El Rey de los toreros

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El próximo sábado 16 de mayo se cumplen cien años de la trágica muerte de Joselito el Gallo, el Rey de los Toreros, en la Plaza de Talavera de la Reina. El que suscribe difícilmente puede hablar de él más que por el testimonio oral o escrito de otros y por alguna “añeja imagen”. Sin embargo, es la reflexión de un poeta, como José Bergamín en El arte del Birlibirloque, la que de una forma más certera puede ayudar a tomar conciencia al mundo taurino de la trascendencia de la efeméride. No en vano, como llega a afirmar, “el fantasma luminoso de Joselito (antes que Nietzsche y que Pascal) relampagueo de clara inteligencia juvenil mi adolescencia oscura” 

Hablar de Joselito el Gallo es un imposible sin hablar de Juan: “los de José y los de Juan”. La rivalidad entre el Gallo y Belmonte es elevada por Bergamín casi a la categoría de filosofía moral. De ahí, que Bergamín ponga en contraste por un lado: “Las virtudes afirmativas del arte de Birlibirloque de torear, son: ligereza, agilidad, destreza, rapidez, facilidad, flexibilidad y gracia. Virtudes clásicas: Joselito”. Y por otro: “Contra estas siete virtudes hay, en efecto, siete vicios correspondientes: pesadez, torpeza, esfuerzo, lentitud, dificultad, rigidez y desgarbo. Vicios castizos: Belmonte castizo hasta el esperpentismo más atroz y fenomenal”.

Lo curioso del trasunto es que si Bergamín llega a afirmar: “Joselito toreaba, clásicamente, para el universo: por el gusto de torear. Belmonte ha toreado, castizamente, para el público; y a disgusto: pour l’Espagne et pour le Maroc”. En un encuentro entre el poeta y Belmonte, este le llegue a decir: “Don José, he leído su libro…To… to… totalmente de acuerdo”. Así Belmonte felicitó a Bergamín aquel día en que este creyó que el Pasmo de Triana le formaría un escándalo, no por la manifiesta devoción del poeta por Joselito el Gallo, sino por el antibelmontismo que hay en sus páginas. Realmente no sobraban motivos: “El predominio de la línea curva y la rapidez son valores vivos de todo arte (Joselito). El de la lentitud (morosidad) y la línea recta, son valores muertos invertidos (Belmonte)”. Bergamín filosofa para fundamentar su opción: “La línea curva compromete al dibujante, obligándole a ser expresivo; es decir, a pensar, a ser dibujante, a tener estilo. Y es o no es: no hay trampa posible. El mal dibujante, por el contrario (mal pensador, mal artista, mal torero), se defiende con líneas rectas tangenciales: se sale por ellas engañosamente, no se atreve a comprometerse, y hace trampas morales, trampas con rectitud; la trampa siempre tiene mérito”. 

Bergamín, a través de la figura del Rey de los Toreros, formular su teoría de cómo distinguir entre “públicos y públicos” por medio de una crítica desgarrada: “Lo que entusiasma a los públicos, en un arte cualquiera, es tener la impresión de un esfuerzo en quien lo ejecuta, la sensación constante de su visible dificultad: esto les garantiza la seguridad de que pueden aplaudir justamente, premiando el mérito. Pero al espectador inteligente lo que le importa es lo contrario: las dotes naturales extraordinarias, la facilidad, que es estética y no moral; ver realizar lo más difícil como si no lo fuera, diestramente, con gracia, sin esfuerzo, con naturalidad. Es esta, en todo arte, la supremacía verdadera: vital. Hay que invertir todos los valores para poder afirmar lo contrario. (Es el caso de Belmonte en el toreo; de Zuloaga en la pintura; de Valle-Inclán o Pérez de Ayala en la novela; de Ortega y Gasset en la oratoria, etc…: casticismo característico español)”.

Volviendo ya a la fatídica tarde de Talavera, lo que de hecho interpreta el poeta es un Joselito que “fue un Luzbel adolescente, caído por orgullo de su luminosa inteligencia viva”. “Joselito, extraordinariamente dotado, extremó las virtudes afirmativas de su arte hasta el virtuosismo. ¿Tan malo es pasarse como no llegar? Nunca tan malo. En Joselito el arte de Birlibirloque se extremaba tanto que llegaba a parecer, a veces, casi exclusivamente, prestidigitación. ¡Oh maravilla! Visteis al escamoteador, escamoteado, al fin por la muerte”. Como diría el crítico taurino Federico Alcázar en ABC, el 15 de agosto de 1934: “El torero muere en la casa, no en la plaza. Porque, al morir en la plaza, vive vida perdurable en el corazón de la afición”.

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