Una Nochebuena diferente


Alrededor de 245 millones de cristianos sufren persecución en el mundo según la oenegé Ayuda a la Iglesia Necesitada. Caleidoscopio de esta persecución es sin lugar a dudas la Fiesta de la Navidad y más en concreto la Nochebuena. Para ello los datos de la pasada Nochebuena son más que determinantes. En Nigeria, durante la Nochebuena siete personas fueron asesinadas y una adolescente fue secuestrada en una redada atribuida al grupo islamista Boko Haram y dirigida contra una aldea cristiana a escasos 16 kilómetros de Chibok, en el Noroeste de Nigeria. Por no hablar, también en la tarde de la Nochebuena, del asesinato de 42 personas tras un brutal atentado yihadista en el norte de Burkina Faso. A estos datos tendría que añadirse la decisión de la Iglesia caldea, nada cobarde a la hora de celebrar la fe en las grandes fiestas aun bajo la amenaza de atentados yihadistas, al cancelar las misas del Gallo en Bagdad.

Ante semejantes datos uno no tiene otra posibilidad que dejar resonar en la memoria del corazón uno de los aforismos del Libro de la Sabiduría: “Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible” (Sb 2, 14). En su camino a Ostia se preguntaba Minucio Felix: “¿Qué soldado no desafía el peligro de una manera más valerosa cuando está bajo la mirada de su jefe?” (Octavio, XXXVII). La cuestión clave para nosotros, desganados y poco aguerridos soldados de la Iglesia europea, es si realmente nos hallamos ante la mirada de nuestro Jefe con mayúsculas. 

En estas lides conviene primero comenzar con un “pliego de descargo”. A muchos les podría resultar incluso temeraria y poco prudente la actitud de muchos de los cristianos de estas “Iglesias del Silencio africanas”. San John Henry Newman, ya en su momento, se hacía cargo de esta sombra de duda: “El que quiera, puede decir que esta conducta es locura o arte mágica. Pero que nadie haga mofa de nosotros y venga a decirnos que estos […] obraban siempre por el deseo de la inmortalidad o por efecto de la organización eclesiástica”. La única duda sensata en estas lides pasa por preguntase con cierto detenimiento: “¿De dónde procedía este espíritu tan estupendo que nos infunde temor, y aun ofende la crítica fastidiosa de nuestro tiempos delicados?” (También Newman).

La vida martirial de estas Iglesias, su Nochebuena tan particular, es o ha de ser una prueba evidentísima de que el cristianismo “no es un objeto de arqueología que no tiene interés”. El cristianismo “no lo contemplamos en conclusiones sacadas de documentos y de hechos muertos, sino por la fe que se ejercita sobre objetos siempre vivos y por la apropiación y el uso de done siempre repetidos” (Nuevamente Newman). 

Esta Nochebuena diferente necesariamente nos conduce a reconocer, con Georges Bernanos, que “la gran desgracia de este mundo, la gran pena de este mundo no es que haya impíos, sino que nosotros seamos unos cristianos tan mediocres, porque cada vez me temo más que seamos nosotros los que perdamos al mundo, los que atraigamos el rayo sobre él. […] Decís que el mundo os abandona. Sois vosotros los que abandonáis el mundo”. San Agustín, de seguro, y ante hechos como los narrados, nos invitaría a considerar: “Si queréis hermanos míos, conservar la caridad para siempre, por encima de todo guardaos de creer que es lánguida y ociosa y que se conserva ejerciendo una especie de mansedumbre o, mejor dicho, de indolencia y molicie. No pienses que amas a tu siervo porque no lo golpeas; que amas a tu hijo porque no lo castigas; que amas a tu vecino porque no lo reprendes; eso no es caridad, sino tibieza. ¡Que tu afecto sea diligente para corregir! ¡Si la vida es pura, alégrate; pero corrige si es mala! En el hombre no vayas a amar el error, ama al hombre”.

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