Obituario episcopal


El pasado viernes, día 20 de septiembre, recibía la triste noticia del fallecimiento del Obispo de Zamora, don Gregorio Martínez Sacristán. A don Gregorio lo conocí cuando el que suscribe era un novel sacerdote que apenas había comenzado sus estudios en Madrid y el mismo don Gregorio era el sacerdote encargado de la Catequesis en la Archidiócesis de Madrid, además de profesor en la, por entonces, Facultad de Teología de San Dámaso.

Todos en la vida – sinceramente creo que el dato podría ser clasificable como un universal – quedamos especialmente marcados por un reducido grupo de nombres que ejercieron en nuestra vida la notabilísima tarea de ser maestros. Don Gregorio así lo fue desde el primer momento y a él cabría aplicarle unas palabras del mismísimo J. H. Newman, en un sermón suyo en el momento de dejar a los feligreses de su querida iglesia de Littlemore: “Oh hermanos míos, oh corazones afectuosos y generosos, oh amigos queridos, si sabéis de alguien cuya suerte ha sido, por escrito o de palabra, ayudaros a obrar así en alguna medida; si alguna vez os dijo lo que sabíais sobre vosotros mismos, o lo que no sabíais; si ha sido capaz de discernir vuestras necesidades, o sentimientos, y os ha consolado con ese discernimiento; si os ha hecho sentir que había una vida más alta que esta vida de todos los días, y un mundo más brillante que este que veis; si os ha animado, si os ha tranquilizado, si ha abierto una vía al que buscaba, o aliviado al que estaba confuso; si lo que ha dicho o hecho os llevó a interesaros por él, y sentiros bien inclinados hacia él; a ese, recordadle en los tiempos que han de venir, aunque ya no le oigáis más”.

El final de los días de este gran maestro y mejor Obispo ha llegado – de seguro una “cabriola” más de la Divina Providencia – cuando en la mayor parte de los lugares comienza a andar aquello que fue siempre su pasión y su vocación: la Catequesis. De ahí que este elemental obituario quiera ser no otra cosa que un sencillo recuerdo de aquellas enseñanzas suyas sobre la Catequesis en la Iglesia que tanto me impresionaron desde el primer momento.

Siempre recordaré y diré donde se me quiera escuchar que la clave de toda pedagogía en catequesis es que sea precisamente – estas eran sus palabras – una “pedagogía desescolarizada”. Con toda rotundidad y fiereza propia de un “castizo madrileño” argumentaba que la pedagogía propia de la Catequesis no puede seguir tomando de la pedagogía escolar sus formas y parámetros; no es reducible al mero esquema de una sesión escolar, prácticamente igual o parecida y reducida en el fondo a una sesión semanal. Con esa voz rasgada – todavía hoy me pareciera estar escuchándola – por el paso del tiempo y el “tabaco en cantidades industriales” afirmaba: “Si no somos capaces de inventar modos concretos de acompañamiento que no sean exclusivamente los que hemos utilizado hasta ahora, difícilmente podremos seguir haciendo la Catequesis de la Iniciación cristiana en un sentido puro”.

Como él siempre gustaba enseñar en lo que denominaba como las cuatro reglas esenciales: Hay que abogar en catequesis por una pedagogía de acompañamiento personal y no solo grupal. Para don Gregorio era un hecho, sin posibilidad de muchas más conjeturas, que el acto catequético realizado en grupo no es el único modo de hacer el acompañamiento pedagógico para la Iniciación cristiana y la Catequesis. La vivencia de la vocación singular a la que inicia la catequesis, y que es la vocación cristiana bautismal, necesita, teológicamente hablando, algo más que la pura lección semanal.

Con respeto a la vocación y misión del catequista era – como en toda su enseñanza – bastante explícito: “Hay que devolver al catequista el papel que tiene en la iniciación cristiana”. En su pensamiento y en la praxis que promovía el catequista era el referente fundamental de la fe de la Iglesia, la referencia básica y la más importante. Con la capacidad de síntesis reservada solo para los grandes maestros ayudaba a vislumbrar: “Ningún método por bueno que sea, exime al catequista de una solidad espiritualidad, de un testimonio transparente de vida cristiana y de un serio trabajo personal, mostrándose siempre como testigo en primera persona de la fe que ha recibido de la Iglesia: testigo y referente de la fe que ha recibido y que, al mismo tiempo, trata de confesar y vivir”.

Siempre recordaré lo que con su típica ironía repetía en determinados momentos: “Añastro no es un lugar teológico”. No he conocido de primera mano su labor como Obispo de Zamora pero de seguro que llevó a la práctica aquello que el Directorio General para la Catequesis (1997) pedía para él y para el resto de sus hermanos en el episcopado: “Mantener viva la mística de la Catequesis”.

¡Descanse en el Señor don Gregorio, admirado Maestro y Obispo!

 

 

 

 

 

 

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