Tres horas de contemplación


Ayer mismo tuvo el privilegio de poder ejercitarme en una de las más nobles ocupaciones en las que uno pueda emplearse: la contemplación. Pero una contemplación que vino de la mano del siempre controvertido cineasta norteamericano Terrence Malick (El árbol de la vida, To the wonder…) en su última película, Vida oculta, en la que narra “vida y milagros” del beato mártir Franz Jägerstätter. Precisamente este jueves pasado leía una crítica de la película en la que se la definía como “una catedral de cine” a este beato (Juan Orellana dixit).

Franz Jägerstätter era un campesino austriaco católico, que llevaba una vida familiar feliz, trabajando duramente el campo y cuidando del ganado. Era un hombre piadoso, muy enamorado de su mujer y de su tierra austriaca. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial es llamado a filas, pero un pequeño detalle va a poner su vida y la de su gente boca a bajo: cuando le piden que haga el juramento protocolario de lealtad al Führer, se niega. Para Franz, esa guerra es injusta y Hitler una especie de anticristo. Sabe que su negativa le puede acarrear la muerta a él y la desgracia a su amada familia. Tendrá que decidir.

A lo largo de estas tres contemplativas horas uno se adentra en una película llena de destalles, encuadres preciosos y minutos en los que el amor es su único aliado. El proceso interior del protagonista y de su mujer, la pureza de la fe, la noche oscura, la elocuencia y a la vez el silencio divinos llegan al espectador con una inusual transparencia gracias al estilo de Malik. Ahora bien, como no podía ser de otra manera, todo el argumento conduce al dilema, a la necesidad de optar que, como podía leer también en otra crítica de la película, se podría resumir en los siguientes términos: “¿La firma de una renuncia en un papel vale la vida que ya no querrás vivir?”.

Al que escribe, constantemente le surgía en su memoria un planteamiento leído ya en su día en el filósofo Josef Pieper, en su obra Virtudes fundamentales, que aquí dejo: “La situación es fácil de reconstruir, sea que pensemos en las madres de aquellos jóvenes cristianos en presencia del procónsul romano o en la esposa de un inocente perseguido por los tribunales populares de los regímenes actuales del terror. Naturalmente que estas madres o esposas no quieren perder sus seres amados. Claro que están aterradas al pensar lo que les puede suceder, y están deseando con todas las fuerzas de su corazón que suceda un milagro para que se vean liberados del apuro y vuelvan a su lado. Pero, ¿podrían estas mujeres, apoyándose en su amor, desear completamente en serio que la persona querida aproveche una ocasión que se presenta o alguien les ofrece para liberarse del peligro por medio de una traición o el deshonor?”.

Con respecto a los mártires de los primeros siglos se preguntaba John Henry Newman: “¿De dónde procede este espíritu tan estupendo que nos infunde temor, y aun ofende la critica fastidiosa de nuestros tiempos delicados?” (Gramática del asentimiento). Y añadía pocas más líneas adelante: “El que quiera, puede decir que esta conducta es locura o arte mágica. Pero que nadie haga mofa de nosotros y venga a decirnos que estos [mártires] obraban simplemente por el deseo de inmortalidad o por efecto de la organización eclesiástica”. En definitiva, y en expresión de Georges Bernanos: “El mundo solo se salvará por los hombres libres”.

Ya por último. Es una evidencia que tres horas de contemplación, tres horas de película pueden hacerse “muy largas”. Sin embargo no quisiera deja de hacerme eco de una más que atinada reflexión de un grande del cine como fue el ruso Andréi Tarkovski, en sus relativamente conocidos diarios y que llegaron al público con el título de Martirologio:

“Casi todos los que han intervenido preguntan por qué se les obliga a sufrir durante las tres horas que dura la película. Intentaré responder. Durante el s. XX se ha producido una especie de inflación emocional. Cuando leemos los periódicos la noticia de que en Indonesia han sido masacrados dos millones de personas produce la misma impresión que la noticia de que nuestro equipo de jockey ha ganado un partido. ¡La misma impresión! ¡No vemos la diferencia monstruosa entre esos dos sucesos! Realmente, los límites de la percepción se han igualado tanto que notamos las diferencias. Pero no quiero moralizar sobre esta cuestión. Tal vez no podríamos vivir sin esto. Sin embargo, hay artistas que hacen sentir la verdadera medida de las cosas. Toda su vida llevan esa carga, ¡y nosotros debemos estarles agradecidos por ello!”.