Carta abierta al filósofo Fernando Savater


Estimado Don Fernando:

Hace unos días tuve la oportunidad de leer una entrevista suya en un suplemento cultural sobre su reciente obra La peor parte. Memorias de amor (2019). Tendrá que perdonar mi atrevimiento ya que, entre otras cosas, lo honesto hubiera sido haberme dirigido a usted una vez leído su libro. Pero he tenido a bien el poder compartir con usted algunos recuerdos que fueron apareciendo en mi memoria conforme leía sus respuestas.

Por mi condición de “cura” podría parecer que no tengo otro propósito que el mero “catequizante” o “aleccionador” ante un no creyente que vive el dolor de la perdida de la que ha sido su esposa; pero -¡créame! – nada más lejos de mi intención. Para serle sincero creo que su entrevista, para mí, ha sido más el testimonio de un “buscador” que un reto apologético al que quisiera responder con una batería de argumentos. De ahí que ahora – como ya le he dicho – quiera compartir con usted algunos de esos recuerdos que rondaron mi memoria una tranquila tarde de sábado.

Creo que todo ser humano suscribiría con usted un dato, tan evidente y al mismo tiempo tan expuesto a olvido, como el que expresa en estas palabras: “[…] me parecía honesto escribir sobre la fragilidad de la alegría, que es la sal de la vida, pero está ligada a la posibilidad de la perdida”. Tengo que decirle que conforme leía esta más que atinada reflexión recordaba unas palabras de G. K. Chesterton a su prometida Frances, precisamente la noche de su compromiso: “[…] lo cierto es que nunca he sabido lo que significa ser feliz hasta esta noche. Ser feliz no es estar pagado de uno mismo, en absoluto, ni estar tranquilo o satisfecho como lo estaba yo hasta hoy. La felicidad trae consigo no ya la paz, sino una espada; te sacude como el jugador agita los dados al lanzarlos; te deja sin habla, te nubla la vista. La felicidad es más fuerte que uno mismo y notas palpablemente cómo te pone el pie encima del cuello”.

Puedo decirle que me encantó su pensamiento sobre el amor: “Eliges a la persona que quieres, entonces cuando muere lo haces también tú, el amor es un alma en dos cuerpos”. Déjeme, ahora, que cite un fragmento de una obra de teatro, El taller del orfebre, del mismísimo KarolWojtyla desde el que creí comprender e interpretar su intuición sobre el amor: “¿No es la verdad aquello que con más fuerza sentimos? […] el amor es la síntesis de la existencia de dos personas, que coincide en un cierto punto y de dos seres hace una sola cosa […]. Nada hay que permanezca tanto en la superficie de la vida humana como el amor, ni nada que sea más desconocido y misterioso. La diferencia entre lo que hay en la superficie y lo que está escondido en el amor origina precisamente el drama. Es este uno de los mayores dramas de la existencia humana. La superficie del amor posee su propia corriente, una corriente rápida, centelleante, variable. Un calidoscopio de olas y situaciones llenas de encanto. Esta corriente se vuelve tan vertiginosa que arrastra con ella a las personas, hombres y mujeres. Los que se dejan arrastrar se imaginan haber captado todo el misterio del amor, cuando en realidad no lo han rozado siquiera. Por un momento son felices, porque creen haber alcanzado los límites de la existencia y haberle arrancado todos sus secretos, como si ya nada quedase. Así es: al otro lado de la exaltación ya no queda nada, al otro lado solo está la nada. Pero no puede ser, ¡no es posible que no quede nada! ¡Escuchadme, no puede ser! El hombre es un continuum, una totalidad y continuidad. ¡Y no puede reducirse a la nada!”.

Estimado don Fernando, al final de la entrevista, el “plumilla” le pregunta: -“¿Dónde está Sara? ¿Es usted creyente?”. A lo que usted responde: -“Ojalá supiera dónde está. Me aburren todas las religiones, pero me gustaría creer en lo imposible, en el dios de las cosas vulgares, alguien que garantizase el regreso de los muertos. Sería divertido”. No sé si habré llegado a comprender bien qué entiende por ese “dios de las cosas vulgares”, pero déjeme citar nuevamente a dos de mis personajes clericales favoritos. El primero de ellos es el Padre Brown que responde así a la duda que cierto personaje formula sobre lo que pueden saber los curas sobre el matrimonio:-“¿Cree usted que yo desconozco que el amor de un hombre y una mujer fue el primer mandato de Dios y que es glorioso siempre? ¿Es usted de esos idiotas que creen que nosotros no admiramos el amor y el matrimonio? ¿Necesito que me cuenten lo del jardín del Edén o lo del vino de Caná? Precisamente porque la fuerza de las cosas es la fuerza de Dios, estalla con terrible energía aun cuando huya de Dios, aun cuando el jardín se convierta en una selva, pero es siempre una selva gloriosa; aun cuando una segunda fermentación convierta el vino de Caná en el vinagre del Calvario. ¿Cree usted que no sétodo esto?”.

El segundo de los personajes es el cura-párroco de Ambricourt – también dubitativo patológico – que tiene que vérselas con la obstinada incredulidad de la Sra. Condesa: -“Señora – le dije -. Si nuestro Dios fuera el de los paganos o los filósofos (para mí es lo mismo) se refugiaría en lo más alto de los cielos; nuestra miseria le elevaría hasta allí. Pero no ignora usted que el nuestro ha venido aquí a la tierra. Puede usted amenazarle, escupirle en el rostro, maltratarle y finalmente clavarlo en una cruz. ¡Qué importa! Los hombres ya hemos hecho todo eso hija mía… […] Repita esa frase… El infierno, el infierno es dejar de amar […] Mientras estamos en vida, podemos hacernos ilusiones, creer que amamos al margen de Dios. Pero no nos parecemos más que a los locos, tendiendo los brazos hacia el reflejo de la luna en el agua”.

Creo que, de algún modo, coincidimos en eso que usted llama “dios de la cosas vulgares”. Un servidor lo escribe con mayúscula pero he decirle que para el que escribe – y también son palabras de Bernanos metiéndose en el papel del párroco de Ambricourt – ese Dios de las cosas vulgares lleva por nombre Jesucristo y que, entre otras cosas, no ha hecho “más milagros que los que son necesarios”; además, para colmo de esa vulgaridad, se ha entretenido en tener una madre, la cual no tuvo ni “triunfos ni milagros. Precisamente porque “su Hijo no permitió que la gloria humana la rozara siquiera. Nadie ha vivido, ha sufrido y ha muerto con tanta sencillez y en una ignorancia tan profunda de su propia dignidad, de una dignidad que, sin embargo, la pone muy por encima de los ángeles”.

Estimado don Fernando, concluyo con otro de sus pensamientos que me impresionaron: –“Cuando escribes sobre una persona que has querido tanto y sigues queriendo, estás en diálogo permanente con ella”. De seguro que conocerá la cita mucho mejor que un servidor, y que puede que hasta le suene un tanto “manida”, pero déjeme recordar a Marcel: “Ama quien le dice al otro: tú no puedes morir” (G. Marcel, La mort de demain).

Reciba un más que cordial saludo.

Post data (shakespiriano): “Muéstrame a una amante que sea hermosísima; su belleza no será otra cosa que un consejo donde yo lea el nombre de aquella que es más hermosa aún que la hermosísima” (W. Shakespeare, Romeo y Julieta, acto I, escena I).