¿Giro amazónico o alemán de la Iglesia?


He de reconocer que parto de la perplejidad pero no una perplejidad por unos hipotéticos resultados finales tanto del Sínodo amazónico como del Sínodo de la Iglesia alemana – aunque el nombre de Sínodo coincida ha de decirse que no son magnitudes proporcionadas – sino de lo que ciertos medios tratan de presentarnos como logros de los mismos y de la impaciencia de ciertas críticas a los mismos.

Parece que lo que al final está en entredicho es qué entender por reforma o reformas en la Iglesia.

Dicho esto quisiera añadir que lo que ahora pretendo hacer no es un ejercicio de funambulismo, una cuadratura del círculo o un quedar bien entre supuestos y antagónicos bandos “progres” o “carcas”. Ya hace un tiempo que procuro, en estas lides, llevar a la práctica algo de lo que en estos menesteres he podido aprender en el teólogo Joseph Ratzinger: “Sólo la familiaridad con Dios, internamente posibilitada por Jesús, puede abrir el camino a través de las tradiciones que, sin este contexto vivífico, están muertas y son extraviadas. Donde falta esta referencia a Dios, el tradicionalismo y la crítica a la tradición se convierten en juego caprichoso.

Como de cuestiones de reforma o reformas se trata, he vuelto a recuperar estos días el pensamiento de otro gran teólogo como fue el francés Yves Congar (1904-1995), especialmente en su libro La reforma en la Iglesia. Criterios históricos y teológicos (Dicho sea de paso, reeditado este mismo año por Ediciones Sígueme).

Congar es bastante explícito y directo a la hora de recoger testimonios oportunos y claros. Véase como ejemplo la enseñanza de Gregorio VII: “Cristo no dijo: ‘Yo soy la costumbre’, sino: ‘Yo soy la verdad’. Una costumbre, por antigua y extendida que se halle, debe ceder ante la verdad” (Si bien esta es un pensamiento que se puede encontrar en los Santos Padres). Véase también el testimonio de un teólogo como J. A. Möhler: “El cristiano no debe buscar perfeccionar el cristianismo, sino que debe querer perfeccionarse a sí mismo dentro de él”.

Un primera cuestión sobre la que se ha de volver al respecto de “reforma y reformas” es si acaso la Iglesia no peca de “pacata” o “tímida” ya que en su ADN lleva el calificativo desemper reformanda”. Congar lo advierte claramente: “Bajo la apariencia de prudencia, fidelidad y mesura, este deseo de seguridad podría encerrar verdadera pusilanimidad, el intento de restringir lo que exige un servicio íntegro de la verdad y lo que la Iglesia tiene en sí de poder de expansión y de aspiración a la plenitud. En efecto, la Iglesia no solo debe ser católica, y por tanto misionera, en el plano del ministerio pastoral, sino también en el plano de las ideas y de la verdad”.

Es un hecho que “el cristianismo se renueva sin cesar mediante movimientos que tiene siempre algo de ‘despertador’”. Ahora bien, “en un movimiento reformista, la impaciencia es la que puede desbaratarlo todo y hacer que la ambivalencia de la inspiración primera evoluciones en el sentido de una secta”. De ahí que sea determinante saber responder a esta pregunta: ¿Conduce a algún lugar la impaciencia? Se podría decir que sí pero solo si esa impaciencia se entiende como una “cierta disposición del alma y de la mente, sabedora de la dilaciones necesarias” y como cierta humildad y flexibilidad del espíritu; la conciencia de la imperfección y hasta de las inevitables y fatales impurezas”.

En segundo lugar conviene también considerar el curioso engranaje que constituye la vida concreta de la Iglesia ensu perpetuo intercambio entre la Urbs (Roma) y el Orbis(la Iglesia diseminada por todos los rincones del Mundo):El Orbis no deja de llevar a la Urbs sus aspiraciones, sus problemas, su apelación; la Urbs es solicitada sin cesar por todo el universo. El Orbis lleva a la Urbs su movimiento, y la Urbs le da su medida y su regla. El Orbis trae a la Urbs las voces del mundo; múltiples e impetuosas, a veces discordantes; y la Urbs repita al Orbis la palabra apostólica de la unidad: su gracia es armonizar la voz de las partes con la voz del todo”. En el devenir de este engranaje es esencial no perder nunca de vista que para buscar la comunión con una tradición más plena no es necesario perder la comunión con la Iglesia actual, concreta, presente, que sigue siendo la regla de todo”.

Finalmente, en tercer lugar, y en consonancia con lo que hemos podido oír en nuestras iglesias este domingo pasado “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”, conviene recordar también que “cuanto más comprometido se está en un trabajo reformista o crítico, más hay que asentarse en la vida fraterna e incluso en la vida misma de la Iglesia […] Una vida común y fraternal desempeña, de modo inmediato y como en escala reducida, el papel de control mutuo, de rectificación, de complementación que debe asegurar la vida de la comunidad del ‘todo’. Los hermanos que están a nuestro lado aseguran una especie de representación virtual de toda la Iglesia”.

Por cierto, y dicho sea de paso, un buen ejemplo en todas estas lides es el de San John Henry Newman cuya obra intelectual sembró en el catolicismo un germen de discernimiento, de asimilación y de desarrollo que, por lo demás, todavía espera dar todo su fruto.

 

 

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