Chesterton en la iglesia de San Agustín


Si en su periplo por la España del comienzos del siglo pasado, el simpar Chesterton hubiera venido a visitar nuestra iglesia de San Agustín, aquella que en palabras del “también nuestro” Antonio Gala se podría describir como “una iglesia gótica vestida de Carnaval”, hubiera comenzado su visita evocando su celebérrima expresión: -“Cuando entro en una iglesia me quito el sombrero, no la cabeza”. De seguro que le hubiera impresionado lo que ideó el agustino Fray Pedro de Góngora como itinerario virtuoso que va del atrio del templo al altar mayor. El agustino, por aquella de la tan traída y tan llevada Biblia pauperum, diseñó todo un recorrido inquietante y sugestivo por el que se describiría la vida cristiana como un avance en la virtud conforme se va avanzando en el templo.

A nuestro Chesterton le hubiera embelesado la idea ya que para él era una evidencia que el cristianismo “no concebía las virtudes cristianas como algo tímido, dócil y respetable. Las concebía como algo gigantesco, desafiante, e incluso destructivo, que despreciaba el yugo del mundo, habitaba en el desierto y buscaba su alimento en Dios”.

De izquierda a derecha, en un detenerse en todos y cada uno de los pilares hubiera ido desentrañando la simbología de las figuras que representan las virtudes. Comenzado por la izquierda se hubiera encontrado con la figura de la penitencia. De seguro que hubiera recordado su “mea culpa” más citado: “Cuando la gente me pregunta: ‘¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?’, la respuesta fundamental, aunque en cierto modo elíptica es: ‘Para librarme de mis pecados’, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados; está confirmado por una lógica que a muchos sorprende: según la cual la Iglesia deduce que el pecado confesado y del que uno se arrepiente queda realmente abolido”. Volviéndose hace la derecha se hubiera topado con la figura de la castidad que para él no consistía “en abstenerse de la disipación sexual, sino en algo tan ardiente como Juana de Arco”.

De nuevo a la izquierda, la piedad que “no consiste en no ser cruel o en eximir a los demás de la venganza o del castigo, sino que es algo tan sencillo y concreto como el sol, que o bien se ha visto o no se ha visto”. En frente, la pureza. Pureza de aquel que “si es feliz, es porque es inocente. Si puede desafiar la convenciones, es porque guarda los mandamientos”.

Dando un paso más, de un lado la fortaleza cuyo lugar de entrenamiento es la familia: “La gente no nace en el jardín de infancia del mismo modo en que no muere en la funeraria. Ambos prodigios son asuntos privados, y tienen lugar en el pequeño teatro del hogar. […] No se puede tener un club sin normas, pero a una familia le irá tanto mejor cuanto menos normas tenga”. En frente, la prudencia de la que hubiera recordado su “negativo”: “El problema surge cuando los viejos elogian únicamente su época, igual que la generación naciente no alaba más que a su generación. Ninguno tiene el más mínimo valor como juicio, porque no hacen más que darse bombo a sí mismos; y el del bombo más grande guarda silencio”.

Avanzando hacia la siguiente línea de pilares, la justicia “El mundo está amargado no por un exceso de crítica, sino por la ausencia de la autocrítica. Relativamente poco importa que uno estalle de ira ocasionalmente e insulte a los demás, siempre y cuando no se absuelva a sí mismo. Lo primero no es más que una debilidad humana; lo último es una usurpación blasfema de poder divino”. Justo en frente, la templanza: “La principal aserción de la religiosidad moral es que el blanco es un color. La virtud no consiste en la ausencia de vicios o en la evitación de los peligros morales, sino que es algo vivido y distinto, como el dolor o un olor particular.

Ya avanzados en la nave central, la fe. Fe que ilustraba así en una carta de contestación a una adolescente amiga suya que le preguntaba acerca de ciertas dudas que le atormentan: “[…] sólo te voy a decir una cosa más: hablas de la fe, pues créeme, la fe también es un hecho y está relacionada con hechos. Yo sé razonar al menos tan bien como los que te dicen lo contrario y me extrañaría que quede alguna duda por ahí que yo no haya albergado, examinado y disipado. Yo creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y creo en las otras cosas extraordinarias que decimos en esa oración. Y mi fe es tanto mayor cuanto más contemplo la experiencia humana. Cuando te digo ‘que Dios te bendiga, mi querida niña’ dudo tan poco de Él como de ti”.Mirando cara a cara a la fe, la esperanza. El “negativo de la esperanza” lo expresaba así con su habitual tono polémico: “Empecé siendo lo que los pesimistas llaman un optimista; he acabado siendo lo que los optimistas llamarían probablemente un pesimista. Y no he sido nunca, de hecho, ninguna de las dos cosas y, en realidad, no he variado nada […] Pues en verdad, nunca he visto los dos lados de esta verdad única, expuestos en ningún lado, hasta que abrí un catecismo de un penique y leí las palabras: ‘Los dos pecados contra la fe son el orgullo y la desesperación”.

Como antepenúltima pareja de virtudes, a la izquierda la verdad: “Existe una llave que puede abrir todas las puertas me devuelve a la primera percepción del glorioso regalo de los sentidos y a la sensacional experiencia de la sensación. A la derecha, la caridad: “Entre todos los cuentos de hadas no existe ninguno que contenga una verdad moral tan vital como esa vieja historia de La Bella y la Bestia. En ella ha quedado escrita la verdad eterna y esencial que consiste en que hasta que no amamos una cosa en toda su fealdad no podemos convertirla en algo bello”.

Como penúltima pareja de virtudes. Por un lado la abundancia que en el imaginario chestertoniano está especialmente vinculada a los santos: “La voz de los rebeldes y profetas recomendando descontento debe sonar de vez en cuando, y de repente, como una trompeta. Pero las voces de los santos y los sabios, recomendando el gozo, deben sonar incesantemente, como el mar”. Frente a la abundancia, la sabiduría: -¿Por qué cree usted?: “Porque percibo que la vida es lógica y viable con estas creencias, e ilógica e inviable sin ellas”.

Y llegado a los pies del arco toral, de un lado la gloria que para nuestro visitante no tiene otro punto de partida que la humildad: “Si tuviera un solo sermón que predicar, ciertamente no lo terminaría honorablemente sin dar fe de lo que, por lo que sé, es la sal y el conservante de estas cosas […] Sé que apenas había oído hablar de la humildad hasta que entré en el ámbito de influencia del catolicismo”. Y enfrente, la salvación, que por su cercanía al lugar propio del sacrificio eucarístico, le evocaría sus mismas palabras: “Si tuviera que contestar a la pregunta: ‘¿Cómo solucionaría Jesucristo los problemas actuales si viniera hoy a la tierra?’ respondería sin ambages. Para los que comparten mi fe, sólo hay una respuesta: Jesucristo está hoy en la tierra, está vivo en miles de altares y soluciona los problemas de la misma manera exactamente que cuando estaba en el mundo, en el sentido que todos entienden. Es decir, soluciona los problemas del número limitado de personas que han elegido escucharle por voluntad propia”.

Terminada la visita hubiera tocado un no muy frugal tapeo en la “taberna de guardia” puesto que “las Escrituras están llenas de la invitación a no probar sino a probar, esto es, no a examinar, sino a comer. Sus frases están repletas de agua viva y pan del cielo, maná misterioso y asombroso vino. La mundanidad y la sociedad exquisita han despreciado el instinto de comer, pero la religión jamás”.

 

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