¿Quién fue San John Henry Newman?


San John Henry Newman – recientísimo “neosanto” de la Iglesia desde ayer mismo, 13 de octubre de 2019 – fue un tipo capaz de responder a la pregunta ¿Por qué cree en Dios? con tamaño argumento: “Le contestare que creo en Dios porque tengo fe en mí mismo, porque me parece imposible tener fe en mi propia existencia – de la que estoy completamente seguro – sin creer la existencia de Alguien que vive en mi conciencia como un ser personal que todo lo ve y juzga”.

Un tipo de capaz de afirmar sin ningún tipo de rubor que “, diez mil dificultades no hacen una sola duda” o que ante una pregunta como esta “¿Qué puede uno decir ante este panorama que taladra y enloquece el corazón y la razón?”; respondería en los siguientes términos: “O no hay un Creador o este mundo de los hombres ha sido desechado y apartado de su Presencia. Si yo me encontrara con un chico de buena presencia y con cabeza, bien educado y culto, pero arrojado al mundo sin posición, incapaz de decir de dónde viene, donde nació o quién es su familia, no tendría más remedio que pensar que su historia tiene algún asunto oscuro y que sus padres, por la razón que sea, se avergüenzan de él. […] Si hay un Dios, puesto que hay Dios, el ser humano debe estar marcado por alguna terrible calamidad de nacimiento; está desconectado de los propósitos de su Creador, y esto es un hecho tan verdadero como que el mundo existe. De ahí que la idea teológica del pecado original cobre un grado de certeza que se aproxima a la misma existencia del mundo y de Dios”.

Un tipo capaz de entender la Iglesia misma como un “una especie de fábrica moral donde, tras una forja estruendosa y constante, se funde, purifica y moldea una materia prima de primera calidad, peligrosa pero inmensamente capaz de cosas divinas: la naturaleza humana”.

Un tipo capaz de tener los arrestos para comprender que “es tan absurdo atosigar a las personas con argumentos para que crean; como torturarlas para el mismo fin”.

Un tipo al que no le dolían prendas en preguntarse y responder: “¿No consiste el error común, el fatal error del mundo, en creerse juez de la verdad religiosa sin preparar el corazón? […] Los ojos groseros no ven; los oídos duros no oyen. Pero en las escuelas del mundo los caminos hacia la verdad se consideran vías anchas abiertas a todos los hombres, en todo momento, sean cuales sean sus disposiciones. Como si fuera posible acercarse a la Verdad sin acatamiento de la misma. Se piensa que cada cual está al mismo nivel que su vecino; o más bien, que las facultades del intelecto – agudeza, sagacidad, sutileza y profundidad – son la guía hacia la Verdad. Los hombres consideran que tienen pleno derecho a discutir los temas religiosos, prescindiendo de las actitudes religiosas. Entrarán en los puntos más sagrados de la fe en el instante que se les ocurra o les venga en gana; y puede que sea con una actitud mental de descuido, en horas de recreo, mientras tomas una copa. ¿Es de extrañar que tan a menudo acaben en la indiferencia, y concluyan que la Verdad religiosa es puramente nominal, que todos tienen razón y todos se equivocan? Pues exteriormente son espectadores de una multitud de sectas y opiniones contradictorias, e interiormente tienen la clara conciencia de que sus búsquedas terminan en oscuridad”.

Un tipo que comprendió que en las cosas de la fe “es la vida nueva, y no la razón natural, lo que lleva el alma a Cristo. ¿Confía un niño en sus padres porque ha demostrado que lo son, y ha demostrado que pueden y desean tratarle bien, o sencillamente por el instinto de afecto? También nosotros creemos porque amamos”.

Un tipo para el que “nuestro gran maestro íntimo de religión es […] nuestra conciencia”. Luego “la conciencia nos enseña, no sólo que Dios existe, sino también cuál es su naturaleza; proporciona a nuestra mente una imagen real de Dios como medio para nuestra adoración; nos da la regla de lo que está bien y de lo que no lo está, como una regla que proviene de Él, como un código de deberes morales”. De ahí que sea “un error suponer que nuestra obediencia a la voluntad de Dios se funda exclusivamente en nuestra fe en la palabra de las personas que la Escritura nos asegura que viene de parte de Dios. Obedecemos a Dios principalmente porque realmente sentimos su presencia en nuestra Conciencia, que nos empuja a obedecerle. Y esto refuta a esos objetores en su propio terreno porque la razón que ellos dan para no creer es que confían más en sus sentidos y en su razón, porque son suyos, que en las palabras de los ministros de Dios. Ahora bien, si confían en sus sentidos y su razón, ¿por qué no confían en su conciencia?”.

Un tipo capaz de percibir que “ha sido Él quien ha hecho que esta senda del pensamiento sea más áspera y tortuosa que la de otras investigaciones, a fin de que la disciplina impuesta sobre nuestra mente para encontrarle, la moldee también en la verdadera devoción hacia Él cuando le encontremos”.

Un tipo para el que responde con facilidad: ¿Dirá alguien que un niño o una persona sin instrucción no puede actuar saludablemente por fe, sin ser capaz de manifestar las razones de por qué actúa de aquella manera? ¿Qué idea suficiente posee de las garantías racionales del cristianismo? ¿Qué prueba lógica de su origen divino? Si no tiene ninguna, es que la fe, considerada como hábito o acto interior, no depende de investigaciones ni exámenes científicos, sino que tiene su propia base específica – sea la que fuere -, tan real como la tiene la conciencia. Vemos, pues, que la razón puede ser el juez, sin ser el origen de la fe; y que la fe puede ser justificada por la razón sin hacer uso de ella”.

Ya por último, un tipo que rezaba: “¡Ojalá pudiéramos dirigir una mirada sencilla a las cosas y sentir que nuestra única meta es agradar a Dios! En comparación con esto, ¿qué se gana agradando al mundo, agradando a los poderosos o incluso agradando a los que amamos? ¿Qué se gana con ser aplaudido, admirado, solicitado, imitado, si lo comparamos con ese incomparable fin de no ser desobedientes a lo que vemos como querido por Dios? ¿Qué puede ofrecer este mundo comparable a la percepción de las cosas espirituales, esa fe penetrante, esa paz interior, esa elevada santidad, esa rectitud perenne, esa esperanza de la gloria, que tienen los que aman y siguen con sinceridad a nuestro Señor Jesucristo? Roguémosle y pidámosle día tras día que se revele a nuestras almas más plenamente, que despierte nuestros sentidos, que nos conceda vista y oído, olfato y gusto del mundo venidero, que obre en nuestro interior de modo que podamos decir con sinceridad: me guiarás con Tu consejo y al llegar me recibirás en Tu gloria. ¿Quién sino Tú estás en el cielo? Si estoy contigo no encuentro gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen:¡roca de mi corazón, mi herencia, mi Dios para siempre!”.

En definitiva, un tipo capaz de comprender con Leon Bloy que “existe una sola tristeza, la de no ser santos”.

¡Viva san John Henry Newman! Que por cierto se celebra el día 9 de octubre.

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