Carta abierta a Antonio Ruiz, Ana María Guijarro y Charo Corrales


Estimados Antonio, Ana María y Charo:

No hace muchos días leía los siguientes versos de Rubén Darío: “Y si hubo áspera hiel en mi existencia, melificó toda acritud el arte”. Pues bien, consciente de que en realidad no soy nadie para robarles algo de su preciado tiempo por sus importante ocupaciones – ¿qué sería de esta vida sin la política y el arte?-, me atrevo a contarles algo de mi experiencia personal: Para el que suscribe, volviendo a los versos de Rubén Darío, el arte siempre ha sido un dulcificante, una cura en la, a veces, “cansina” acritud en la que coexistimos.

Melifica, por ejemplo, contemplar a la “Santa Ana enseñando a leer a la Virgen María de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). Es inefable el gozo de contemplar – con unos ojos aún en ocasiones groseros – el silencioso y reflexivo diálogo entre madre e hija, así como los colores pastel que contribuyen a crear una sensación de sosiego, serenidad y armonía.

Melifica y redime de acritud la visión del “Nacimiento de Federico Barocci (1535-1612). Hiere la retina de belleza la visión de la elocuencia de los gestos de María, que adora con humildad y embeleso al niño, expresando así el movimiento que si bien queda patente el “control de los afectos”, anticipa de este modo el Barroco. Barocci plasmaasí, oleo sobre lienzo, la profunda religiosidad del instante con gran lirismo e intimidad.

Dulcifica la áspera hiel dirigir la mirada a la “Crucifixión de Juan de Flandes (1465-1519). Con fina perspicacia – seguramente no exenta de ironía – sus personajes se mueven con elegancia y las figuras crean prototipos por los que las protagonistas femeninas son de serena y personalísima belleza. Por el contrario, los masculinos muestran las pieles curtidas y surcadas de arrugas, identificándose perfectamente con el papel que les corresponde interpretar.

Serena el ánimo inquieto situarse ante el “Pentecostés de Juan Bautista Maino (1581-1649). Con no poco “espíritu transgresor” Maino propone como las tres figuras principales del cuadro a María, María Magdalena y el Espíritu Santo. ¿Y qué poder decir de esa María Magdalena, figura de gran sensualidad, que siente y se emociona y en la que cabría destacar el gesto de reconocimiento de sus manos?

Engrandece el alma dejarse impresionar por “La Asunción de la Virgen de Juan Martín Cabezalero (1634-1673). Difícil paragón se tendría que buscar para dar con un rostro como el que Cabezalero traza en un místico arrobamiento ascendente y buscador de la inmensidad de la gloria de Dios y que invita a elevar el alma hacia el cielo y entregarse a la meditación.

Subyuga con pesada carga “La Virgen con el Niño de Luis de Morales, el Divino (1510-1586). ¡Qué dialogo materno-filial al cruzar los protagonistas sus miradas así como la melancolía de la mirada de María – como si presintiese los sufrimientos de la futura pasión – que sostiene al niño con delicadeza y ternura que busca el pecho de su madre!

Finalmente, balbucear algo ante “La Inmaculada Concepción de Giambattista Tiépolo (1696-1770). ¡Qué majestuosidad! Para Tiépolo, ya no es esa muchacha humilde y delicada que mostraran otrora los maestros españoles del siglo XVII, como Zurbarán o Murillo, sino que es una mujer adulta que transmite la sensación de una presencia poderosa.

Estimados Antonio, Ana María y Charo: Ya no les robomás tiempo. Déjenme que pueda evocarles algo que aprendí en su día de un “notable transgresor” como fue el simpar Gilbert Keith Chesterton: “El artista moderno se pierde con demasiada frecuencia, al tratar de encontrarse y fijarse a sí mismo; impone un yo ficticio sobre el yo real e irreflexivo que, de otro modo, se habría expresado libremente. Se ha convertido en un individualista y ha dejado de ser individuo. Es más, incluso se ha convertido en un loco en el sentido más temible y vivido del término. Se ha hecho consciente de su subconsciencia”.

Y todavía añadía en este mismo ensayo titulado El Espejo: “Escudriñar en el espejo es, desde luego, una cosa muy poética y fascinante, como sabía Lewis Carroll; pero no para verse uno mismo. Uno mismo no es más que un irritante obstáculo ante esa puerta mágica. Alicia no miró en el espejo en busca de Alicia. Buscaba mirar a través de aquellas puertas extrañas y maravillarse ante aquellas ventanas ajenas que se abren hacia fuera por doquier en un país brillante y silencioso, ventanas que son, sin duda

‘Mágicos postigos abiertos a la espuma

de mares procelosos en tierras de leyenda ya olvidadas’ (John Keats)”.

Me despido, sin más, agradeciéndoles la atención prestada. Huelga decirlo – más aún a una artista reconocida – pero me atrevo a consignarlo dado el carácter abierto de la presente carta: Todas las obras reseñadas se encuentran en el Museo del Prado de Madrid.

Post data: También el que suscribe condena el daño realizado al cuadro “Con flores a María”.

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