El ayuno de sacramentos


Allá por el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, reunirse para celebrar la Eucaristía. En Abitinia (ciudad de la provincia romana de África) fueron sorprendidos 49 cristianos en plena celebración. Fueron detenidos, sometidos a interrogatorio y finalmente murieron mártires de la fe. Durante el interrogatorio cuando el procónsul le preguntó a uno de ellos, Emérito, por qué había procedido así, dijo una frase que se ha hecho ya célebre: “Sin el domingo, no podemos vivir” o lo que es lo mismo: Sin la Eucaristía, no podemos vivir.

Dando un salto en el tiempo que nos llevaría a los pasados meses de confinamiento, es un hecho obvio que, para muchos, este tiempo ha tenido que ser necesariamente un período de “ayuno sacramental” justificado razonablemente para evitar contagios. Ahora bien, ¿hemos experimentado como aquellos mártires de Abitinia un desgarrón tal que nos haya hecho clamar: “sin los sacramentos no podemos vivir”? El ajeno al hecho cristiano, ¿ha podido percibir en nosotros tan notable carencia del verdadero alimento de la fe? Tal vez, casi como el Pueblo de Israel peregrino por el desierto, hemos podido deambular por un desierto eucarístico sin hacer provisión del más mínimo avituallamiento. Pero, ¿nos ha importado en algo?

 Volviendo al reto que supone para el cristiano el ajeno a la fe, si este nos hubiese observado seguramente hubiera podido entresacar la idea de que nuestra fe sería reducible a consignas o a una serie de indicaciones de talante ético y moral a las que con facilidad pudiéramos haber llegado a través de unos “placebos on line” o “píldoras por las redes”. Y sin embargo, como ya en su momento expresó San Ignacio de Antioquia, “el cristianismo no es obra de la persuasión, sino algo verdaderamente grande”.

Es un hecho – ya se entiende que en ambientes eclesiásticos – más o menos universal el parafrasear la enseñanza de Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética, sino por el encuentro con una Persona”. Pero, ¿realmente hemos asumido este magisterio? En estos días la Liturgia de la Iglesia rezaba al concluir la Eucaristía: “Te pedimos, Señor, que el fruto del don del cielo, penetre nuestros cuerpos y almas, para que sea su efecto, y no nuestro sentimiento, el que prevalezca siempre en nosotros”. Dicho esto, ¿creemos en este “efecto” o todo gira, más bien, en la provocación mayor o menor de “nuestro sentimiento” en función del celebrante, de la estética – para lo cual siempre será más idóneo un entorno catedralicio a través de una buena realización para Youtube – o del propio estado de ánimo?

Conviene reconocer que en este orden de las cosas, puede que nos hayamos convertido en deudores del magisterio de tipos como Kant para el que la fe no sería más que una “deconstrucción” devenida en opción moral o ética. Tal vez ese mismo “drama del humanismo ateo” sobre el que alertaron autores como Henri de Lubac haya calado mucho más de lo jamás hubiéramos podido imaginar. Un drama cuyos tentáculos han podido alcanzar a nuestra catequesis sobre la Eucaristía produciendo “apáticos” y “seguidores de las redes” más que seguidores del que nos invita echar las redes en su nombre.

A estas alturas del artículo perdura en mí la duda de si me hago entender. Por eso voy a echar mano de la enseñanza de un padre a un hijo. En concreto la enseñanza – con  ella cierro directamente el artículo – del celebérrimo J. R. R. Tolkien a su hijo Michael:

“Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, pongo delante de ti lo que hay en la tierra digno de ser amado: el Bendito Sacramento… En el hallaréis el romance, la gloria, el honor, la fidelidad y el verdadero camino a todo lo que ames en la tierra, y más todavía: la Muerte; mediante la divina paradoja, esa que pone fin a la vida y exige el abandono de todo, y, sin embargo, mediante el gusto (o el pregusto) de aquello por lo que sólo puede mantenerse lo que se busca en las relaciones terrenas (amor, felicidad, alegría) o captar la naturaleza de la realidad, de la eterna resistencia que desea el corazón de todos los hombres […] La única cura para el debilitamiento de la fe es la Comunión. Aunque siempre es Él mismo, perfecto y completo e inviolable, el Santísimo Sacramento no opera del todo y de una vez en ninguno de nosotros. Como el acto de fe, debe ser continuo y acrecentarse con el ejercicio. La frecuencia tiene los más altos efectos. Siete veces a la semana resulta más nutritivo que siete veces con intervalos. También puedo recomendar esto como ejercicio (demasiado fácil es, ¡ay!, encontrar oportunidad para ello): toma la comunión en circunstancias que resulten adversas a tu gusto. Elige a un sacerdote gangoso o charlatán o a un fraile orgulloso y vulgar; y una iglesia llena de los burgueses habituales, niños de mal comportamiento – de los que claman ser producto de las escuelas católicas, que en el momento de abrirse el tabernáculo, se sientan y bostezan -, jovencitos sucios y con el cuello de la camisa abierto, mujeres de pantalones con los cabellos a la vez descuidados y descubiertos. Ve a tomar la comunión con ellos (y reza por ellos). Será lo mismo (o aún mejor) que una misa dicha hermosamente por un hombre visiblemente virtuoso, y compartida por unas pocas personas devotas y decorosas. (No pudo haber sido peor que la confusión suscitada por la alimentación de los Cinco Mil, después de la cual Nuestro Señor expuso la alimentación que estaba por venir)”.

Lo dicho: “Sea su efecto, y no nuestro sentimiento, el que prevalezca siempre en nosotros.

 

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