Vigencia de una devoción

177

Adolfo Ariza, sacerdote director del ISCCRR Beata Victoria Díez de Córdoba. / Foto: Diócesis de Córdoba

“Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón” (1 S 16, 7b). Así lo aprendió Samuel del mismo Yahveh y es que para las Sagradas Escrituras el corazón es “el principio y el órgano de la vida personal del hombre, el punto más íntimo donde se recogen su ser y su acción, y, por consiguiente, la fuente y el centro de su vida religiosa y moral […] el corazón es la expresión más perfecta para designar la valentía y la valía, la inteligencia profunda, la fuerza de decisión y de voluntad – en pocas palabras, califica las fuerzas más nobles y personales del hombre […]” (Kittel). En este mismo sentido, el liturgista y ecumenista Jean Corbon (París, 1924-Beirut, 2001) también insistía: “Solo en el corazón somos nosotros mismos y alcanzamos a serlo. El corazón es el lugar del encuentro auténtico consigo mismo, con los demás, pero, sobre todo, con el Dios vivo. No de modo estático, como un vacío que ha de ser rellenado – ilusión de otras moradas – , sino vitalmente como el reclamo de una presencia y como una respuesta creadora. El corazón es el lugar de la decisión, el momento personal del sí o del no. Es nuestra persona en su punto de origen, en su misterio irreductible, en su libertad inviolable”.

Luego la experiencia a la que el Espíritu Santo nos invita tiene su lugar más propio en el corazón del hombre, de tal modo que las palabras de los discípulos de Emaús serían un fidedigno reflejo de ese don: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y no explicaba las Escrituras?”. Un teólogo como M.-J Le Guillou lo define como un “juego del escondite entre Dios y el corazón humano” que “prosigue hasta que el deseo de Dios no es simplemente un impulso pasajero, sino una disposición permanente del corazón vuelto hacia Dios”. 

Desde estas premisas – sigo con la enseñanza de Le Guillou – habrá de entenderse que “la espiritualidad del Corazón de Cristo es el principio de una verdadera renovación carismática de la vida de la Iglesia”. A lo que añade: “Con la superación de una fe reducida a un intelectualismo y a un formalismo limitados, con la puesta de relieve del corazón del hombre remodelado por Dios mismo según su propio Corazón, esta espiritualidad ha sido para la Iglesia una interpelación profética que ha suscitado en ella una multitud de vocaciones dedicadas a la adoración del Padre en espíritu y en verdad, y que ha terminado por penetrar los ambientes más populares”.

Es cierto que estos planteamientos fueron puestos por escrito allá por el año 1976 y que algunos incluso considerarían esta espiritualidad como algo “trasnochado”. Pero quisiera traer a colación el pensamiento de un autor para el que la vigencia y actualidad de esta devoción supone también toda una llamada de atención. Me refiero al siempre límpido pensamiento de Joseph Ratzinger, en esta ocasión, expresado en un breve libro titulado Miremos al traspasado. En primer lugar hay que citar un pasaje en el que nos ofrece, con su habitual claridad, el contexto teológico en el que habría que situar la vigencia de esta espiritualidad: “El tema del Dios sufriente se ha convertido en nuestros días casi en un tema de moda, alejándose – no sin razón – de una teología unilateralmente racional y de un empequeñecimiento de la figura de Jesús como de la representación de Dios, en el que el amor de Dios degenera en la futilidad de un Dios bueno, demasiado bueno. En ese horizonte, el cristianismo es disminuido a una fuerza filantrópica de mejoramiento del mundo y la eucaristía a una cena fraterna. Pero la temática del Dios sufriente solo permanecer sana si está anclada en el amor a Dios y en la donación orante a su amor. […] las pasiones de Jesús – que se concentran y se representan en el corazón – son la justificación y fundación de que en la relación del hombre con Dios también se han de incluir el corazón, es decir, la capacidad de sentir, la emoción del amor”. 

En segundo lugar, conviene considerar cómo su insistencia en esta espiritualidad se convierte en el mejor de los antídotos frente a una “moral estoica de la apatía”, frente a una “racionalidad técnica que remueve lo emocional del hombre hacia lo irracional y así remite el cuerpo a lo puramente instrumental” o también frente al pretendido intento de proscribir “lo emocional en la piedad” a veces favorecido por una mera promoción de “lo emocional que en muchos aspectos permaneció desordenado y carente de compromiso”.

En resumidas cuentas, para el teólogo bávaro, a la sazón Papa teólogo, “la revolución del Corazón abierto es el contenido mismo del misterio pascual. El corazón salva, sí, pero salva en cuanto se dona, se derrocha. Así, en el Corazón de Jesús no es dado el centro del cristianismo. En Él todo ha sido dicho, la novedad verdadera y realmente revolucionaria que sucede en el Nuevo Testamento. Ese corazón llama, habla a nuestro corazón. Nos invita a salir del intento vano de autoconservación y a encontrar la plenitud del amor en el amar junto con Él, en el donar-nos a Él y con Él, pues únicamente la plenitud del amor es eternidad y conservación del mundo”. 

Luego la vigencia de una espiritualidad como la del Corazón de Cristo no puede tener otro fundamento que el de propiciar una “piedad del corazón, porque el corazón es el fundamento comprensivo de los sentidos, el lugar del encuentro y de la interpenetración de los sentidos y el espíritu, que en él se hacen una sola cosa”. Una piedad como la apuntada por “el sentido de la divisa del Cardenal Newman: Cor ad cor loquitur”. 

¿Realmente puede pasar esto de moda? Feliz día del Corazón de Jesús. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here