Independientemente de los resultados


 

Independientemente de los resultados de esta pasada noche electoral – del primaveral y electoral mes transcurrido – conviene no olvidar, en mi modesta e inspirada en determinadas fuentes opinión, que “hemos llegado a un momento crucial en el que lo que necesitamos no es tanto un movimiento político – sin desdeñar su importancia para conseguir ciertos bienes públicos -, sino un reavivamiento de la cultura, de prácticas y modos sostenibles y justos que partan de la experiencia común, de la memoria y de la confianza”.

Independientemente de los resultados, y del baño propio de tan consecutivas campañas electorales, conviene también subrayar que “no podemos perder de vista que la política convencional no puede arreglar la sociedad la sociedad y la cultura”. Y todo ello porque a veces, con muchísima facilidad, se olvida que “la tarea política más acuciante en nuestro tiempo es la restauración del orden interior”.

Independientemente de los resultados creo que es una obviedad el señalar que, por encima de otras muchas preocupaciones, no habría otra más acuciante que aquella que te viene dada por un hecho tal: Cuando tus hijos salgan de casa para jugar con los niños del barrio, deberías poder confiar en que no rondarán malas compañías que socaven los valores que le transmites en casa.

Independientemente de los resultados conviene no obviar hechos como que esta sociedad moderna obsesionada con el trabajo ha perdido el sentido vocacional; que vivimos o hemos construido una sociedad en la que “campa” a sus anchas “una progresiva incapacidad para concentrarnos, prestar atención y reflexionar seriamente”; o un hecho tan lacerante como el de permanecer indiferente anteplanteamientos como el que sigue: ¿Podemos seguir aceptando la separación moderna entre aprendizaje y virtud?

Independientemente de los resultados, y con el filósofo Josef Pieper, es un hecho – creo que con verdadera unanimidad y no solo con “mayoría absoluta” – que “para que la vida política recupere su perdida dignidad, es preciso que vuelva a alentar en el pueblo el sentimiento de la grandeza de la función gubernativa y de las altas exigencias humanas que dicha tarea implica. Ello vendría a significar justamente lo contrario de una magnificación totalitaria del poder”. Se convierte en un hecho decisivo, sigo con Pieper, redescubrir con claridad y humildad que “el problema de la moderna democracia de partidos es, concretamente hablando, el de demostrar cómo un partido puede no ser partidista”.

Independientemente de los resultados, y con el filósofo Alasdair McIntyre, es bueno no perder de vista el hecho de que ya no nos regimos ni por la razón, ni por la fe, ni por una combinación de ambas, sino por lo que el mismo McIntyre llama ‘emotivismo’: la idea de que las elecciones morales no son más que expresiones de lo que el individuo siente que es correcto al tomar una decisión. Así las cosas, ¿tenemos algo por lo que luchar en común? ¿Podriamos alcanzar con facilidad los contenidos de un determinada idea de “Bien común” – que no “interés común”-? ¿Dónde poder buscar una bocanada de esperanza?

Ya en su día el filósofo francés Jacques Maritain aseveró: “En lugar de un castillo fortificado erigido en la mitad del campo, debemos pensar en un ejército de estrellas arrojadas en el cielo” (Jacques Maritain).

Moraleja de estas “líneas emborronadas”: “Una cosa muerta puede ser arrastrada por la corriente, pero solo algo vivo puede ir contra ella” (G. K. Chesterton, el hombre eterno).

 

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here