Parroquia millennial

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Parroquia millennial será aquella que comprenda que “la mera repetición de actividades sin incidencia en la vida de las personas concretas, resulta un intento estéril de supervivencia, a menudo acogido con una general indiferencia”. De igual modo la parroquia millennial será también aquella que perciba que “si no vive el dinamismo espiritual propio de la evangelización, […] corre el riesgo de hacerse autorreferencial y de esclerotizarse, proponiendo experiencias desprovistas de sabor evangélico y de impulso misionero, tal vez destinadas solo a pequeños grupos”.

Si así se han puesto las cosas conviene que la parroquia millennial sea el despertador a una “creatividad” que busca “caminos nuevos” cuya brújula bien podría ser llamada “conversión pastoral”; siempre a la búsqueda del “norte” de comunidades cristianas “que impulsen cada vez más el encuentro con Cristo”. En otros términos, la parroquia millennial será la que se ejercite en “un nuevo discernimiento comunitario” que “consiste en el ver la realidad con los ojos de Dios, en la óptica de la unidad y de la comunión’”.

Se barrunta, por tanto, que la cuestión pasa por “generar nuevos signos”. Un mínimo de realismo muestra – y muy a las claras – que la parroquia – “habiendo dejado de ser, como en el pasado, el lugar primario de reunión y de sociabilidad” – está llamada a “encontrar otras modalidades de cercanía y de proximidad respecto a las formas habituales de vida”. Ahora bien, considerará el avezado lector, ¿cuáles podrían ser esas nuevas modalidades? En esto, como en otras muchas cosas, no hay “formulas mágicas”. Pero tal vez deberían empezar a sonar con más fuerza criterios como los que siguen: 1º) El territorio sobre el que se comprende la parroquia se ha de comenzar a ver más como un “territorio existencial”; 2º) La capacidad de generar misión se convierte en el casi único “criterio guía para la renovación”; 3º) “La comunidad parroquial está llamada a ser signo vivo de la cercanía de Cristo, a través de una red de relaciones fraternas, proyectadas hacia las nuevas formas de pobreza”. 4º) “Es importante replantear no solo una nueva experiencia de la parroquia, sino también, en ella, el ministerio y la misión de los sacerdotes”. 5º) “Es necesario identificar perspectivas que permitan la renovación de las estructuras parroquiales ‘tradicionales’ en clave misionera”, siendo este “el corazón de la deseada conversión pastoral”, que debe afectar al anuncio de la Palabra de Dios, la vida sacramental y el testimonio de la caridad”.

Saco del párrafo el 6º criterio para así subrayarlo. Un criterio que se puede titular como el “arte de la cercanía”. A través de este arte, la parroquia, realmente, se convertirá “en el lugar donde se supera la soledad, que afecta a la vida de tantas personas, así como en un ‘santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro constante de envío misionero’”.

Llegados a este punto, todavía el avezado lector podrá preguntarse por la fuente a la que remiten tantas comillas como salpican el texto. En ellas radica el propósito de este artículo que no es otro que hacer publicidad de un texto (su nombre exacto es Instrucción) de la Congregación para el Clero, con fecha del 20 de julio de 2020, y que lleva por título La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora. Sería triste que los rigores del verano hiciesen pasar con más pena que gloria esta reflexión, honda y técnica al mismo tiempo, sobre la que en sí es “la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas”.

Leer la instrucción ayuda comprender que lo de parroquia millennial – el palabro es de un servidor y no de la Instrucción – no puede quedarse en lo epidérmico de una mera presencia en las redes sociales o en otras “monerías” que, dicho sea de paso, bienvenidas sean si son expresión de vitalidad o “sagacidad pastoral”. Parroquia millennial será aquella que comprenda el viraje, “de la conversión de las personas a la de las estructuras”. Será aquella que, en definitiva, trata de estar atenta a “no ‘forzar tiempos’, queriendo llevar a cabo las reformas apresuradamente y con criterios genéricos, que obedecen a razones elaboradas ‘en un escritorio’, olvidando a las personas concretas que habitan en el territorio”.

Post data: “Esta renovación, por supuesto, no solo concierne al párroco, ni puede ser impuesta desde arriba, excluyendo al Pueblo de Dios”.

 

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