Un profeta del Brexit


Consumado ya el tan traído y tan llevado Brexit y la lluvia de análisis en torno a lo que implica esta “desconexión”, tal vez a uno no le quede otra que tirar de pretéritas lecturas y acudir al magisterio de un personaje tan profético y, en este asunto como en otros muchos, tan poliédrico como lo fue Sir Winston S. Churchill. Del “Affaire Unión Europea” ya reconocía en su momento que su conocimiento no era “libresco sino producto de una experiencia directa de muchos años en ellos inmerso”.

Churchill, como buen victoriano, educado en unos valores y una idea romántica de su país, en todo momento se hace eco del dilema europeo del Reino Unido. Vivió con intensidad el inicio del movimiento europeo, aunque como buen inglés siempre entendió que el lugar propio del Reino Unido era la Commonwealth y que por tanto la clave de la relación Reino Unido-Unión Europea sería resumible en su conocida expresión: “We are with Europe, but not of fit”.

Ahora bien, esta natural predisposición por su parte no le fue óbice para ejercer todo un profetismo de la grandeza del proyecto así como de las miserias que impedirían, y a día de hoy siguen impidiendo, su realización. Su profecía es todo un canto a una genuina, y bastante ausente en el mundo político, altura de miras: “No nos dejemos engañar por el señuelo de las políticas a corto plazo. La visión, el valor, la abnegación, la fe y el leal servicio deben animarnos. Y cuando la luz no ilumine claramente nuestro camino, no cedamos al desánimo, pues estoy seguro – como lo estaba en 1940 – que resueltos y perseverantes sortearemos cualquier obstáculo que se nos ponga delante” (Discurso en Metz). 

Haciéndose eco en uno de sus discursos del escritor inglés Sewell esboza con precisión los principales trazos del alma europea: “La demarcación real entre Europa y Asia no es una cadena montañosa, ni una frontera natural, sino un sistema de creencias e ideas que podemos denominar Civilización Occidental. ‘En la rica trama de esta cultura’, dice el Señor Sewell, ‘hay muchas fibras; la creencia hebrea en Dios; el mensaje cristiano de la compasión y la redención; el amor griego a la verdad, a la belleza y al bien; el genio romano para el derecho. Europa es una concepción espiritual. Morirá si los hombres no la mantienen en su mente y no la sienten en su corazón” (Mitin en Londres). Y en otro discurso añade: “[…] amor a la libertad; hostilidad hacia todo tipo de totalitarismo; la humilde y concienzuda búsqueda de la verdad; el respeto a la personalidad humana y el individuo como tal. Estos valores morales, basados igualmente en la fe y la caridad cristianas y en el espíritu crítico del racionalismo, constituyen el mensaje de nuestra civilización y nuestra cultura bimilenarias” (Discurso en Bruselas). 

Este proyecto – para Churchill “no se trata obviamente de un asunto académico o intelectual, sino de una causa vital y perentoria” (Discurso en La Haya) – necesita de “verdaderos vocacionados a la política” puesto que no se trata de poner de acuerdo a unos mercaderes sino de construir una gran familia. De ahí que trace también su idea de político: “En los asuntos ordinarios de la vida de cada día, hombres y mujeres esperan ver recompensado su esfuerzo, lo que es con frecuencia justo y razonable. Pero aquellos que sirven causas tan elevadas y sublimes como nosotros no necesitan recompensa alguna, pues en cualquier caso nuestra meta trasciende la duración de una vida humana. Si el éxito llega pronto, seremos felices. Si nuestro designio se demora, si nos enfrentamos con obstáculos e inercias, nos mantendremos animosos, pues en una causa lo que cuenta es su rectitud, proclamada por la marcha de los acontecimientos futuros y el juicio de tiempos mejores. Si damos lo mejor de nosotros mismos habremos cumplido con nuestra obligación” (Mitin en Londres).

En su profecía la denuncia es bastante explícita: “El nuestro no es un movimiento de partidos, sino un movimiento de pueblos. No hay en él sitio para los celos. No cabe en él más rivalidad que la de quienes deseen distinguirse por su servicio a la causa común. Nadie puede pretender que Europa se una sobre la base de un partido o una facción, tampoco sobre el arrogante dominio de una nación sobre las demás” (Discurso en La Haya). Y en el mismo discurso añade: “Si permitimos que disputas mezquinas e insignificantes dividan e indispongan, si nos falta clarividencia o valor en la acción, habremos desperdiciado para siempre una magnífica ocasión. Pero si todos cooperamos, si unimos nuestra suerte, si estrechamos nuestra amistad y si mantenemos firmemente las grandes esperanzas de la humanidad, puede que entonces entremos en una era más feliz y luminosa” (Discurso en La Haya).

Finalmente, en su profetismo, propone una clara inspiración: “La gente era entonces vagamente consciente de que si hay una Iglesia universal, puede haber también algún tipo de autoridad aceptada, capaz de mantener el orden interior y evitar las incursiones desde el exterior” (Discurso en Aquisgrán). En definitiva: “El movimiento para la unidad europea debe ser un vector positivo fortalecido por nuestro sentido de los valores espirituales compartidos” (Discurso en La Haya).

En resumidas cuentas, si en este devenir las ilusiones y los proyectos han sido tan frustrados y tan permanentemente acomodados a lo tacaño y a lo escaso en altura de miras, ¿no era normal y hasta bastante predecible el Brexit?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here