Espiritualidad de una vocal

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La “o”, además de una vocal, bien podría llegar a ser la inspiración de toda de una espiritualidad, de toda una forma de entender la vida. Lo cual no es en sí algo muy novedoso ya que la misma intensidad de la liturgia de la última semana de Adviento, que encuentra en las llamadas “antífonas de la O” – antífonas del Magnificat en la oración de Vísperas – una de sus expresiones paradigmáticas, es toda una llamada a hacer del “asombro agradecido” una clave de comprensión de la propia vida. Ya lo dijo un autor del siglo XII como Honorio de Autun: “Se cantan siete antífonas “O” más como admiración que como invocación” (Gemma animae III, 5).

Un gran teólogo como el francés Marie-Joseph Le Guilloudescribía este asombro agradecido en los siguientes términos: Los pobres “viven en el asombro de lo que Dios hace. Contemplan con amor la ternura de la misericordia divina (Lc 1, 67-69), penetrados por ella hasta lo más íntimo de su ser, habiendo llegado a ser eucaristía, como María cuando canta su Magnificat o Simeón su Nunc dimittis”.

Desde esta perspectiva se entiende con facilidad que no nos es posible entrar en el Misterio de la Navidad más que a través de este “asombro agradecido”. El asombro de la “O” de las antífonas es un asombro ante un misterio que se ha revelado, ante la inmensidad del Dios hecho hombre, ante Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que viene a nuestro encuentro.

Ahora bien, ¿se puede entrenar este “asombro agradecido”?

Ya lo decía el simpar Chesterton, afeando con su palabra nuestra indolencia y falta de capacidad de asombro, cuando consideraba: “El pecado es aburrirse, no ser un pelmazo”. Seguramente nuestra indolencia y capacidad de asombro venga del aturullamiento de emociones y sensaciones a los que estamos expuestos y que más que otra generan en nosotros la más clamorosa falta de genuina sensibilidad que nunca hubiéramos ni imaginado. También el mismísimo Léon Bloy vendría a denunciarnos en nuestra “amusia”: “Ciertamente, nadie ha reprochado más que yo a nuestros católicos su menosprecio, su odio a lo Bello, consecuencia de la horrenda mediocridad de sus almas”. Siguiendo todavía con Bloy podría añadirse: “La inmensa desgracia es que al cabo de más de mil años, la Tradición de los Padres se ha perdido completamente y el significado de la Palabra divina ha sido reemplazado por una increíble y diabólica estupidez sentimental.la moral ha suplantado a la Revelación y ya nadie entiende nada de las Escrituras”.

Y sin embargo, pese a lo preocupante del diagnóstico, hay un remedido, hay un lugar para el “entrenamiento en este asombro”: La Liturgia de la Iglesia. En ella aprendemos a “osar” ya que pone en nuestros labios palabras que nunca nos habríamos atrevido a pronunciar; la Liturgia, obra del Espíritu, ensancha nuestro corazón – que es siempre un tanto mezquino – y, poco a poco, lo hace a la medida del corazón de Cristo, que se dirige al Padre. Aquí reside la importancia de estas “antífonas de la O” que ensanchan nuestro corazón, porque lo llenan de asombro agradecido ante Aquel que nos ama y viene a nuestro encuentro”. Es lo que allá por el siglo XIII expresaba un tal Guillermo Durando de Mende en su Rationale divinorum officiorum: “La Iglesia, en estas siete antífonas, muestra sus múltiples flaquezas, y para cada una de ellas pide el remedio de su mal. Éramos ignorantes o ciegos ante la venida en la carne del Hijo de Dios; atados a las penas eternas; esclavos del diablo, vencidos por el mal del pecado, estábamos envueltos en las tinieblas; desterrados y expulsados de nuestra propia patria. Por tanto, teníamos necesidad de un maestro, de un redentor, de un liberador, de un guía, de uno que nos iluminara, de un salvador; éramos ignorantes y teníamos necesidad de recibir enseñanza”.

Post Data: Dios ha dispuesto las cosas de manera que “hay bastante luz para quienes sólo desean ver, y bastante oscuridad para quienes tienen una predisposición contraria” (Pascal, Pensamientos, 430).

 

 

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