Likedependencia


Lo cierto y verdad es que otros títulos podrían haber encabezado este artículo: a) “La esclavitud de la mirada ajena”; b) “No basta ser tú mismo”; c) “No hay una apppara eso”. Si bien, finalmente, la opción por “Likedependencia” no quiere sino conducir a una – de seguro – inoportuna pregunta: ¿Nos hemos vuelto adictos a la distracción?

El asunto viene de lejos. Ya un filosofo como Pascal se refería así a nuestra necesidad de distracción: “”La única cosa que nos consuela de nuestras miserias es el divertimiento, y, sin embargo, es la más grande de nuestras miserias, porque es lo que nos impide principalmente pensar en nosotros, y lo que nos hace perdernos insensiblemente. Sin ello nos veríamos aburridos, y este aburrimiento nos impulsaría a buscar un medio más sólido de salir de él. Pero el divertimiento nos divierte y nos hace llegar insensiblemente a la muerte”.

La distracción a la que las redes nos remiten – en algún que otro caso elevada al máximo exponente de la “Likedependencia” – ha sido descrita, a mi modo de ver, con un más que acertado diagnóstico por el joven escritor inglés Simon Sinek en uno de sus conocidos videoblogs. Allí Sinek expone: Sabemos que la interacción en las redes sociales libera un químico llamado dopamina. Es por eso que cuando recibes un mensaje te sientes bien. En un estudio de 2012, investigadores de Harvard concluyeron que hablar de uno mismo a través de las redes sociales activa una sensación de placer asociada con comida, dinero y sexo. Es por eso que contamos los likes, es por eso que volvemos diez mil para ver si la interacción crece, y si nuestro Instagram decelera nos preguntamos si hemos hecho algo mal, o si la gente ya no nos quiere. No tener amigos es un trauma insoportable. Sabemos que cuando logras la atención de los demás, te sientes bien, consigues un chute de dopamina que te causa placer, y por ello lo buscas una y otra vez. La dopamina es el mismo químico que nos causa placer cuando fumamos, cuando bebemos y cuando apostamos. En otras palabras, es muy, adictivo.

Para Sinek los millenialsreconocerán que muchas de sus relacione son superficiales, reconocerán que no cuentan de verdad con sus amigos. Se divierten con ellos, pero en el fondo saben que sus amigos harán caso omiso de ellos cuando tengan algo mejor que hacer. No tienen relaciones profundas y significativas, porque nunca desarrollaron las habilidades necesarias para ello y, aun peor, no tienen los mecanismos necesarias para lidiar con el estrés. Por ello, cuando aparece en sus vidas una cantidad significativa de estrés, no van a buscar la solución en una persona, sino en un aparato: se dirigen a las redes sociales, se dirigen a esas cosas que les ofrecen un alivio temporal.

Y todavía sería necesario tener que añadir el virus de la impaciencia para completar el consabido diagnóstico:Han crecido en un mundo de gratificaciones instantáneas. ¿Quieres comprar algo? Vas a Amazon y llega al día siguiente. ¿Quieres ver una película? Enciende y ya la tienes. No miras el horario de la tele, no tienes ni siquiera que esperar semana a semana. Mucha gente incluso se salta estaciones enteras en la series, para ir directo al final…Gratificación instantánea. ¿Quieres salir con alguien? No tienes ni siquiera que aprender las habilidades sociales mínimas, no tienes ni siquiera que estar en ese mundo incómodo en el que ella sí pero significa no, o dice no, pero es no, y… ¡no! Basta deslizar el dedo en la pantalla, ¡y eres un galán! No necesitas aprender los mecanismos sociales.

Desde esta dinámica, sigo con el diagnóstico de Sinek, se entenderá que “todo lo que quieres lo puedes tener instantáneamente. Todo […] excepto la satisfacción del trabajo y la fuerza de las relaciones. No hay una app para eso. Son procesos lentos, tortuosos, incómodos y complicados”.

Ahora bien, si el opuesto de la distracción es el aburrimiento, ha de notarse que el aburrimiento, como todo mal, es como el dolor que nos avisa de que algo está fallando en nuestro cuerpo, y nos anima a poner solución. El poeta italiano Giacomo Leopardi lo expresa así:

“El aburrimiento es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos […] el no poder ser satisfecho por ninguna cosa terrena ni, por así decir, por la Tierra entera; considerar la amplitud inestimable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y experimentar que todo es poco y mezquino ante la capacidad del propio espíritu; imaginar infinito el número de los mundos, e infinito el universo, y sentir que nuestro corazón y nuestro deseo sería todavía más grande que semejante universo; y siempre acusar a las cosas de insuficiencia y de nulidad, y sufrir carencia y vacío, y sin embargo aburrimiento… me parece a mí el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda descubrir en la naturaleza humana”.

En fin, mientras hay vida, hay esperanza.