenticidad de la esperanza.

Decía el teólogo Jean Danielou: “Job es el interrogante, Cristo es la respuesta”. Pues bien, mientras que Job, con abigarrada experiencia, exponía: “Aunque me quitase la vida esperaré en él” (Job 13, 15). El autor de la Carta a los Hebreos cantaría a la “esperanza que tenemos como segura y firme áncora de nuestra alma y que penetra hasta detrás del velo adonde entró por nosotros como precursor Jesús” (Heb 6, 19-20). En resumidas cuentas: “En Jesucristo concuerdan todas las contradicciones” (Blaise Pascal).

Feliz y fructífero Adviento.