Pasión del Padre según “el no santo” Charles Péguy


[Versión abreviada para ser proclamada con esencial prólogo]

Lo primero que se tendría que demandar al citado prólogo es la presentación del “evangelista”. Nuestro particular evangelista, el poeta francés Charles Péguy, se definía a sí mismo como “un testigo”, “un cristiano de la comunidad parroquial, un pecador, pero un pecador con tesoros de gracia”. Lo que el lector encuentra en Péguy es,sencillamente, una fidelidad lacerante a un matrimonio indisoluble sin transfiguraciones de ninguna clase. Precisamente esta dureza voluntaria abrazada y este menosprecio de la ternura conseguirán para Péguy la gracia de entrar más a fondo que ningún otro poeta cristiano en los misterios de la ternura del corazón de Dios, que más íntimo al corazón humano que el corazón humano mismo, es ágape puro, purísimo. Humillado hasta tal grado, fue investido con el poder de superar toda posibilidad expresiva lograda hasta entonces por la teología y decir desde el centro del corazón paternal de Dios palabras que manifiestan la gloria de la kénosis, del misterio del abajamiento de un Dios que siendo rico se hace pobre. Lo cual, dicho en verso sonaría así:

“Siendo Hijo de Dios, Jesús conocía todo,

y el Salvador sabía que a ese Judas a quien amaba,

no le salvaba, entregándose por entero.

Fue entonces cuando conoció el sufrimiento infinito,

cuando sintió la angustia infinita

y clamó, como un loco la espantosa angustia…

Y por la piedad del Padre tuvo su muerte humana”.

En segundo lugar, el prólogo bien hará en advertir que en esta Pasión del Padre según Péguy todo ha de tocar fondo y que no vale cualquier oído ante su proclamación: “La gente más honrada, o sencillamente la gente honrada, o, en fin, quienes son llamados así, y a quienes gusta mucho que los llamen así, no tienen defecto en la armadura. No están heridos. Su piel de moral constantemente intacta forma una especie de cuero y una coraza sin defectos. No presentan esa abertura que exhibe una herida horrible, una angustia inolvidable, una pena invencible, un punto de sutura eternamente mal cosido, una inquietud mortal, una ansiedad oculta en la trastienda, una amargura secreta, un perpetuo hundimiento escondido, una cicatriz eternamente mal cerrada. […] Como no carecen de nada, nada se les aporta. Como no carecen de nada, no se les aporta lo que es todo. Ni siquiera la caridad de Dios puede poner un vendaje al que no está herido. Precisamente por estar tirado en el suelo, el Samaritano recogió a aquel hombre. Precisamente porque la cara de Jesús estaba sucia, Verónica se la limpió con un pañuelo. Ahora bien, quien no está tirado en el suelo jamás será recogido, y quien no está sucio jamás será limpiado”.

Ya “en harina”, en esta particular “Pasión” destaca ante todo el Padre en un audaz confiarse a la libertad de los hombres puesto que “el pecador, que se apartó y estaba a punto de perderse, ha provocado la angustia en el corazón de Dios, en el corazón de Jesús, y la angustia ha abierto la fuente de la esperanza en este mismo corazón, el temblor y el temor de la angustia, el estremecimiento de la esperanza”. “Y así depende de nosotros que la esperanza del mundo no defraude. Depende de nosotros (¡es ridículo!) que el Creador no fracase en su obra”. “Así como Jesús con su cuerpo en las Iglesias pobres se ha expuesto a través de los tiempos al coraje y a la bravura del último soldado, así también Dios ha puesto su esperanza a través de los tiempos al coraje y bravura del último de los pecadores. Se ha condenado a sí mismo, por así decirlo”.

Pero en esta particular “Pasión” hay dos escenas especialmente desgarradoras. La primera acontece, y se repite constantemente, en cada “Padre nuestro” de sus hijos: “Padre nuestro que estás en los cielos. Naturalmente, cuando un hombre comienza así puede continuar hablándome como quiera… Ya lo veis, estoy desarmado. Bien lo sabía mi Hijo… Así me agreden. Os pregunto si es justo. No, no es justo, porque todo esto pertenece al reino de la misericordia. El Reino de Dios padece violencia, y las violencias lo conquistarán. También podéis decir: lo violentaremos. Pero ¿cómo defenderse en estos casos? Mi Hijo les ha contado todo. Y no sólo les ha contado. Se ha puesto en su tiempo a su cabeza. Y ahora ahí están, como una flota antigua, asaltando al Gran Rey con naves innumerables. Tras el galeón de punta se han cerrado apretadamente las demás como una gavilla, que no puedo disgregarla, osadamente se acercan las pesadas trirremes, desvergonzadamente yenden la olas de mi cólera. Sólo desde este ángulo se me exponen y sólo desde este ángulo puedo tomarles. Avanzan doblegados como guerreros al asalto de una fortaleza y formando una lanza, con sus escudos forman un techo y a menudo hasta con sus cuerpos. Y las puntas están constituidas por los brazos abiertos de mi Hijo. ¿Qué queréis que juzgue yo, si las cosas han ocurrido así? ¡Padre nuestro que estás en los cielos! Bien lo sabía mi Hijo cómo tramar la conjura. Para encadenar el brazo de mi justicia y para soltar el de mi misericordia. Y ahora tengo que juzgaros como padre. ‘Un padre tenía dos hijos’. Bien sabido es cómo fue juzgado el hijo que se marchó y luego volvió. ¿Qué iba a hacer? Lo que pudo. Llorar. Mi Hijo les ha contado esas historias. Mi Hijo ha dejado a merced de ellos el secreto del sumario”.

La segunda, verdaderamente desgarradora, supone e implica la particular, también, “noche oscura en el corazón de Dios”. Como si la noche creada tuviese ya también poder sobre el corazón de Dios… como si el corazón de Dios se entregase a la ley de su “más hermosa criatura”: “Todo está consumado. No hablemos más de esto. De este increíble descendimiento de mi Hijo en medio de los hombres. Y la que con esto han armado ya. Y alrededor de la hora nona ha hecho resonar mi Hijo ese grito que todavía no ha dejado de resonar. Los soldados han vuelto a sus cuarteles riéndose y chanceando, porque han acabado el servicio. Sólo un centurión y algún que otro soldado han quedado para custodiar aquel patíbulo sin importancia. Alguna que otra mujer, la Madre. Ya cualquiera tiene derecho a sepultar a su hijo, menos yo, Dios, que estoy maniatado por esta aventura, sin poder sepultar a mi Hijo. Fuiste tú, oh noche, que viniste”.

Finalmente, y en palabras de F. Dostojevski, el Padre ha expresado así un designio: “No hay más que un medio de salvación: toma sobre ti los pecados de los hombres y hazte responsable de ellos” (Los hermanos Karamázoz VI; III).

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