Bücher-Ratz

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Adolfo Ariza, sacerdote director del ISCCRR Beata Victoria Díez de Córdoba. / Foto: Diócesis de Córdoba

Bücher-Ratz no es sino el juego de palabras entre Bücherrate, “rata de biblioteca”, y el “Ratzinger de los libros” con el que sus compañeros seminaristas denominaban al joven seminarista Joseph Ratzinger. Si bien la cuestión de los “motes” siempre va a ser una constante en su vida: sus alumnos en Tubinga lo llamarán “Goldmund” (boca de oro) por su elocuencia o “Mozart de la Teología”; otros – fruto más bien de la ignorancia hacia su persona – no serán tan benévolos: “Panzerkardinal” o “Rottweiler de Dios”.

Sin tener porque ser “un notable influenciado por el romanticismo alemán”, se suele decir algo tan recurrente como “Mi patria es la infancia”. Ahora bien, ¿sería acertado decir “Mi patria son los libros”? En nuestro querido Bücher-Ratz, a la sazón Benedicto XVI, se podría responder afirmativamente. De ahí que un repaso a sus lecturas pueda constituir un viaje a lo más granado de la literatura, la filosofía y la teología del siglo pasado; además de un elemental examen de conciencias en materia de “lecturas provechosas” para el cristiano de a pie.

Tal y como narra en su autobiografía, Mi vida, ya desde temprana edad: “Me entusiasmaban los clásicos griegos y latinos; también me habían empezado a gustar las matemáticas. Descubrí sobre todo la literatura. […] Leía a Goethe con furor, Schiller me parecía demasiado moralista y me gustaban especialmente los escritores del siglo XIX”. Precisamente, en audiencia con los seminaristas en Roma el 17 de febrero de 2007, les recordaba: “Estaban los grandes franceses: Claudel, Mauriac, Bernanos, pero también la literatura alemana; teníamos una edición alemana de Manzoni […] Así, en cierto sentido, también formábamos nuestro horizonte humano”. Lee también las novelas Bartolomé de las Casas y Carlos V y el drama El gran rechazo (sobre la renuncia del papa Celestino V), ambas de Reinhold Schneider, así como El lobo estepario y El juego de los abalorios de Herman Hesse, donde veía resumidos los problemas vividos en los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Con la filosofía siempre mantendrá un vínculo especial. Así, joven seminarista, lee al filósofo judío Martin Buber (1878-1965) de quien admiraba su filosofía inspirada en la Biblia y en las antiguas historias judías. Reconoce que en esos años leer El giro radical del pensamiento del filósofo de corte existencialista, Theodor Steinbüchel (1888-1949), le ayuda a introducirse en la filosofía moderna y cree percibir en este autor una vuelta al pensamiento metafísico abierto a la trascendencia.

Ya “consagrado profesor”, en Münster, entabla amistad con el filósofo Josef Pieper (1904-1997). En una carta de 2009 llega a decir: “Los libros de Josef Pieper sobre las virtudes cardinales fueron mis primeras lecturas filosóficas, cuando empecé mis estudios en 1946. Despertaron en mí el gusto por el pensamiento filosófico, la alegría de una búsqueda racional sobre las grandes preguntas de nuestra vida. También he aprendido que los grandes pensadores de tiempos pasados son contemporáneos a la verdad y que su filosofía no se pasa de moda, cuando son honrados y humildes en el camino hacia la verdad. Desde entonces no he dejado de leer ningún libro y he quedado siempre confortado y animado con estas lecturas”. Curiosamente será Pieper quien propicie el primer encuentro en Roma entre Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia y Joseph Ratzinger, recién elegido arzobispo de Múnich. Con el arzobispo de Cracovia se intercambia libros ya desde 1974. Notable trascendencia adquirirá también su amistad con el filósofo Jürgen Habermas de la que surgirá el famoso debate entre ambos en Múnich en enero de 2004.

Su mentor en los años de seminario, el profesor Alfred Läpple, fue quien le introdujo en un autor tan querido para él como es John Henry Newman o le dio a leer el primer libro del teólogo francés Henri de Lubac. En esta formación en el seminario de Múnich se encontrará con la teología litúrgica de Odo Casel. Allí creció su pasión por la historia y la patrística, su encuentro primero con san Agustín y luego con la teología medieval de santo Tomás y san Buenaventura. Además, allí pudo asistir – entre otras – a la representación de El zapato de raso de Paul Claudel o al Sueño de una noche de verano de Shakespeare.

El ratón de biblioteca no cesa en ningún momento de ejercitarse en un genuino espíritu crítico: “Si miro a los grandes y fieles maestros, de Möhler a Newman y Scheeben, de Rosmini a Gaurdini, o en nuestro tiempo De Lubac, Congar, Balthasar, ¡cuánto más ricas y actuales son sus palabras respecto a la de aquellos en los que ha desaparecido el sujeto comunitario de la Iglesia!”. Así admirará los tratados teológicos de Erik Peterson (1890-1960) de los que ensalzará su rigor histórico y su preocupación por desarrollar una teología que no quede anclada en el pasado o del teólogo suizo Von Balthasar, ya como Benedicto XVI, subrayará cómo “veía la lógica de la revelación de Dios: Dios se hace hombre para que el hombre pueda vivir la comunión de vida con Dios. En Cristo se ofrece la verdad última y definitiva a la pregunta por el sentido que cada uno se plantea”.

Moraleja Ratzingeriana: “Hemos alcanzado la meta más importante si hemos llegado lo más cerca posible de la verdad. Esta no es nunca aburrida, ni uniforme, porque nuestro espíritu la contempla en sus parciales refracciones. Sin embargo, esta es al mismo tiempo la fuerza que nos une” (J. Ratzinger, Natura e compito della teología, 87).

Para más señas: Pablo Blanco, Benedicto XVI. La Biografía (Madrid 2019).

Lector inquirat.

 

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