Letanía atribulada de un párroco


La consabida letanía atribulada podría ser rezada en los siguientes trece compases:

1. “¿Cómo podría yo decirle que Dios no tenía nada que ver con aquellos dramas; que ponerse al volante de un coche era exponerse al riesgo de un accidente mortal, y que, al contrario, Cristo era la victoria sobre la muerte?”.
2. “[…] quizá sea esto la verdadera muerte: cuando el espíritu ya no está vigilante, cuando descuida la vela y se abandona a la noche de la noche”.
3. ¿Por qué, Señor, son tan raros esos momentos de comunión plena y total? ¿Por qué hemos de soportar la trivialidad y el tedio de lo cotidiano, siendo así que, como sé, y lo sé porque lo siento, seguiros no puede ser conformarse con ese trivial encadenamiento de hábitos del cuerpo, tanto como de palabra, rápidamente desgastados por el tiempo de los hombres? Encarnar el tiempo de Cristo, que no tiene pasado ni futuro, que solo es presente o infinito, lo que quizá sea lo mismo, no sucede sino en el tiempo de una fulguración poética o mística, breves instantes de lucidez en los que todo parece sencillo y posible. Pero hay que resignarse a ello: la pesadez de nuestros cuerpos y la debilidad de nuestras lenguas aplastan esos instantes”.
4. “Es esa vida interior, imperiosa e irresistible, que nosotros religiosos, llamamos ‘la llamada’, o ‘la elección’. Cuántos no tienen conciencia de ello y cuántos, todavía más hoy en día, silencian esa vida interior que habla; cuántos la ahogan con el pretexto de que toma toda la apariencia del delirio frente a la realidad tangible, cuando no, más radicalmente aún, se deshacen de ella, negando así la dimensión más rica de su humanidad”.
5. “¿No consiste la gracia en olvidarse de sí mismo?”
6. “¿Pero quién se preocupa hoy de la belleza? Parece definitivamente muerta sobre las rodillas de un poeta que la acarició demasiado… Sin embargo, solo lo bello hace más grande al hombre; estoy convencido de ello, en cualquier terreno. Los artistas que lo olvidan reventarán resecos por el sol y comidos por la langosta”.
7. “Tengo los ojos gastados de aguardar tu promesa, pero mira mi paciencia, mira cómo he aceptado mi suerte, no defraudes esta noche al humilde servidor que soy, extiendo las manos sin descanso, y esta noche recuerdo mi canto, ¿escuchas mi oración, Señor?”.
8. “¿Eres tú el que te retiras del mundo o nosotros que te olvidamos?…Ya no sé; ya no comprendo. ¿Qué hemos hecho de nuestra libertad?”.
9. “[…] cada día el mundo hace de nosotros otros santo Tomás que, para vivificar su fe vacilante, necesitan acariciar tus llagas. Señor, concédenos un signo tangible que quite las dudas de los remilgados acerca del imposible y maravilloso escándalo que eres tú”.
10. “El mundo se muere por falta de imprudencia amorosa”.
11. ¿Cómo haces Señor, para conducirnos a ti, tú que nos escondes tu rostro?”.
12. “¿No ves Señor, en la mirada de ese niño que llora a su madre la esperanza de tu advenimiento?”.
13. “Pero, en última instancia, ¿qué esperas de nosotros? ¿Qué esperas? Ten cuidado con que el tedio que a menudo nos invade no alcance demasiado nuestras carnes: podría ocurrir que la venganza de los deleites resulte irremediable y que la caída que ocasionan sea demasiado brutal como para poder levantarse”.

Oración conclusiva

“Te suplico Señor que la voz impía de mi oración, llena de cólera, se despose con el silencio de los cementerios. Que sea sacrificada porque es una injuria a la alegría de tu reino. Que ella pueda llevarnos día y noche y mantenernos despiertos”.

Para más señas: Réginald Gaillard, La partitura interior (Madrid 2019).

Lector inquirat.

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