La arcadia de la espiritualidad cofrade


El siempre chestertoniano y sin parangón Padre Brown (Father Brown) – esa “figurita deforme que manejaba el paraguas y el sombrero como si trajese un fardo” y que “era la encarnación de la misma vulgaridad y desamparo” – advertía, muy seriamente, a un picapleitos que le afeaba en su conducta por razón de su inocencia y credulidad: -“[…] Los verdaderos místicos no esconden los misterios, sino que los aclaran. Sacan las cosas a relucir y aun después siguen siendo un misterio, pero los mistagogos lo esconden en las mayores tinieblas y, una vez lo descubrís, resulta la cosa más simple del mundo”.

Pues bien, recientemente, he leído la obra de Daniel Cuesta Gómez, SJ, La procesión va por dentro. En busca de una espiritualidad cofrade (Bilbao 2020). La cuestión, ahora, sería dilucidar si este joven jesuita consigue aclarar el misterio y si, por ende, nos logra acercar a la consabida “arcadia” de la espiritualidad cofrade.

Nuestro autor, guiado por el más ignaciano de los discernimientos, muestra que en su búsqueda de la arcadia de la “espiritualidad cofrade” es movido por los principios propios de un hijo de san Ignacio, de entre los que cabría destacar la conciencia del hecho de que “no todos los sentimientos que se experimentan en el interior del alma terminan de encajar con la propuesta que Jesucristo nos hace en el Evangelio”. Por lo que sin dejarse ganar la partida por “insanos paños calientes” nos recuerda la falta que nos hace que el Señor “nos enseñe a construir unas cofradías que sepan conjugar de una manera seria el culto, la liturgia y las procesiones con una acción social y caritativa que atienda a los más necesitados de nuestra sociedad”.

Ya advertía el Padre Brown que “las alturas fueron hechas para ser admiradas desde abajo, no desde arriba”. Dicha apreciación la desarrolla nuestro autor cuando describe y reivindica a esas “personas que considerándose agnósticas […] al participar en las procesiones de Semana Santa conectan con Dios y, a su manera, hacen oración”. Para el joven jesuita hay una razón última de tamaño fenómeno: “Es como si el anonimato del capirote […] unido al caminar lento y silencioso de la procesión hiciera que estas personas bajasen sus defensas y dejasen que el Espíritu Santo actuase en sus vidas”.

Con el más grande animo y generosidad ignacianos, Father Brown felicitaría a nuestro autor por la forma en la que brilla en su texto la más genuina virtud de la humildad – no en vano para nuestro ser “ensotanado” y pegado a un paraguas “La humildad es la madre de los gigantes”. Humildad que derrocha, en primer lugar, al reconocer fracasos: “Pese a los esfuerzos pastorales de la Iglesia, los símbolo litúrgicos no siempre han sido claros e inteligibles para todo el pueblo”. En segundo lugar, derroche de humildad por reconocer obstinadas visiones equivocadas: “Quizá deberíamos dejar de mirar a las cofradías como […] el ente que debería solucionar el vacío de nuestras iglesias y seminarios”. Y en tercer y último lugar por hacernos ver al clero nuestra sesgada y “a conveniencia” capacidad de sintonía con el Magisterio del Papa: “Muchos sacerdotes, religiosos y cristianos de nuestro entorno pensaron que el documento de Aparecida (así como las intervenciones del papa Francisco) eran validos para el continente hispanoamericano y no para el europeo”. 

Seguramente, en la pretendida búsqueda de la citada arcadia, nos han sobrado y nos sobran filosofías y sesudas reflexiones. Seguramente ese filosofar sin norte nos ha hecho obviar y descuidar la atención a lo sencillo y tornarnos poco prácticos. De ahí la sabiduría que rezuma nuestra autor en su libro al hacernos caer en las cosas sencillas. Así, sin ánimo de teorizaciones absurdas nos conduce a redescubrir verdades que por evidentes seguramente han dejado de ser evidentes para nosotros: “Las cofradías, con sus prácticas visibles y arraigadas en el mundo de lo sensible y la emoción, pretenden ser una puerta de acceso hacia Dios para todas aquellas personas que se acerquen a ellas”. Así también nos ayuda a descubrir también el undécimo de los lugares teológicos de Melchor Cano, la cerveza. “Cerveza en mano se habla de lo divino y de lo humano, de la decisión que ha tomado esta u otra cofradía […] estos encuentros son muy importantes porque crean fraternidad”. O con no muy frecuente realismo denuncia: “En muchas hermandades nos sentimos orgullosos de todo el bien que se hace gracias a nuestra aportación económica, pero no acabamos de implicarnos en ello por medio de la aportación de nuestro tiempo”.

Si bien, de su sanísimo realismo, el que suscribe se quedaría especialmente con este pasaje: “En algunas casos estas ocasiones serán las únicas en las que algunos niños escuchen hablar de Jesucristo y del Evangelio, en otros, conformarán un complemento de la catequesis de la parroquia y las clases de religión. Pero, sea como sea, lo cierto es que mientras el paso va caminando por las calles, de alguna manera va sembrando aquellas semillas que ‘salió el sembrador a sembrar’ (Mc 4, 1-9)”. 

También Daniel Cuesta ha sabido poner el dedo en la llaga en lo que bien podría denominarse como “historia reciente, contemporánea y postVactianano II” de muchos de nuestros templos parroquiales. Cito literalmente: “Pese a su disonancia con el conjunto, uno se da cuenta enseguida de que las citadas imágenes tiene un papel importante en la vida de la parroquia, puesto que reciben las muestras de afecto y devoción de muchos fieles que se acercan a ellas. Por tanto, parece que el deseo de eliminación o abstracción de las imágenes de algunos no dio el resultado esperado, al menos en una porción del Pueblo de Dios que ha encontrado la manera de volver a introducir las imágenes en los templos modernos”. 

Finalmente solo restaría subrayar lo brillante de la mistagogia que sobre la oración ofrece o los pasajes que dedica a la, por él denominada, oración de la mirada.

Lector inquirat

 

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