El Adoro te devote de Mounier

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En el caso de este nuevo Adoro te devote, su semitonado ya no canta a la presencia del verdadero Cuerpo de Cristo en la Eucaristía en el latín del Aquinate sino en el francés de otro gran filósofo, Emmanuel Mounier (1905-1950), padre del movimiento filosófico conocido como Personalismo. Su letra ya no va por los derroteros de la métrica medieval sino por los de la prosa sencilla y directa de la literatura que pueda surgir en unas cartas – algunas escritas en pleno frente durante la II Guerra Mundial – a su esposa Paulette. Y el motivo por el prorrumpe en este canto no viene dado por el incienso o la luz de las velas sino por unas circunstancias más “terrenas” pero no por ello menos inspiradas por una presencia verdadera y real de Jesucristo. 

Si para el filósofo “nada se parece más a Cristo que la inocencia sufriente” (16 de abril de 1940), es un hecho que su aseveración no tiene su origen en el puro ingenio especulativo sino en la experiencia que él y su mujer van a vivir cuando, por fin, tienen 

una deseadísima hija, pero esta, al poco tiempo de nacer, contrae la meningitis y durante varias semanas se debate entre la vida y la muerte. A lo que hay que añadir el hecho de que si sobrevive podría quedar deficiente para el resto de su vida. La niña, Françoise, sobrevive por algún tiempo.

De ahí que para Mounier y su esposa la presencia de Cristo y su aparejado canto de adoración y alabanza se revista bajo la forma de una “carita pobre y oscurecida”, de una “herida en nuestro costado que durará años y años”. El adoro te devote de Mounier es el canto de fe de un padre, puede que sumamente desconcertado, que busca un sentido: “Qué sentido tendría todo esto si nuestra muchachita no fuera más que un pedazo de carne enferma, un poco de vida accidentada y no esta blanca hostia que nos sobrepasa a todos, una infinitud de misterio y amor que nos deslumbraría si lo viéramos cara a cara”.

Es verdadero canto, también y entre otras cosas, porque hace resonar suave melodía en los oídos del que canta: “Oyes la pobre vocecita suplicante de todos los niños mártires del mundo y el pesar por haber perdido la infancia en el corazón de millones de hombres que nos piden como un pobre a la vera del camino: ‘Decidnos, vosotros que tenéis amor y las manos llenas de luz, vosotros queréis darnos todo esto’”. Y también es verdadero canto porque su melodía se convierte en incesante: “De la mañana a la tarde, no pensemos en este mal como algo que se nos quita, sino como algo que damos, para no desmerecer a este pequeño Cristo que está en medio de nosotros, para no dejarle solo en el trabajo con Cristo. No quiero que perdamos estos días porque olvidaremos tomarlos por lo que son: días llenos de una gracia desconocida” (20 de marzo de 1940). 

La melodía genera en el alma el poso propio de la quietud y la paz: “Siento igual que tú un gran cansancio y a la vez una gran calma, siento que lo real, lo positivo, es la calma, el amor de nuestra pequeña hija que se transforma dulcemente en ofrenda, en una ternura que la desborda, que sale de ella, vuelve a ella y nos transforma con ella, y siento que el cansancio se debe solamente a que el cuerpo es muy frágil para esta luz y para todo lo que había en nosotros de habitual, de posesivo, con nuestra niña que se consume dulcemente por un amor más hermoso” (11 de abril de 1940).

Pero, también, junto con la paz y la quietud el peso propio de una mano dulce y amiga sobre el hombro: “Y la misma mano se pone sobre nuestro hombro, nos muestra toda la desgracia humana, todos los desgarros de los hombres, los que odian, los que matan, los que hacen visajes, y después nos muestra esta niña totalmente llena de nuestras futuras esperanzas. Y esta mano no nos dice si nos la tomará o si nos la devolverá, pero, al dejarnos en la incertidumbre, nos dice: ‘Dádmela por ellos’. Y dulcemente, juntos, corazón con corazón, sin saber si Él la guardará o nos la devolverá, nos preparamos para dársela. Porque nuestras pobres manos débiles y pecadoras no son capaces de tenerla y porque solo si la ponemos en sus manos tendremos alguna esperanza de encontrarla de nuevo: de cualquier modo, estamos seguros de que lo que suceda a partir de ahora será bueno” (12 de abril de 1940).

La apoteosis de este canto se hace pentagrama en el cuaderno de notas de la guerra de Mounier al que da el título: “Presencia de Françoise. Historia de nuestra pequeña Françoise, que parece deslizarse por día sin historia”. Allí prorrumpe a coro: “El primer aprendizaje fue superar la psicología de la desgracia. Este milagro que se rompió un día, esta promesa sobre la que se cerró la ligera puerta de una sonrisa truncada, de una mirada distraída y de una mano sin proyectos, no, no es posible que sea un azar, un accidente. ‘Le ha sobrevenido una gran desgracia’. Pero no era una desgracia: alguien muy grande nos ha visitado. No nos hemos dado sermones. No había más que guardar silencio ante este nuevo misterio que poco a poco nos ha impregnado de su alegría. Muchas veces he tenido la sensación, cuando me acercaba a la cuna, de acercarme a un altar, a algún lugar sagrado donde Dios hablaba por medio de un signo. Me invadía una tristeza penetrante y profunda, pero a la vez ligera y transfigurada. Y en torno a ella, no tengo otra palabra, me he postrado en adoración. Con toda seguridad, nunca he conocido de forma tan intensa el estado de plegaria como cuando mi mano le hablaba a esa frente que no respondía nada, cuando mis ojos han osado dirigirse hacia esta mirada ausente, que llevaba lejos, lejos por detrás de mí, no sé qué acto emparentado con la mirada, un acto que veía mejor que la mirada. […] Durante mucho tiempo hemos preferido la muerte de Françoise a que permaneciera tal y como estaba. ¿No es esto sentimentalismo burgués? ¿Qué quiere decir para ella ‘ser infeliz’? ¿Quién sabe si no se nos ha pedido que guardemos y adoremos una hostia entre nosotros, sin olvidar la presencia divina bajo una pobre materia ciega? Mi pequeña Françoise, tú eres para mí la imagen de la fe”.

Post data: Para más señas ver la obra, recientemente editada, de Luigi Giussani, Mis lecturas (Madrid 2020). Lectura altamente recomendable. 

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