Don Gius


En estos días se cumple el decimoquinto aniversario del fallecimiento de Luigi Giussani – Don Gius -, fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación. Don Gius es una figura aún no muy conocida para la Iglesia española y sin embargo, en su persona y en su legado, podrían reseñarse algunos aspectos cruciales para la Iglesia y el cristiano de este siglo XXI. Luego, ¿qué subrayar de su legado para “el cristiano de a pie” y “no iniciado” en su enseñanza?

Una mirada de fe a la vida de la Iglesia nos puede llevar a constatar cómo el diálogo interreligioso y el desafío de las sectas, el ecumenismo y la nueva evangelización, la inserción de los nuevos movimientos y carismas en la Iglesia, la participación activa de los fieles en la liturgia y la catequesis para la Iniciación cristiana, el engarce entre exégesis y Tradición, el discernimiento de la vocación o de la teología de la conversión son algunos de los problemas o interrogantes que preocupan hoy a la Iglesia. Y sin embargo, todos y cada uno de estos retos están atravesados en su misma entraña por una cuestión mucho más radical: la cuestión de la experiencia cristiana de Dios. En una palabra, ¿se puede llegar a tener experiencia de Dios?

En este sentido, Don Gius, haciéndose eco de lo más genuino de la teología del siglo XX, nos ayuda a comprender que nuestra fe no se dirige a unos “principios”, a unos “valores” o, ni tan siquiera, a una “ideología” por muy iluminadora que nos pudiese parecer, sino a una Persona con la que uno puede encontrarse, de la que se puede tener experiencia real y concreta. Una glosa a este dato esencial en la enseñanza de Don Gius es el que, por ejemplo, nos brinda Benedicto XVI en la conclusión de su carta apostólica Ubicumque et Semper, en la que también – dicho sea de paso – se hace eco de una de las expresiones más redondas de su enseñanza como Sumo Pontífice: “Como afirmé en mi primer encíclica Deus caritas est: ‘No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva?’ (n. 1). De forma análoga, en la raíz de toda evangelización no hay un proyecto humano de expansión, sino el deseo de compartir el don inestimable que Dios ha querido darnos, haciéndonos partícipes de su propia vida”.

Así las cosas, para el hombre de hoy – y este es el verdadero camino de la Iglesia – es clave aprender a realizar un camino semejante al de los mismo discípulos. El Señor, como a los discípulos, nos da a entender cuál es su identidad de una manera implícita, a través de su modo de actuar. En este orden de las cosas es especialmente reveladora la enseñanza de R. Guardini de la que Don Gius se hace eco: “Esta revelación de la divinidad […] se produce en la existencia humana de Jesús, pero no por estallidos desmesurados o manifestaciones grandiosas, sino mediante un continuo y silencioso trascender los límites de la posibilidades humanas, en una magnitud y amplitud que al principio se percibe sólo como una naturalidad benéfica, como una libertad que parece natural; sencillamente como una humanidad sensible – expresadas en el maravilloso nombre del Hijo del Hombre que él mismo se atribuyó gustosamente – y que termina por mostrarse simplemente como un milagro […] un paso silencioso que trasciende los límites marcados a la posibilidades humanas, pero que es bastante más portentoso que la inmovilidad del sol o el temblor de la tierra”.

Otro dato esencial – serían muchísimas más las aportaciones de este sacerdote italiano – que se podría subrayar estriba en una de las cuestiones más intrincadas de la teología del siglo XX. Don Gius la afronta no de un modo especulativo y formal sino del único modo por el que merece la pena la teología: de una forma vital y experiencial. Se trata, en concreto, del no siempre muy bien comprendido problema de la relación sobrenatural y natural. Un asunto este que para muchos podría ser casi catalogable con la etiqueta de “discusión bizantina” pero que está presente y mucho más de lo que pudiera parecer. Para no perderme, y siguiendo a uno de los autores que parece influir en el pensamiento de Don Gius como es Hans Urs Von Balthasar, parto de una de sus más claras intuiciones: “Pudiera muy bien ocurrir que en los grandes literatos [véase por ejemplo la gran literatura francesa de la primera mitad del siglo XX: Bloy, Péguy, Claudel, Bernanos] hubiera más vida intelectual original y grande, y capaz de crecer al aire libre, que en nuestra teología actual, de aliento algo corto y que se contenta con hacer poco gasto”. Dicho lo cual, voy a dejar que sea el diario de un cura rural de Georges Bernanos, en su narración de las últimas palabras de vida de su moribundo protagonista, el que resuelva la ecuación: “Lamento mi debilidad ante el doctor Laville. Debería avergonzarme de no experimentar ningún remordimiento, pues, ¿qué idea se habrá forjado de un sacerdote aquel hombre tan resuelto y tan firme? ¡No importa! Todo ha terminado ya. La especie de desconfianza que tenía de mí, de mi persona, acaba de disiparse, creo que para siempre. La lucha ha terminado. No la comprendo ya. Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo el orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo […] ¡Qué más da! Todo es ya gracia”.

Concluyo. En 1996 el periodista alemán Peter Seewald hacia la siguiente pregunta al por entonces Cardenal Ratzinger: ¿Podrán darse otras formas de vida eclesial dentro de la Iglesia? Ratzinger respondía: “Yo cuento con ello. Todo cambio cultural produce nuevas formas de vida en la Iglesia y nuevas culturas de fe. Piense por ejemplo, en el románico, en el gótico, en el renacimiento, en el barroco y en el rococó, en la cultura de la Iglesia en el s. XIX, en las distintas formas de vida eclesial que desembocaron en los movimientos juveniles… en una Iglesia viva siempre se darán nuevas formas de expresión, estoy seguro de eso. Este movimiento está en pleno desarrollo. Siempre costará esfuerzo separar el grano de la cizaña, como dijo el Apóstol: ‘No extingáis el Espíritu… Examinad todo. Retened lo bueno’ (1 Tes 5, 19- 21)”. Vida y obra como la de Don Gius confirman la premonición.