Imaginario papal

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El pasado Miércoles Santo veía la luz una entrevista del escritor y periodista británico Austen Ivereigh al Papa Francisco. Según el periodista se encontró en esta charla con “el Papa Francisco más reflexivo y perspicaz […] citando a Virgilio, Dostoievski y Manzoni, el Papa reflexiona profundamente sobre el proceso de conversión que ve como una oportunidad en medio de la crisis del coronavirus”. Sin ánimo de hacer desmedidas conjeturas por las que situásemos al Papa en un diván e hiciésemos del  entrevistador un psicoanalista freudiano, se podría decir que a través de la entrevista uno puede adentrarse, de algún modo, en la imaginación del Pontífice. 

Una imaginación que, en medio de lo que él denomina como una “cultura del descarte”, nota la llegada de “la hora de descender al subsuelo” al evocar un relato de Dostoievski, Memorias de la casa muerta, en el que los guardias de un hospital carcelario trataban a los presos pobres como cosas. Y viendo cómo trataban a uno que acababa de morir, otro de los presos les dijo: “¡Basta! ¡Ese hombre también tenía madre!”. En la imaginación de Francisco la invitación es apremiante: “Decirnos muchas veces: ese pobre tuvo una madre que lo crió con amor. Después, en la vida no sabemos lo que pasó. Pero pensar en ese amor que recibió, en la ilusión de una madre, ayuda”.

Una imaginación que no cesa de contemplar a “los santos de la puerta de al lado en este momento difícil” y sobre la que, repentinamente, vuelve “una frase que decía el sastre, […] una de las personas más simples pero coherentes de I promessi Sposi (Los novios) de Alessandro Manzoni: ‘Non ho mai trovato que il Signore abbia cominciato un miracolo senza finirlo bene’ [“No he visto nunca que Dios comience un milagro y no lo termine bien”]. Para el Papa, “si reconocemos este milagro de los santos de al lado, de estos hombres y mujeres héroes, si sabemos seguir estas huellas, este milagro terminará bien, para bien de todos”. Puesto que “Dios no deja las cosas a mitad de camino”. “Somos nosotros los que las dejamos y nos vamos”. 

Una imaginación que relee la profecía de Joel con verdadera perspectiva: “[…] yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñaran sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” (Joel 3, 1). Así, en este imaginario pontificio, “los ancianos siguen siendo raíces” y “el joven es brote, follaje, pero necesita la raíz; si no, no puede dar fruto”. La enseñanza es nítida: “Yo les diría a los ancianos de hoy: ‘Sé que sienten la muerte cerca y tiene miedo, pero miren para otro lado, recuerden a los nietos, y no dejen de soñar’. Es lo que Dios les pide: soñar (Joel 3, 1). ¿Qué les digo a los jóvenes? Anímense a mirar más adelante y sean profetas. Que el sueña de los ancianos corresponda a la profecía de ustedes. También Joel 3, 1”. 

Ya finalmente, una imaginación que, con los versos de Virgilio, repite Meminisse iuvavit, [Recuperar la memoria] y Cessi, et sublato montem genitore petivi [Cedí a la resistencia, y cargando a mi papá a la espalda, subir al monte] (La traducción es del mismo Francisco), cuando Eneas, derrotado en Troya, había perdido todo y le quedaban dos caminos: o bien quedarse allí a llorar y terminar su vida, o aquello que tenía en el corazón de ir más adelante, subir al monte para salir de la guerra. En una palabra: “Tomar las raíces de nuestras tradiciones y subir al monte”.

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