An Englishman in New York


Sé que el titulo podría llevar a pensar que, de repente, el que escribe ha cambiado de fuente de inspiración para poner al intérprete Sting y su música como inspirador de lo dicho en esta “verónica”. Y lo cierto es que sí ya que el estribillo y tono de la música de Sting fue el recuerdo que me vino tras un encuentro, esta semana pasada, con un misionero que en este momento sirve a la Iglesia de Córdoba tras un largo e intenso período de servicio en la Iglesia hispanoamericana.

Lo que la “copla” de Sting viene a reflejar es lo “raro” que un inglés puede llagar a encontrarse en Nueva York; casi – creo yo – como un recién aterrizado misionero en medio de cualquiera de nuestras comunidades de esta querida pero achacosa Iglesia europea. Aunque todavía podría usarse una expresión tal vez más cercana: “Como un elefante en una cacharrería”.

Lo cierto y verdad – como un inglés en Nueva York – es que de seguro que le sorprenderá nuestro débil sentido de pertenencia eclesial. Creo que es bastante notorio, incluso al interior de nuestras comunidades, una cierta desafección hacia la Iglesia que es contemplada, muchas veces, como mera institución, privada de su misterio. Es un hecho que estamos a “años luz” de metas, tal y como señala por ejemplo el Directorio General para la Catequesis (1997), como “una auténtica eclesiología de comunión” o una sólida espiritualidad eclesial”.

De seguro que en los oídos de “nuestro eclesial y querido inglés en Nueva York” resonará la contundencia con la que San Juan Pablo II denunciaba, en primer lugar, un hecho tal como que la misión que Cristo ha confiado a la Iglesia “está todavía muy lejos de su cumplimiento”. Y en segundo lugar, casi por contraste con nuestra indolencia, aún resonará más esta denuncia: “No se puede ocultar una tendencia negativa[…], la misión ad gentes parece encontrarse en una fase de ralentización, que ciertamente no está en la línea de las indicaciones del Concilio ni del magisterio sucesivo. Dificultades internas y externas han debilitado el empuje misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, y este es un hecho de debe preocupar a todos los creyentes en Cristo. En la historia de la Iglesia el impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, como su disminución es signo de una crisis de fe” (RM 2).

A nuestro querido misionero, con claridad meridiana, le seguirá pareciendo, en todo momento, que existe un test inequívoco aplicable a la vida de una parroquia: la capacidad de generar misión. De seguro que le asaltarán unos planteamientos similares a los que hace unos años podía leer en un texto de Angelo Scola: “¿Es imaginable que grupos de catequesis, a lo mejor cada vez más preparados en el conocimiento y en las implicaciones psicológicas y pedagógicas de la acción catequética, después de cinco, diez, quince años estén compuestos por las mismas personas?; ¿Si falta la apertura misionera, si el grupo no crece o no genera por gemación otros grupos, no hará falta quizás preguntarse si esta ausencia de frutos no depende también de una esterilidad del árbol?; ¿No es justo preguntarse de dónde nace tal esterilidad?; ¿No puede ser debida a la ausencia de “entusiasmo” en la vida cristiana, entendido como la interpelación humilde y tenaz de la gracia de Cristo que renueva a la persona, la colma de gratitud y la hace capaz de comunicar el encuentro vivido?

Es de sobra conocido el hecho de que en su día San Francisco Javier suspiró por haber podido acudir a la Universidad de la Sorbona de Paris a decir unas cuantas verdades a los cuatro vientos; pues bien ese fue el resultado benéfico que para un servidor tuvo el encuentro con un misionero la semana pasada; ese mismo el efecto benéfico que nuestra Iglesia recibe al contacto con estos hombres y mujeres que ante nuestras desilusión, apatía o indolencia pueden llegar a sentirse como “an englishmanin New York”.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here