¿Qué no es el infierno?


Gracias al testimonio de Don Pino Puglisi un joven siciliano ha podido comprender – frente a toda adversidad – qué no es el infierno en la Palermo mafiosa de los Noventa.

Lo ha comprendido – qué no es el infierno – porque Don Pino le aclaró: –“¿De qué sirve hablar de Dios? Si te explico qué es el amor, ¿tú te enamoras? Cuando te enamoras de una chica, ¿te la han explicado antes?”.

Lo ha comprendido porque Don Pino le ha invitado a mirar con otros ojos: -“La esencia de la vida. Leopardi decía que el arte concentra bajo nuestra mirada todo lo que está disperso en la naturaleza”.

Lo ha comprendido porque Don Pino le ha hecho ver su propia realidad: –“Son adolescentes que piensa los pensamientos mudos de la noche. Y los adolescentes, a diferencia del mar, siempre comprende tarde las novedades que ocurren en su interior”.

Lo ha comprendido porque Don Pino con verdadero realismo lo ha despertado a lo auténtico: –“No basta con leer para ser hombres. No bastan los buenos pensamientos para ser hombres buenos”.

Lo ha comprendido porque Don Pino le ha enseñado: –“El infierno no está hecho de promesas incumplidas, sino de promesas negadas […] El infierno es todas las veces en las que decides no amar o en las que no puedes amar”.

Lo ha comprendido porque Don Pino lo ha despertado a una nueva y “contracorriente sensibilidad”: –“Si no se tiene una historia más grande que nosotros, que se transmite de padres a hijos, nos quedamos a merced de los guiones de quienes detentan el poder. Solo quien pertenece a una historia puede inventar la suya propia, como las flores sobres las ramas de los almendros, los primeros que narran la primavera”.

Lo ha comprendido porque Don Pino lo ha conducido a algo indubitable: –“La vida, decididamente, no me cuadra: para poseerla tienes que perderla por alguien”.

Y lo ha comprendido porque Don Pino, en primer lugar, le hizo pensar: –“A toda vida le corresponde una espera, y a todo día una angustia. Pero ¿quién se hace cargo de los infinitos destinos, quién lleva la cuenta de estos días para que nada se pierda?”. En segundo lugar lo reconforto con estas palabras: –“Hay más amor en recomponer los fragmentos que en dar por descontada la integridad de un jarrón que, una vez reparado, adquiere una nueva e inexplicable belleza, más similar a la vida. Hace falta que alguien descubra la belleza en el fragmento roto”. En tercer lugar le mostró la verdadera actitud: –“Sabe que los únicos que entran en el cielo son los niños y quienes vuelven a ser como ellos. Pero no porque sean buenos. […] El cielo les pertenece porque son dependientes. Solo saben recibir. El que sabe recibir el amor, como un niño lo recibe de sus padres, habita el cielo y siempre tiene un lugar al que escapar, en el interior. El lugar en el que ese amor se deposita, sin que pueda ser jamás expulsado”. En cuarto lugar le transmitió la verdad de una forma de comprender la vida: –“Solo sabe que hay que hacer lo que hizo Dios, calzar los zapatos y el polvo de los hombres y caminar arriba y abajo por sus calles. ‘Antes de juzgarme, ponte en mis zapatos’, dice un proverbio. Fue lo que Dios hizo durante treinta y tres años, treinta de los cuales los pasó cepillando mesas con manos y sudor humanos”.

En quinto y último lugar le mostro que el sentido de la vida no es una idea sino una persona: -“Cristo se sentía solo y les pidió a tres hombres que le hicieran compañía. Ellos, sin embargo, se quedaron dormidos y él sudo sangre, tan intenso era el miedo que le recorría. El amor venció, pero el miedo a la muerte le hizo sangrar. Por eso nunca estaremos solos en el miedo y en el dolor. Porque él los ha atravesado y los ha vencido, y solo son un tránsito hacia una vida más grande, infinita, llena de amor. La cruz la hemos inventado nosotros y es solo nuestra. No es lo que él nos ha traído. Él ha inventado el amor: el amor hacia quienes tenemos a nuestro lado, hacia las personas que la vida nos confía. Un dulce peso, como el de vuestro vientre. También vosotras estáis llamadas a hacer esto a diario. La cruz no es el dolor, no es el sufrimiento, sino solo el amor que cuida, cura, entregándose”.

Para más señas: Alessandro D’Avenia, Lo que el infierno no es (Madrid 2018).

Lectura altamente recomendable.

Lector inquirat.

 

 

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