Adviento


En su momento, el Concilio Vaticano II – a través de una de sus constituciones como es Sacrosanctum Concilium parecía tratar de invitarnos a hacer del Adviento el término de un recorrido, vivido de domingo a domingo, cuando declara que la Iglesia “en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor” (SC 102). Luego parece que es un hecho más que evidente que quiera situarnos ante la realidad de una verdadera esperanza para nuestra vida tanto como línea de salida como línea de meta en medio de este “Adviento permanente” al que somos invitados.

Pero, ¿cuál es esa esperanza a la que somos llamados? ¿Cómo describirla o definirla? ¿Cómo comprender vitalmente enseñanzas como la, a continuación citada, de Pascasio Radbert: “Por la mano de la esperanza se tiene a Cristo. Le tenemos y nos tiene. Pero es más grande ser tenidos por Cristo que tenerle. Pues le podemos tener solo en la medida que nos tiene”?

Lo primero que se tendría que decir es que se trata de una de esas tres virtudes con las que Dios bendice nuestras vidas. Una virtud es en sí la perfección del hombre en “un hacer” mediante el cual se realiza su felicidad; vistas así las cosas no tendría ya más sentido el seguir conservando esa caricatura de virtud por la que es dibujada, en palabras del filósofo Josef Pieper, como “mansa moderación y probidad del burgués”, sino como “la culminación del serde la persona humana”.

Seguramente el autor de la Carta a los Hebreos nos legó la mejor imagen que pudiéramos encontrar para comprender la virtud de la esperanza: “Segura y firme áncora de nuestra alma de nuestra alma y que penetra hasta detrás del velo adonde entró por nosotros como precursor Jesús” (Heb 6, 19-20). Aunque no estaríamos lejos tampoco de la comprensión de la virtud de la esperanza cuando hallamos en la figura del “joven” el símbolo eterno de la esperanza, lo mismo que lo es de la grandeza de ánimo. Conviene, en este orden de las cosas, no olvidar con San Agustín: “Dios es más joven que todos”. En definitiva, ancla o juventud que nos ayudan a percibir el reflejo, las sombras, los inconscientes preludios de vida eterna que expresan nuestras “esperanzas naturales”.

Sin embargo, bien tan preciado está expuesto a pérdida y desdoro por falta de grandeza de ánimo y falta de humildad. Con respecto a la humildad es pertinente recordar que ella misma es barrera protectora y canalización de la desembocadura a la que conduce la esperanza. Con respecto a la grandeza de ánimo o su ausencia surge una palabra – tristemente olvidada en nuestro vocabulario – con la que se expresaría este estado del alma: La magnanimidad. Magnanimidad es tensión del ánimo hacia las grandes cosas, extenso animi ad magna y tiene su raíz en la confianza intrépida en las altas posibilidades que la naturaleza humana, “admirablemente instituida y más admirablemente restaurada” (Misal Romano) por Dios. En resumidas cuentas, tiene magnanimidad el que exige lo grande y se dignifica con ello.

Hecho esencial también para comprender la esperanza es su intrínseca unión y esencial implicación con la oración. La oración es la exteriorización y manifestación de la esperanza, es interpretativa spei, en ella se expresa la esperanza misma. De tal modo que la ausencia de esperanza por desesperación o presunción cierran el camino a una auténtica oración. Pues la oración no es otra cosa que el lenguaje de la esperanza.

Finalmente quisiera hacerme eco de lo que cabría considerarse como la más actual expresión de nuestra falta de esperanza. Volviendo a Pieper, que retoma un concepto de los Padres del desierto como es la acedia, se podría diagnosticar en los siguientes parámetros el siguiente síntoma: “Esa tristeza es una carencia de ánimo; no quiere proponerse la empresa grande propia de la naturaleza del cristiano. Es una especie de angustioso vértigo que acomete al hombre cuando se da cuenta de la altura donde lo eleva Dios. El hombre afectado de ‘acedia’ no tiene ni el ánimo ni la voluntad de ser tan grande como realmente es”. Lo curioso es que bajo el síntoma no estaría el virus de la pereza sino el virus del activismo tan verdadera y propiamente nuestro: “Huida de la existencia humana en sí misma, charlatanería, curiosidad como estar ocupado en la posibilidades de entregarse al mundo, no parar, dispersión, falta de reposo”. Y, ¡¡¡alerta!!!, puesto que “no es tanto el pecado como la desesperación lo que nos precipita en la perdición” (San Juan Crisóstomo).

Post Data en verso:

“Esperanza un aguardar es cierto
de la gloria futura, fomentado 
por mérito y por gracia de concierto.[…]

Fijan las Sagradas Escrituras 
el fin, y esta virtud a ello convida,               a que esperan llegar las almas puras.

A cada una Isaías ve vestida
en su patria con doble veste, y ésta 
es su patria: esta cara y dulce vida; abundando en idéntica respuesta,
habla tu hermano de las blancas vestes 
e igual revelación nos manifiesta. 
Y encima, tras palabras tan contestes, 
sonó un Sperent in te, del que a porfía   
eco hicieron los círculos celestes”.

Dante, Divina Comedia, Paraíso XXV.

 

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