A propósito de Notre Dame


Dudo que pocas más metáforas o interpretaciones puedan hacerse del triste incendio de la Catedral de Notre Dame de París. De ahí que el que suscribe se limite en este momento a proponer un lamento y un testimonio.

El lamento es formulado en una carta del escritor Jacques Rivière al también escritor Paul Claudel allá por el año 1907: Veo que el cristianismo se muere… No se sabe qué hacen en nuestras ciudades esas flechas que no son ya la oración de ninguno de nosotros. No se saben lo que quieren decir esos grandes edificios, agobiados entre estaciones y hospitales en donde el pueblo ha enterrado a sus monjes; no se sabe lo que significan esas cruces de estuco sobre las tumbas impregnadas de un arte sin gusto”.

Frente al lamento, la fuerza del testimonio: el testimonio de la conversión del mismo Paul Claudel – una placa en el suelo de Notre Dame recuerda este hecho – expresado en estos rasgos:

“Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes.

Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volvía a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.

Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable.

¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama! Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adesteaumentaba mi emoción”.

Del citado testimonio el gran Henri de Lubac comentaba: Anteriormente a toda teología razonada, y sin tener necesidad de ser orientados por estos viejos textos, algunas almas han tenido una percepción viva y directa de esto. Así, por ejemplo, aquel joven de veinticinco años que, con el espíritu cargado de objeciones y el corazón lleno de sinsabores, seguía los oficios de Notre-Dame de París. Al escuchar el canto del Magnificat una tarde de Navidad, sintió cómo toda la fe de la Iglesia irrumpía en su interior. Y volvía a la vieja catedral para seguir allí su curso de teología, y la que le enseñaba era “la misma Santísima Virgen, con gran paciencia y majestad”. “Con el rostro pegado a la rejas del coro”, veía vivir a la Iglesia, y a través de este espectáculo, que deja el espíritu de tantos otros en un estado de inerte fastidio, él lo comprendía todo… Porque, como él mismo lo explica, “lo que me decía Pablo, lo que me enseñaba Agustín, el pan que me daba Gregorio con la antífona y el responsorio, todo esto me lo explicaban los ojos de María que estaban allí sobre mí”. La “majestad maternal y tranquilizadora” que le envolvía entonces era, a la vez, indisolublemente, la de la Iglesia y la de María. No tenía más que apoyarse, sin establecer distinción alguna, sobre esta doble y única Madre “que habla en el mayor silencio a su corazón y que reúne en un solo foco todas las líneas de la contradicción”(P. Claudel, l’Epée et le miroir, 198-199). En María toda la Iglesia toma parte desde este momento “en la liturgia celeste del Gran Padre eterno y en su interpretación permanente cerca del Padre”. En ella, adornada de los atributos de la compasión, llega gloriosamente su perfección el “sacerdocio real” de todo el pueblo de Dios (Cf. H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, 271).

Ya solo restaría decir: “El que tenga oídos que oiga”.

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