Regreso al futuro


En una hipotética nueva entrega del mítico film Regreso al Futuro, Marty Mcfly, a los mandos de su DeLorean, se topa de bruces con un futuro en el que “se trata de sustituir el nacimiento por la fabricación, el born por el made, la concepción en las entrañas por la concepción en la cabeza y, de esa forma, instaurar una producción transparente de individuos 2.0, controlada de cabo a rabo, adaptada a un mundo por fin cerrado sobre sus propias ambiciones.Aquellos habitantes del futuro se admirarían en estos o semejantes términos: ¿Quién no se da cuenta de que la gestación, comparada con los procedimientos de fabricación, es una forma incontrolada y peligrosa que se abre a todas las tragedias?”.

Su regreso al futuro le permite a Mcfly descubrir cómo lo que se podría denominar con el título “La Gran Transformación” no tuvo nada de ideología y que lo que hizo que explotara la asfixiante y anticuada célula familiar no fueron ni lobbies ni doctrinas; sino que fueron los teléfonos inteligentes. En resumidas cuentas: Aquellas maquinitas que se sofisticaban y se miniaturizaban progresivamente se infiltraron sin problema en los hogares más cerrados, y todo el mundo pudo deshacerse de las ataduras de la carne y de la circunscripción del lugar. ‘La verdadera vida está en otro sitio’, decía un poeta de otro tiempo”.

Mcfly, gracias a su viaje, puede responder a la pregunta evangélica, ¿Cuándo vuelva el Hijo del Hombre quedará fe en la tierra?, puesto que ha podido escuchar de los habitantes del futuro su particular profesión de fe proclamada en un elemental credo de un solo artículo: “Nos gustaría creer en la existencia de un mundo espiritual, pero no podría ser más que un mundo de energías incorpóreas, impersonales, que nos transportarían a un gozo muy alejado de las mezcolanzas de los amoríos”.

En el futuro, no muy lejano, al que Mcfly regresa “el shopping salva de la sombría soledad, los altavoces con música destierran la sorda angustia, los proyectores LED ultravioleta reducen a una nulidad la antiguas y crueles esperas de la aurora. Luego, “ya no hay terrores nocturnos. Ya no hay insomnio”. En este particular regreso al futuro la única queja desconsolada bramará así: “Mientras no hayamos conseguido trasplantar nuestros cerebros directamente a los servidores, no seremos totalmente libres, llevaremos en nosotros todo el fardo de esta parte maldita de nosotros mismos”.

Mcfly descubre cómo, gracias a un más que anunciado limpiador de memoria, “ahora su pasado ya no es un pasivo. Su nostalgia se transforma en impulso hacia el futuro”. La correspondiente dosis de publicidad rezaría así: “No espere usted a estar cansado de la vida. No se deje invadir del sentimiento de su propia obsolescencia. Deles una lección de independencia a los humanos de la última generación”.

Lo barruntado y vaticinando por Marty Mcfly tiene en realidad su origen en una más que recomendable obra de teatro del más que interesante autor francés FabriceHadjadj. El titulo de la obra de teatro es Juana y los poshumanos o el sexo del ángel (Madrid 2019). El propósito de Hadjadj no es otro que, “en contraste con un cine que nos bombardea con imágenes tan brillantes que condenan a nuestra imaginación a la pasividad, ofrecer “al espectador la oportunidad de ejercitar su propia imaginación, de acercarse por sí mismo, de forma activa, a partir de las palabras y del cuerpo de actor, a las sacudidas de la puesta en funcionamiento de ese futuro que ya está en marcha”. Hadjadj no pretende exponer su filosofía abiertamente, que verdaderamente la tiene, sino a través del drama de unos personajes tiranizados exponer la realidad de un sistema, que está por venir porque ya está aquí, que se cimenta sobre la negación de lo mas constitutivo de la naturaleza humana.

Luego obra altamente recomendable.

Lector inquirat.

 

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