Francisco en Greccio


Ayer mismo, primero de diciembre, el Papa Francisco visitaba Greccio. Greccio es ese lugar de Italia en el que,por el testimonio de Tomás de Celano, podemos situar uno de los episodios más entrañables de la vida de San Francisco de Asís, tres años antes de su muerte: “Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la Navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia y le dijo: ‘Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno’” (I C 84).

Es un hecho – contando también con el testimonio de Celano – que San Francisco “con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del nacimiento del Niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana” (II C 199). Su experiencia espiritual de esta solemnidad es descrita en los siguientes términos: “Representaba en su mente imágenes del Niño, que besaba con avidez; y la compasión hacia el Niño, que había penetrado en su corazón, le hacía incluso balbucir palabras de ternura al modo de los niños. Y era este nombre para él como miel y panal en la boca” (II C 199).

Pero hay un dato del testimonio recogido por Celano que,en sí mismo, podría quedar constituido en clave de comprensión del significado y el calado de la visita del Papa Francisco a Greccio. En concreto, se trata de la “visión” con la que quedo marcado Juan de Greccio tras cumplir el encargo del “poverello” y contemplar aquella inefable experiencia: “Había un Niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el Niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados” (I C 86).

Volver al “pesebre” de Greccio, volver, en definitiva, a la experiencia de alguien como San Francisco nos conduce inexorablemente a la contemplación de la belleza del Misterio de Aquel que “no ha venido como vencedor, sino como alguien que suplica. Está como refugiado en mí, bajo mi custodia, y yo respondo de Él ante su Padre” (Bernanos dixit). No en vano, y son palabras del teólogo Hugo Rahner de las que más tarde se hará eco el Catecismo de la Iglesia Católica, “nada hay, entonces, en esa vida que no nos resulte infinitamente valioso, desde su pañales (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su pasión (Mt 27, 48) y los lienzos plegados de su resurrección”.

Una vez más creo poder encontrar en el simpar Chesterton la clave de cómo en la experiencia de San Francisco se puede percibir la urgencia de esa “resurrección” de la que fue primer testigo Juan de Greccio: “San Francisco estaba enamorado. Estaba enamorado de Dios y profundamente enamorado de los seres humanos, lo que quizá suponga una vocación espiritual mucho más extraña […] al igual que no quería a la humanidad, sino a los hombres, tampoco amaba a la cristiandad, sino a Cristo. Digamos, si lo pensamos así, que era un loco enamorado de una persona imaginaria; ahora bien, de una persona imaginaria, no de una idea imaginaria […] este gran místico no concebía la religión como una teoría o algo similar, sino como una historia de amor” (G. K. Chesterton, San Francisco, 13-14).

De seguro que es lo que ha querido subrayar el Papa Francisco con su visita a Greccio y en su Carta apostólica, también de ayer mismo, Admirabile signum.

Lector inquirat.

 

 

 

 

 

 

 

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