Apuntes para un 2 de noviembre


Al profesar el Credo cada domingo concluimos diciendo: “Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Sin embargo, ¿somos conscientes de las implicaciones de esta verdad de fe? Es un hecho que vivimos en lo que algunos han venido en denominar como una “penumbra escatológica”. ¿Dónde se encuentran estas oscuridades?

La primera de las oscuridades a señalar es la del olvido de la verdad del juicio final. Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi, insistía precisamente en que “la fe en el juicio final es ante todo y sobre todo esperanza” (43). “En efecto,- en opinión del teólogo italiano Lavatori – el juicio divino no hay que verlo simplemente como una declaración de severidad, sino sobre todo como la plena revelación del amor ilimitado de Dios en la claridad de la verdad, que no admite sombras de ambigüedad o de ocultación”.

La segunda de las oscuridades proviene de una pobre comprensión de lo que supone “la resurrección de los muertos”. Para que podamos considerar la resurrección corporal como realidad verdadera y plenamente humana, ha de significar la recuperación y la plenitud de la entera vida del hombre, tanto en su vertiente corporal, como temporal y social. Es cierto que, en la base de la resurrección, está la relación del hombre con su Creador y Salvador, pero también e inseparablemente, la unión con los demás hombres, con los cuales ha construido esta ciudad terrena y por medio de los cuales ha desarrollado su propia humanidad y se ha hecho cristiano.

Hablamos por la fe de “los cielos nuevos y la tierra nueva”, ¿pero somos conscientes de la trascendencia de esta fórmula? No podemos concebir al hombre fuera del mundo, sea cual sea su forma de existencia, dado que el ser-en-el-mundo es aspecto constitutivo de toda la humanidad. El Concilio Vaticano II trató de arrojar luz sobre este aspecto al proponer: “Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS 39).

La cuarta de las oscuridades viene dada por la ignorancia y la incapacidad para responder vitalmente a preguntas como: ¿De dónde procede la muerte? ¿Dónde señalar su origen? San Juan Pablo II, al hablar de la naturaleza del hombre caído, respondía desde las siguientes claves: “El hombre ha sido creado por Dios para la inmortalidad: la muerte que aparece como un trágico salto en el vacío, constituye la consecuencia del pecado, casi por una lógica suya inmanente, pero sobre todo castigo de Dios […]. Sin el pecado, el final de la prueba terrena no habría sido tan dramático”.

Problema distinto – quinta de las oscuridades – es explicar teológicamente por qué la recuperación del cuerpo en la resurrección permite una visión y posesión de Dios más intensas. Un texto de san Agustín sugiere que el alma separada, por ser una sustancia incompleta que tiene en ese estado un apetito de unión con el cuerpo, encontraría en ese apetito un impedimento que le retardaría de la más plena entrega a la visión de Dios (De Genesi ad litteram 12, 35).

La sexta de las oscuridades se refiere a la necesidad de purificación: el Purgatorio. En esto hay un principio indubitable: “Nada manchado puede entrar en la presencia del Señor”. Ello ha de entenderse no sólo de las manchas que rompen y destruyen la amistad con Dios, y que, por tanto, si permanecen en la muerte, hacen el encuentro con Dios definitivamente imposible (pecados mortales), sino también de las que oscurecen esa amistad y tienen que ser previamente purificadas para que ese encuentro sea posible. Pero también es necesario considerar estas manchas que permanecen en el hombre justificado aun después de la remisión de la culpa, es decir, aun después del perdón en virtud del cual se excluye ya la pena eterna; la Iglesia piensa que, recibida la gracia de la justificación, puede permanecer lo que ella llama un “reato de pena temporal”, del que hay que liberarse por actos de penitencia en esta vida o purificarse en una situación posterior a la muerte.

Séptima y última de las oscuridades: la seriedad de nuestras decisiones con respecto al más allá. Como el curso de nuestra vida es único y como en él se nos ofrecen gratuitamente la amistad y adopción divinas con el peligro de perderlas por el pecado, aparece claramente la seriedad de esta vida. La razón última es que las decisiones que en ella se toman, tienen consecuencias eternas. Las propias decisiones no pueden cambiarse después de la muerte. Por ello, la misma posibilidad de una salvación universal implicaría que, de hecho, nadie llega a morir en pecado mortal. Pero, ¿es realmente sensato y acertado concluir que todos terminaremos muriendo en gracia (lo cual, en realidad, iría ya más allá del mero deseo esperanzado)?

En definitiva, apuntes para un 2 de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos.

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