Apunte para la Memoria Histórica

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Sin más afán que facilitar el trabajo del “atribulado e imparcial historiador de la Memoria Histórica”, quisiera compartir con él un hallazgo – creo que útil – que he hecho en estos días de confinamiento. Sumariamente, los hechos narrados y contrastados son los siguientes: La revista dirigida por José Bergamín – Cruz y Raya – reprodujo en su segundo número (15 de mayo de 1933) un fragmento de la novela de G. K. Chesterton La esfera y la cruz (1910). El argumento de la novela no puede ser más disparatado: un católico y un ateo buscan un lugar para batirse en duelo, después de que el ateo insultara a la Virgen. Ambos serán perseguidos por la policía, lo que les unirá en una profunda amistad.

Lo curioso del asunto y lo que lo hace digno de engrosar los contenidos de nuestra pretendida y meditada “Memoria Histórica” viene dado por los siguientes datos:

Primero. Para sorpresa del perspicaz e imparcial historiador, la novela fue traducida en 1930 por el “ateo” Manuel Azaña, el mismo que sentenciaría un año más tarde que España había dejado de ser católica.

Segundo. ¿Es oportuno que el perspicaz e imparcial historiador se pregunte sobre una hipotética adhesión de D. Manuel Azaña a la filas de la Santa Madre Iglesia en el final de sus días? En su exilio en la ciudad francesa de Montauban, le visitó en varias ocasiones Pierre Marie Théas, obispo de Montauban, cuya intervención favoreció la conmutación de la pena de muerte de Cipriano Rivas, escenógrafo y cuñado político de Azaña. A favor de esta “hipotética” y “supuesta” conversión se sitúan los testimonios del obispo Théas (quien le habría administrado la Penitencia y la Extremaunción), así como la viuda de Azaña – Lola Rivas Cherif – el Dr. Acosta y Ricardo Grasset, que atendían en esos momentos a Azaña. 

Tercero. Bergamín acompañará el texto reproducido en Cruz y Raya con el irónico título de “El Traductor traicionado”. Ahora juzgue el historiador mismo: El numero de Cruz y Raya, fechado el 15 de mayo de 1933, coincidía con el tramo final de la aprobación de la Ley de Congregaciones Religiosas por parte del gobierno de Azaña, que interpretaba en sentido restrictivo para la Iglesia los principios de la Constitución de 1931.

Cuarto. ¿De qué fragmento se trata? El fragmento en cuestión es conocido como la Parábola del racionalista. Buscando la objetividad y la imparcialidad se reproduce ahora íntegramente:

“-Un vez conocí un hombre como usted, Lucifer – dijo articulando con monotonía desesperante -. Opinaba también…

-¡¡No existe otro hombre como yo!! – gritó Lucifer con tal violencia que estremeció la nave.

-Como iba diciendo – continuó Miguel -, ese hombre opinaba también que el símbolo del cristianismo era un símbolo de barbarie y de sinrazón. Su historia es un tanto divertida. Viene a ser también una alegoría perfecta de lo que le ocurre a los racionalistas como usted. Comenzó, por supuesto, negándose a tolerar un crucifijo en su casa, ni siquiera pintado, ni pendiente del cuello de su mujer. Decía, igual que usted, que era una forma arbitraria y fantástica, una monstruosidad, amada por ser paradójica. Después fue haciéndose cada vez más violento y excéntrico., quería derribar las cruces de los caminos, porque vivía en un país católico romano. Finalmente, en un acceso de furor trepó al campanario de la iglesia parroquial y arrancó la cruz, blandiéndola en el aire, y profiriendo atroces soliloquios, allá en lo alto, bajo la estrellas. Una tarde, todavía en verano, cuando se encaminaba a su casa por un caminito vallado, el demonio de su locura vino sobre él con esa violencia y demudación tan fuertes que trastruecan el mundo. Se había detenido un momento, fumando, delante de una empalizada interminable, cuando sus ojos se abrieron. Ninguna luz brillaba, no se movía una hoja, pero él vio, como en una mutación súbita del contorno, que la empalizada era un ejército innumerable de cruces ligadas unas a otras, de la colina al valle. Enarboló el garrote y se fue contra ellas, como contra un ejército. Y milla tras milla, en todo el camino hasta su casa, fue rompiéndolas y derribándolas. Porque aborrecía la cruz y cada empalizada era una pared de cruces. Cuando llegó a su casa estaba completamente loco. Se dejó caer en una silla, y luego se alzó de ella porque los travesaños del maderamen repetían la imagen, insufrible. Se arrojó en una cama, lo que sirvió para recordarle que la cama, igual que todas las cosas labradas por el hombre, correspondía al diseño maldito. Rompió los muebles, porque estaban hechos de cruces. Pegó fuego a la casa, porque estaba hecha de cruces. En el río lo encontraron.

Lucifer le miraba mordiéndose un labio. 

-¿Es verdad esa historia? – preguntó. 

-¡Oh, no! – dijo Miguel vivamente -. Es una parábola. Es la parábola de todos los racionalistas como usted. Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable. Les dejamos a ustedes diciendo que nadie debe ir a la iglesia contra su voluntad. Cuando les encontremos de nuevo estarán ustedes diciendo que nadie tiene la menor voluntad de ir a ella. Les dejamos a ustedes diciendo que no existe el lugar llamado Edén. Les encontramos diciendo que no existe el lugar llamado Irlanda. Parten ustedes odiando lo racional y llegan a odiarlo todo, porque todo es irracional, y…”.

Quinto. Juzgue ahora el perspicaz y ecuánime historiador. 

Sexto. Para Chesterton, si en lugar de ser la cruz la que corona la esfera, es esta – el mundo – la que quiere situarse por encima de la cruz, cae irremediablemente.

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