Cura en iglesia vacía

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La experiencia, como muchas de las que estamos viviendo en estos días, es ciertamente novedosa; al menos para el abajo firmante.  El envite no está exento de complejidad y de ciertas posibilidades de fracaso. Puesto que, y son palabras del Papa Pablo VI a su amigo el filósofo Jean Guitton, “el sacerdote no es este hombre aislado y tímido que los novelistas y los cineastas nos dan”. O, al menos, no debe serlo. Contrariamente a lo que se pueda pensar, el sacerdote –el cura– es un “extranjero, que del mundo y de los hombres tiene una experiencia personal, formada por el sufrimiento y el misticismo entretejidos, y destinado a no conseguir el éxito, en el terreno práctico, debido a la sordera del mundo que le rodea” (Siguen siendo palabras de Pablo VI).

Ver la iglesia vacía o hacer sonar las campanas para que no venga nadie, puede ser la ocasión de poder escuchar “otras campanas”. A saber – entre otros ejemplos -: Una de las actividades en la que el sacerdote corre el peligro de parecerse a un conferenciante es la predicación. La verdadera predicación tiene mucho de una “relación entre dos” que favorece un anuncio que es también curación y una palabra que hace bien y que no solo habla del bien. Y eso es algo que no consiste en un simple bienestar emocional para quienes la escuchan. Luego, ¿en qué consiste la eficacia de esta predicación? Consiste en que los que escuchan se sientan real y subjetivamente interpelados, acaso incluso desafiados, por lo que acaban de escuchar. En una palabra, hacer gustar la verdad de la Palabra de Dios. Y es aquí donde brilla la compasión como la forma más alta de conocimiento del otro, porque va a lo esencial de él, tocando su mundo interior.

Como sacerdote puede ocurrir, en el 99’9 % de los casos, que no conozcas a la gran mayoría de tus parroquianos. Y sin embargo, precisamente en la escena donde se recrea la multiplicación de los panes, Jesús no hace previamente el milagro de llamar a los presentes de uno en uno, desgranando sus nombres y apellidos de memoria. La clave está aquí: “Cuando Jesús terminó este discurso, la gente se quedó admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como sus maestros de la ley” (Mt 7, 28). Jesús tiene autoridad ante todo porque escucha a la gente, por su modo de escucha empática, es decir, penetrando y sintonizando con su interioridad. Jesús muestra que siempre toma en serio aquello que atormenta los corazones de los hombres. El no minimiza ni ridiculiza nada de aquello que es profundamente humano. De aquí que la compasión lleva a conocer la historia. No se puede sentir con alguien, no es posible sentir su sentir, sin reconocerse inmediatamente desafiado a pisar la misma tierra que el otro pisa. Es fundamental, por tanto, que la Palabra tenga que ver con la historia (Parábolas). No en vano, la Palabra misma es historia. Y como tal tiene que ser oída y gustada. 

Volviendo al magisterio del Papa Pablo VI se podría decir que “no se trata de que el sacerdote viva experiencias, en el sentido que la ciencia da a esta última palabra. El poeta no vive experiencias, en este sentido, pero el don de la poesía le permite sentir con los hombres, captar la esencia de la experiencia sin vivirla realmente. Pensemos en el Dante, por ejemplo. El sacerdote es el poeta más completo, ya que no sólo tiene la vocación de sentir con los demás, sino de sufrir con ellos. Su castidad significa que no quiere especializarse en una vocación, en una situación particular, con la finalidad de poder asumir cuanto hay de humano, radiante y doloroso, en todas las situaciones y todos los estados del hombre”.

Estos días he podido leer el consejo de San Francisco de Sales a un amigo suyo jesuita: -“Queridísimo amigo, la mayor tentación que el demonio pone en tu corazón es hacerte creer que serías más útil en cualquier otra parte del mundo en lugar de donde estás o que sería más importante hacer cualquier otra cosa en lugar de lo que estás haciendo”. Creo que es un hecho bastante evidente el que pueda surgir con facilidad esa duda. Dicho con otras palabras: ¿Qué utilidad tiene mi ministerio en estas circunstancias? Y el mismo autor del Principito disipa la duda: “Sólo hay un problema en el mundo. ¿Cómo se puede volver a proporcionar a la humanidad un sentido espiritual, una inquietud espiritual; cómo dejar caer sobre ella el rocío de algo semejante al canto gregoriano? Comprenda usted que no se puede vivir ya de frigoríficos, de política, de balances y crucigramas. Ya no se puede” (Carta de Antoine de Saint-Exupéry a un general).

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